El copamiento peronista de la Basílica de Luján dejó a la luz que la crisis es de los valores fundamentales

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De la «ley del odio» a la «Misa por la Paz». De «qué quilombo se va a armar» a una puesta en escena religiosa de una oligarquía política que nunca creyó en la convivencia. Están en crisis las variables culturales de los valores, más que las económicas.

La oligarquía peronista hizo un copamiento de la Basílica de Luján con fines políticos partidarios como a una unidad básica y montó la parodia de la «Misa por la paz y la fraternidad» luego de amenazar con la «ley del odio» y con «que si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar».

Días antes, una pareja de marginales planificó un atentado para asesinar a Cristina Kirchner o para provocar conmoción social, que debe esclarecerse de manera urgente para determinar el móvil y quién lo instigó. Quedó al descubierto que la sociedad perdió su Norte y que la crisis es de los valores fundamentales.

No sólo se han quebrado sus variables económicas en el país, sino que colapsaron sus variables culturales, que son las bases de cualquier economía. No se arregla el colapso sólo con un plan económico, sino con una revolución cultural que recupere los valores fundacionales, que ponga orden al desorden

En la Argentina violenta todos tienen derecho a todo y pueden pasar por los derechos de todos y por encima de sus creencias. Un grupo de dirigentes políticos anticlericales pisotean el santuario y la sensibilidad de millones de católicos. Especulan con recuperar la simpatía popular, el voto perdido. Usan a la Iglesia para sus intrigas.

Todo se mide en votos y todo está dado vuelta en la Argentina prepotente. Se han perdido valores culturales más esenciales cuando los dirigentes piqueteros atacan el orden, la ley y el Código Penal, y paralizan la Ciudad todos los días, aún en contra de los trabajadores, para conseguir más planes sociales por los cuales extraen una comisión para gerenciar las movilizaciones de familias enteras a las que manipulan.

O cuando los sindicalistas se aferran a sus privilegios y extorsionan al poder político y económico en busca de beneficios propios y terminan sacrificando a sus laburantes y destruyendo trabajo. Y muchas veces se transforman en piqueteros con personería gremial que bloquean a quienes trabajan.

Los políticos no gobiernan ni legislan: sobreviven en sus cargos y se pelean por el poder en interminables internas; los empresarios no crean riqueza ni dan trabajo porque no confían en el Estado ni en los propios trabajadores, y los trabajadores no trabajan porque no confían en que la cultura del trabajo sea el camino de la movilidad social y del progreso.

Se ha perdido el orden natural de las cosas. Nadie hace lo que debe hacer, nadie cumple su función para lo cual está llamado y ese desorden cultural es el nuevo orden: donde nada vale y vale todo en una nueva democracia sin ley.

La libertad consiste sólo en ejercer derechos y no reconocer obligaciones porque son retrógradas. La oligarquía política lucra con los planes sociales hasta que se le va de las manos el gasto público, la inflación y la protesta social. Cuando quiere volver sobre sus pasos y recorta planes, el sistema creado por ella misma, lo presiona y retrocede. La oligarquía creó su propio monstruo y perdió su propia autoridad.

Se acusa de autoritario a quien hace cumplir la ley. La policía puede ser atacada a piedrazos y no puede aplicar el Código Penal: eso sería reprimir a la militancia que ejerce sus derechos y no malandras que deben ser detenidos por resistencia a la autoridad.

Los delitos son derechos absolutos y reprimirlos es “la dictadura”. Es democrático instigar a la violencia, al desorden, y atentar contra la democracia. Cuando se desmadra todo, lloran las consecuencias, convocan a «Misas por la paz» y culpan a los opositores.

Han creado un orden donde es normal que sólo 16 de cada 100 jóvenes terminen el colegio secundario en el tiempo esperado y con los conocimientos esperados. Donde la escuela se transformó en centro de adoctrinamiento kirchnerista y no de enseñanza básica. En la que está bien visto aprobar materias sin aprender o abandonar la escuela.

Dale que va, todo es igual. Así, es natural que existan 13 millones de beneficiarios de planes sociales en la Nación, otros tantos en las provincias, y 4 millones de empleados públicos entre la Nación, las provincias y los municipios, y 60% de niños pobres.

Se abolió de hecho la obligación de saber matemáticas, lengua, ciencias y tecnología, que llevaría al progreso a los alumnos. Ahora es un derecho no saber. Un nuevo orden donde el lenguaje inclusivo es mentirosamente inclusivo, un espejito de colores, y en verdad a los chicos o chiques se los condena y excluye del sistema del trabajo y del progreso.

La corrupción es parte del paisaje, robarle al pueblo es popular si es para darle derechos; aplicar la ley es conservador, gorila vendepatria, que persigue a los pobres y encarcela a quien quieren favorecerlos. Los corruptos son benefactores; los fiscales y los jueces, son los opresores. El peronismo siempre es la víctima.

Los dirigentes políticos y culturales instalan que lo bueno es lo malo y lo malo es bueno. Revirtieron las pautas de convivencia y transformaron a la ley en delito y al delito en ley. El consumo y las adicciones son modas cool. Las redes sociales se llenan de mocosos exhibiendo armas como trofeos y adolescentes exponiéndose en páginas pornográficas de mala muerte sin otro horizonte en la vida. No saber es un derecho.

Una legión de empoderados culturales aprendió que la protesta social es su trabajo, no tiene obligación de capacitarse ni formarse ni ser meritorio, la vida le vendrá de arriba, sólo es cuestión de embanderarse con un jefe político y condenarse a la marginalidad.

El sistema de los nuevos valores requiere aumentar el gasto público indefinidamente, emitir billetes, crear inflación y empobrecer a los que contribuyen y a los esclavizados del sistema, a los nuevos empoderados marginales que deben seguir reclamando en la calle o bloqueando a los que trabajan.

El círculo vicioso cierra con violencia verbal y callejera, con pactos democráticos mentirosos, una gran parodia para la cual tienen que recurrir a símbolos religiosos que la hagan creíble sacando provecho de la imagen de la Virgen de Luján y pasando por encima de cualquier principio cristiano.

No es cierto que la Iglesia deba abrir sus puertas a cualquiera. No a quienes quieran usarla con fines políticos o económicos. Jesus expulsó a los mercaderes del templo. Para salir de la crisis cultural y educativa es urgente producir una revolución de los valores, como Dios manda, de abajo hacia arriba, con la sociedad civil de pie y organizada.

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