Cambio cultural: hay que salir de la victimización y la protesta, para pasar al protagonismo y la libertad

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El verdadero cambio cultural es salir de la victimización y la protesta, para pasar al protagonismo y la libertad. La sociedad civil tiene la oportunidad de convertirse en protagonista sin necesidad de llenar las calles de protestas e insultos. Debe canalizar la energía en una integración virtuosa en redes, organizada, para convertir los esfuerzos individuales en colectivos, los trabajos aislados en una corriente masiva que apueste por la educación, la cultura del trabajo y la creación de riqueza.

No es una utopía, sino sólo un cambio de paradigma. La victimización, la bronca, el resentimiento y el miedo al otro paralizan. La iniciativa, el respeto, la apertura, la puesta en marcha de toda la energía, la liberación de las ideas, las propuestas y el protagonismo de cada uno en función de lo colectivo dinamizan las potencialidades intelectuales y espirituales.

Esa salida al ruedo, esa ocupación del centro de la escena tiene que estar en cada uno. Porque cada ciudadanos es fundamental para la liberación del conjunto. Los argentinos debemos salir de la defensiva, bajarnos de los complejos personales y las suspicacias y narcisismos, para pasar a la integración y la amistad social, que es el amor transformado en la política con mayúsculas.

En las conferencias de 1939, publicadas en Meditación del pueblo joven, José Ortega y Gasset: «¡Argentinos! ¡A las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal». 

Un proyecto colectivo en el que transformemos a la Argentina en una gran escuela para niños, adolescentes, jóvenes y adultos que perdieron la oportunidad, sería darnos a los argentinos una segunda oportunidad. La Argentina no se resuelve con la creación de más impuestos a los empresarios, a la clase media o a la pobreza. Ni tampoco con cambios de sistemas monetarios. Sin con un cambio de paradigma cultural y de valores. Los valores que hemos perdido y nunca debimos abandonar.

El primero de todos es la educación y la cultura del trabajo, dentro del marco del cumplimiento de la ley a rajatabla, para llegar a la austeridad, al sentido común y a la igualdad de oportunidades que implica la libertad con mayúsculas.

Los empresarios deben identificar sus proyectos y las competencias laborales que necesitan, los trabajadores deben ponerse en marcha para capacitar y la sociedad civil debe articular un gran plan de formación actitudinal, técnica y laboral para incluir a 20 millones de personas y procurar que en el futuro el 50% de la población deje de vivir concentrada en el AMBA. La Argentina debe salir hacia el interior donde está la verdadera riqueza humana y material.

La sociedad civil debe salir de la pantalla de la PC y de la protesta en las redes para ponerse la diez para generar los planes, identificar las competencias demandadas, generar los sistemas de formación, articular las cadenas de valor, e imponer una agenda que cambie la cultura del asistencialismo por la cultura del trabajo y de la educación. Tender los puentes hacia el otro, dejarse de mirar con miedo, recelo y desconfianza, para jugar con el otro y construir el «nosotros».

A lo único que hay que temer es al miedo mismo. Y recuperar los recursos naturales y económicos al mismo tiempo que recuperamos los recursos humanos. La victimización y la protesta esclavizan, asumir el protagonismo lleva a la verdadera libertad.

La integración y la amistad social tendrán efectos multiplicadores que harán de la Argentina un país imparable, de contagio permanente de ideas, porque el cambio habrá surgido de abajo hacia arriba, sin figuras mesiánicas, ni personajes iluminados. Haciendo brotar la riqueza de abajo del suelo con el trabajo y la luz propia de nuestra gente.

 

 

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