El desorden en la calle no sólo es molesto para los vecinos, sino un peligro real para los líderes que lo promueven

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Quedó demostrado de la manera más aberrante que la convocatoria permanente a la pelea política en las calles puede invitar a los violentos a desatar una tragedia que la propia vicepresidenta había vaticinado hace cinco años 

De la manera más espantosa y aberrante, quedó demostrado que la convocatoria permanente a la pelea política en las calles y en las esquinas no era solo una molestia para los vecinos del barrio de la Recoleta, sino un peligro real para la seguridad de todos y en especial de la vicepresidenta Cristina Kirchner, la vecina que alentó a sus fieles a demostrarle su adhesión incondicional debajo de su propio balcón.

Hace cinco años Cristina Kirchner había dicho de manera premonitoria en un reportaje periodístico que dentro de los siguientes cinco años “…no sé tantos locos sueltos… no tengo comprada la vida…no sé” y finalmente apareció Fernando Andrés Sabag Montiel. https://content.jwplatform.com/previews/QSrwPR6b Prueba cabal que deben cesar los escraches públicos de uno y otro lado: es el final de ese juego.

De la peor manera se demostró que si los militantes de Cristina Kirchner hubieran aceptado la instalación de las vallas alrededor de la casa de su líder dispuestas por la Policía de la Ciudad, y se hubieran retirado a sus casas o a otro lugar más seguro, la vida de la vicepresidenta no hubiera corrido tanto peligro. Que si ella hubiera respetado los protocolos elementales de la seguridad propia se hubiera cuidado a sí misma.

También se demostró, de la peor manera, que una buena custodia, atenta, bien entenada y equipada no es simplemente una formalidad a la que se tienen que sustraer los líderes políticos expuestos a la locura. Que fue un terrible error dejar sola a la vicepresidenta y no evacuarla luego del atentado y dejarla saludando a los fieles.

Demostró asimismo que la crispación social no es buena consejera. Ni la simple estrategia de apostar al conflicto permanente para ganar poder, ni tampoco dirimir en la calle las disputas judiciales. Había dos antecedentes inmediatos: la violencia del sábado último entre policías y militantes, que pudo pasar a mayores, y la detención el miércoles último de un repartidor que insultaba a la vicepresidenta y a sus militantes. Nadie quiso hacer una lectura correcta de las implicancias de esos incidentes.

Quedó trágicamente plasmado que la mejor defensa contra las acusaciones judiciales es un buen equipo de abogados que de todos modos desde el lunes tendrán que defender a la vicepresidenta en los alegatos que deberán esgrimir en los estrados judiciales. Y que en todo caso, el proceso judicial ofrece varias instancias de defensa contra la pena de 12 años pedida por un fiscal acusador.

Llegó la hora de desactivar el “santuario” de la Recoleta y desandar las proclamas callejeras que apelan al grito de guerra de “che gorila, no te lo decimos más, si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar”. Porque el “quilombo” como método político para desafiar a la sociedad, a las autoridades porteñas y a los adversarios se puede volver en contra de quien lo impulsa por la aparición espantosa de descerebrados dispuestos a buscar notoriedad a cualquier precio tal como lo suponía la vicepresidenta en aquel reportaje. Locos hay en todos los bandos y con cualquier bandera, incluso la de los 15 minutos de fama.

Es contraproducente la amenaza y la pirotecnia verbal de acusar a los adversarios de la oposición de “estar viendo quien mata al primer peronista” o de “estar buscando un muerto”. Porque agitar los fantasmas de las peores épocas puede convocar a los mismos fantasmas. En tiempos de conflicto, no hay que dar ideas ni invitar a los demonios a convertir la vida social en un infierno. La violencia verbal atrae a la violencia física.

La pelea callejera debe dar paso a la racionalidad, a los diálogos y consensos para resolver los problemas cruciales que tiene la Argentina: la economía, la pobreza, la inflación, el empleo, la inseguridad, el narcotráfico y la desintegración de los lazos sociales que amenazan al país e vivir en una crisis cultural permanente.

Nadie se beneficia, y menos un gobierno nacional, si la violencia se apodera de las calles. La política debe sacar a las causas judiciales del debate político y circnscribirlas a los tribunales.

Y enviar a los militantes a sus casas y a sus trabajos para atender a sus familias, trabajar, producir, educarse y prepararse para reconstruir el país. Debe convocar a la sociedad a una verdadera revolución cultural que comience por la recuperación de la cultura del trabajo, el orden público, el respeto al otro y la educación en todos sus niveles.

Paralelamente, debe recrear las reglas de juego para que quienes producen puedan hacerlo en un clima social de concordia y no con enfrentamientos permanentes mediante el “porongueo” entre unos y otros y en un permanente desorden en la vía pública.

Nadie asegura su futuro en las marchas callejeras sino en las fábricas, en las empresas, en los trabajos y en los emprendimientos. Los piquetes no pueden ser una forma más de trabajo.

No se puede desafiar constantemente a la autoridad policial, pasar por encima del Código Penal, interrumpir las calles y la circulación, atormentar a los vecinos de un barrio, vivir en la guerra contra el otro, desentenderse de las necesidades de los demás por atender las propias. La crisis viene de lejos y hoy hizo eclosión. Quien disparó la Bersa calibre 32 deberá cumplir todos los años de prisión que le imponga la ley.

Un golpe de suerte hizo que las balas no hayan salido y nos deben abrir los ojos a una nueva oportunidad de entender que es urgente cambiar. La vida nos da una nueva oportunidad para comprenderlo. Aprovechémosla.

 

 

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