2002-2022: tras 20 años, Cristina replica a Néstor; Massa no quiere ser Remes Lenicov sino una reencarnación Lavagna

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Asombrosas similitudes de problemas, nombres y situaciones, pero con un final abierto y que puede ser totalmente diferente. 20 años de gasto, impericia, mala administración y quiebra permanente

La historia se repite en la Argentina pero con diferencias sutiles, entre la comedia y la tragedia. Cuando el senador Eduardo Duhalde asumió como presidente interino elegido por la Asamblea legislativa en 2002, tras el golpe del peronismo a Adolfo Rodrígeuz Saá, Duhalde le ofreció la jefatura de Gabinete a Néstor Kirchner, y le dijo que iba a salir de la convertibilidad, del uno a uno de Carlos Menem y Fernando De la Rúa. El entonces gobernador de Santa Cruz le dijo a Duhalde: “No puedo aceptar. Con una devaluación no duras ni quince días. Muchas gracias”. Y rechazó el cargo.

Duhalde avanzó en una «devaluación competitiva» y una pesificación asimétrica con Jorge Remes Lenicov, que hizo el trabajo sucio, provocó pérdidas en ahorristas furiosos y en empresas, con una lluvia de amparos, y se fue a su casa. Tras la asunción de Roberto Lavagna, y combinada con el creciente aumento del precio de la soja en el mundo, más el no pago de la deuda externa, la salida de la «convertibilidad» desembocó en los superávits gemelos, fiscal y comercial, crecimiento económico y sirvió para que Duhalde pudiera elegir como nuevo presidente en 2003 al mismo Kirchner que lo había desairado, y que en pocos meses lo iba a tirar por la ventana y sin paracaídas.

Veinte años más tarde, tras el golpe interno a Alberto Fernández y a Martín Guzmán, Cristina Kirchner bendijo ahora a Sergio Massa para que asuma la crisis financiera y cambiaria como primer ministro o superministro. Massa asume en medio de una crisis fiscal, monetaria, financiera y cambiaria, y con una urgencia de ajuste y de equilibrio de las cuentas. Una herramienta sería la devaluación para intentar una lluvia de exportaciones, dólares frescos e ingresos fiscales para equilibrar el déficit.

Pero Cristina Kirchner le dijo que no devalúe porque el golpe inflacionario y el descalabro podría terminar con el Frente de Todos fuera del gobierno y perdiendo las elecciones de 2023. Massa anunció un ajuste blando y no devaluará. Cristina le dio a Massa el mismo consejo que Néstor a Duhalde. La diferencia es que éste no obedeció.

Massa no quiere hacer el trabajo sucio, por ahora. Massa no quiere ser Remes Lenicov para irse a su casa: quiere ser Roberto Lavagna y tal vez por ello nombró a varios lavagnistas: Marco Lavagna, Leonardo Madcur, Matías Tombolini, y está por verse Gabriel Rubinstein. Lavagna duró años en su cargo y luego fue varias veces candidato a presidente.

El nuevo superministro no quiere asumir el trabajo sucio de un ajuste drástico, aunque no tiene muy claro de dónde saldrán los dólares para recuperar reservas del Banco Central, ni el recorte de gastos ni el ingreso de los pesos para mejorar la recaudación y equilibrar el déficit, la emisión y la inflación. El final está abierto.

El gasto y la caja siempre condicionan al populismo de derecha y de izquierda en la Argentina. Carlos Menem salió de la inflación con las privatizaciones, armó la convertibilidad, estabilizó la economía unos años y comenzó a gastar para su re-reelección primero y para su re-re-reelección fallida después.

La bomba la heredó Fernando De la Rúa: déficit inmanejable, deuda impagable y depresión económica. El peronismo lo reemplazó con la zaga de Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá, Eduardo Caamaño y Eduardo Duhalde en una semana. Tras la mega devaluación, Duhalde pudo ganar las elecciones con el propio Kirchner como candidato en 2003. Todo parecía funcionar bien, pero Kirchner comenzó a redoblar el populismo, pero con signo progre.

En 2005, Kirchner comenzó a gastar por demás, Renunció Lavagna como ministro y la bomba la heredó Cristina Kirchner en 2007. Comenzó la inflación y se resintió la caja. Nombró a Martín Lousteau como ministro, firmó la resolución 125 para manotear las ganancias del agro con por exportaciones del “yuyo” de la soja y estalló la crisis del campo en 2008: cortes de ruta y crisis institucional. Perdió la batalla en el Congreso, rompió con su vicepresidente Julio Cobos y renunció Alberto Fernández a la jefatura de Gabinete.

Cristina Kirchner designó entonces a Sergio Massa en reemplazo de Alberto Fernández como jefe de gabinete. Massa y su entonces delfín Amado Boudou en la Anses armaron la estatización de las AFJP para recuperar poder de caja y eso le dio oxígeno a la entonces Presidenta bajo la bandera de “profundización del modelo”.

Cristina le tomó tanta admiración a Boudou que lo incorporó a su entorno y en 2011 lo nombraría vicepresidente. Pero como no alcanzó la caja, ella se peleó con Massa, que renunció y se fue a Tigre. En 2010 ella y Boudou fueron por las reservas del Banco Central y se enfrentó a Martín Redrado, que resistió la embestida.

El populismo necesita dinero y siempre tuvo de donde sacarlo. Pero ya se agotaban las cajas y las reservas. Cristina expulsó a Redrado y designó a Mercedes Marcó del Pont que dio rienda suelta al uso de reservas para pagar la deuda. Pero la inflación no cedía. Con reservas y recursos de la Anses, repartió nuevamente dinero, incrementó planes sociales, inventó la AUH y regaló computadoras que no funcionaban a los niños.

El país era una fiesta. Con un festival de emisión, en 2011 estatizó YPF y Aerolíneas con Axel Kicillof como ministro y Boudou como vice, y pese a que día a día “profundizaba el modelo”, la inflación era cada vez mayor y crecía la pobreza mientras que Kicillof y el Indec los escondían y ella celebraba semana a semana nuevos repartos de planes sociales con actos por teleconferencia en la Casa Rosada.

La inflación, el gasto, los problemas de deuda, las batallas contra los hold-outs terminaron con la Fragata Libertad embargada por varios meses, tras lo cual Cristina volvió al llano y Daniel Scioli fue derrotado en las presidenciales de 2015.

Asumió Mauricio Macri, que prometió un ajuste, pero aumentó el gasto, porque los mercados le abrieron las puertas a la colocación de deuda para financiar el gasto con la promesa de que lloverían las inversiones y la recaudación tributaria iba a explotar. No podía fallar. Pero la inflación no cedió, las inversiones no llegaron y el mercado no le prestó más en 2018, con lo cual tuvo que financiar el déficit con el FMI. La bomba le estalló en la mano. Fue el final de su experimento político. Se vio obligado a un ajuste brutal y resucitó a Cristina que estaba en problemas políticos y judiciales, acorralada. Perdió en 2019.

Desde el ostracismo, derrotada en 2017 por Esteban Bullrich en la provincia de Buenos Aires, Cristina Kirchner convocó en 2019 a Alberto Fernández y a Sergio Massa: armaron el Frente de Todos y ganaron las elecciones con Fernández a la cabeza. Que nombró a Martín Guzmán para hacer el ajuste y renegociar la deuda y el acuerdo de Macri con el FMI.

La pandemia, la cuarentena y la mala administración le tornaron ingobernable el déficit al Presidente. Gasto, emisión descontrolada, inflación galopante y pobreza extrema. El dólar comenzó a volar. Alberto Fernández no pudo sostener a Guzmán porque Cristina Kirchner boicoteo el ajuste en persona y a través de La Cámpora y de sus muchachos.

Así como Alberto Fernández abandonó a Cristina en 2008 en plena crisis del campo, Guzmán abandonó a Alberto Fernández el 2 de julio mientras Cristina lo criticaba en público. Nuevamente recurrieron al bombero Massa para la jefatura de Gabinete, pero éste exigió demasiado: Economía para Marco Lavagna, Produccion, Agricultura, AFIP, Banco Central. Era demasiado. Y Cristina Kirchner le cerró la puerta.

Nombraron a Silvina Batakis con el apoyo de Cristina Kirchner, pero la ministra generó más desconfianza y la crisis se desmadró. Fernández podía ser De la Rúa con helicóptero incluido. Pero evitaron ese desenlace nombrando a un «Duhalde» que en lugar de Presidente asumiera como ministro de Economía, un fusible para no cambiar el motor.

Ese fusible fue, nuevamente, Massa, ahora empoderado como ministro de Economía, con Producción y Agricultura, pero sin el Banco Central ni la AFIP. Como en 2002, las arcas están ahora vacías, las reservas en ruinas, la deuda asfixia y en lugar de depresión hay una inflación desesperante. Se impone el ajuste.

Cristina, ahora, acepta un ajuste light, pero no toleraría una devaluación. El interrogante es si alcanzará con las medidas para recortar el gasto, hasta donde podrá reducir subsidios, planes sociales y gastos operativos, incrementar los ingresos a través de las exportaciones del campo y otras yerbas, y evitar así la devaluación, para que Massa evite ser Remes Lenicov y pueda ser el Roberto Lavagna, con muchos lavagnistas adentro, sin dolor previo y con Lavagna en su casa. La historia se repite. Duhalde en 2002 desoyó a Kirchner y devaluó. ¿Massa podrá desoír a Cristina Kirchner? Luego de 20 años, la Argentina está estancada en el gasto, la impericia y la quiebra permanente. Y el final puede ser diferente.

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