En 2004, empresarios camboyanos, portugueses y angoleños engañaron a Kirchner con «el Cuento Chino»

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Ricardo Jaime contactó a Sam Pa, Manuel Vicente y Helder Bataglia, pero el gobierno de China negó las inversiones por 20.000 millones que Kirchner quería capitalizar y pidió que suspendieran ese anuncio. Lavagna y Bielsa quisieron disuadir a Kirchner de avanzar con el anuncio

A mediados de 2004, el Gobierno del cual participaba como jefe de Gabinete Alberto Fernández hizo trascender a través de algunos medios periodísticos nacionales que el presidente Néstor Kirchner estaba a punto de conseguir inversiones de China por 20.000 millones de dólares. Pero las negociaciones de ese paquete eran un total embuste del secretario de Transportes, Ricardo Jaime, que embarcó al Presidente y al ministro de Planificación, Julio De Vido, por las patrañas de unos empresarios falsos que se hicieron pasar por chinos y nunca tuvieron el visto bueno del gobierno de Hu Jintao.

El conflicto trajo serios problemas diplomáticos con la República Popular China, que reclamó a la Argentina que desistiera de hacer esos disparatados anuncios, aunque Néstor Kirchner siguió adelante porque ya no podía desdecirse públicamente.

El mayor absurdo consistió en que el entonces Presidente aprovechó el cuento del tío que esos empresarios le hicieron a Jaime, embaucándolo al extremo, para unir esos supuestos anuncios grandilocuentes con una visita oficial del presidente chino gestionada por la diplomacia de ambos países al máximo nivel. Pero en la trastienda de las negociaciones, el «cuento chino» ocupó fuertes intercambios entre ambos países. China le hizo serias advertencias sobre esos empresarios que el Gobierno desoyó.

Todo iba a parecer verdadero, pero era digno de una serie de ficción de Netflix: en la misma visita oficial de Hu Jintao se anunciarían esas grandes estafas que curiosamente el propio Néstor y Jaime creían que eran ciertas hasta pocas horas antes. Finalmente, supieron que eran todo una gran mentira, pero ya no podían volver atrás porque habían instalado la noticia en los diarios y siguieron adelante con el anuncio trucho.

Los supuestos inversores «chinos» no eran de China. Eran el portugués Helder Bataglia, directivo del Banco Espirito Santo (Escom), de Portugal; el camboyano Sam Pa, del holding China Beiya Escom; el angoleño Manuel Vicente, de la petrolera estatal de Angola, Sonangol, y Lo Fong Hung, de Hong Kong, que se presentó como una alta ejecutiva de China Constructions y de China Railway.

Quienes se dieron cuenta del engaño de estos empresarios fueron el entonces ministro de Economía, Roberto Lavagna, y el canciller Rafael Bielsa, que operaba con su vicecanciller Eduardo Valdes. Todos ellos hicieron esfuerzos para advertirle a Néstor Kirchner que los empresarios que se le habían presentado a Jaime no eran chinos ni nada que se le pareciera. Bielsa es hoy embajador en Chile y Valdes acompaña al presidente Alberto Fernández en su gira por China, donde también se anunciaron inversiones por 23.000 millones de dólares, pero ahora convalidados por el gobierno de Xi Jimping, como parte del negocio chino de la Ruta de la Seda.

Meses después de aquellos encuentros increibles, Lavagna contó una reunión que hubo en Olivos con esos empresarios llevados por Jaime. En esa reunión estuvieron Kirchner, Bielsa, Lavagna, Valdes y todos esos empresarios. Sam Pa parecía ser el líder del grupo de extraños empresarios y comenzó la reunión desplegando documentos y pasaportes de todas las nacionalidades, mostrándose como un hombre de mundo y una suerte de rey de los negocios de China.

Para los argentinos, su acento camboyano lo asemejaba mucho al chino y Sam Pa señalaba que por los usos y costumbres China no iba a reconocer su influencia de manera oficial porque en el mundo de los negocios chinos todo quedaba en manos del Partido Comunista chino, sin que el gobierno de Hu tuviera directa incidencia.

«Nosotros representamos al Partido Comunista Chino, que es quien realmente tiene el poder en China», repetía San Pa. Para hacer más creíble su cuento, invitó a Jaime a una reunión en el Palacio del Pueblo, en Beijing, donde alquiló unos salones que se suelen rentar a cualquier empresario que quiera tener reuniones de negocios.

La banda de empresarios truchos era una de las que pululan por el mundo ofreciendo cartas de intención a los gobiernos para embarcarlos en negocios corruptos para los que luego piden financiamiento a bancos extraños en el mundo y que nunca terminan en la nada en maniobras que podría llegar a constituir estafas millonarias.

Pero Ricardo Jaime era el operador número uno de los negocios de Néstor Kirchner y por entonces, recién llegados al poder nacional, no entendían bien de este tipo de falsos influyentes y compraron por mucho tiempo la mentira, que les convenía políticamente para dar un batacazo de inversiones y porque suponían que podría haber recursos de por medio para aceitar todo tipo de negocios.

Pero el perfil de Sam Pa y sus muchachos no convenció a Lavagna ni a Bielsa, que comenzaron por su cuenta a hacer sus averiguaciónes. En el caso de Bielsa y Valdes se contactaron directamente con la diplomacia china, que desde un principio desconocía a Sam Pa, Bataglia, Vicente y compañía. Pero Jaime, ante las preguntas de Kirchner, le contestaba al entonces Presidente que «son empresarios del Partido Comunista Chino, porque incluso yo me reuní con ellos en el Palacio del Pueblo».

Néstor Kirchner prefería creerle a Jaime porque quería capitalizar políticamente el gran anuncio de las inversiones chinas que venían aparejadas con un préstamo de 14.000 millones de dólares para cancelar la deuda con el FMI. Todo eso era lo que prometían esos empresarios embarcados en su fábula.

Además, mediante los trascendidos que hizo correr ya no había vuelta atrás: todos los diarios hablaban del «megaanuncio» y los periodistas intentaban obtener las primicias de qué rubros iba a comprender tamaña inversión en medio de la salida de la crisis de 2001 cuando el país comenzaba a crecer, precisamente, a tasas «chinas».

Eran tiempos de grandes mentiras cotidianas que por ese entonces no se dimensionaban en todo su esplendor. Kirchner cuidaba los superávits gemelos para sostener el modelo Lavagna heredado del gobierno de Eduardo Duhalde, que había estabilizado el país, y así ganar las elecciones de 2005 para desembarazarse del ex presidente que lo había colocado allí gracias a que la economía estaba recuperándose.

Sin embargo, en todos los actos políticos e institucionales en la Casa Rosada Kirchner ninguneaba a su mentor, Duhalde, y vociferaba que él había estabilizado al país con su gestión y se llenaba la boca diciendo que había asumido en 2003 en medio de un incendio y que desde la ventana de su despacho de la Casa Rosada miraba a días de su llegada al poder cómo ardían las calles de Buenos Aires ardían.

Mentira: en 2003, la economía crecía al 6% anual y los piqueteros habían vuelto a sus hogares gracias al Plan Jefes y Jefas que Duhalde había instrumentado. Pero el relato comenzaba a imponerse y el cuento chino era parte de él. También Kirchner mintió por ese entonces de manera aviesa cuando contó a los periodistas que se había escapado de la custodia presidencial para ir a tomar un café al Café Tortoni junto con Carlos Zannini y el por entonces jefe de custodia, Ricardo Pedace, comprobó que no había sido cierto. Pero el cuento sirvió para que el Presidente le pidiera la renuncia a Pedace.

También, el kirchnerismo montó una operación de un intruso en la residencia de Olivos con la finalidad de barrer con la la Dirección de Seguridad Presidencial que dependía de la Casa Militar y crear un nuevo Servicio Secreto que dependiera de la SIDE para custodiar al Presidente, una idea que fue desactivada por un informe de los Estados Unidos que determinó que los protocolos de la Casa Militar eran correctos. Por entonces, Kirchner se cuadraba ante la Casa Blanca para poder renegociar la deuda.

Volviendo a los empresarios chinos que no eran chinos, el Gobierno anunció en medio de una gran expectativa por aquel entonces que un puñado de empresas que representaban a la República Popular China invertirían en la Argentina 20.000 millones de dólares y Kirchner dejó trascender que si ello se concretaba su cuadro iba a tener que estar al lado del de José de San Martín.

Imaginaba que con esos recursos se podía independizar del FMI y de los Estados Unidos. Cuando la mentira fue descubriéndose en el interior del gobierno gracias a los avisos de Bielsa y de Lavagna, se había hecho tarde para retrotraer los anuncios porque la prensa hablaba de ellos como si fueran una realidad.

Pero extrañamente, un mes antes de la visita de Hu Jintao, la Casa Rosada no informó más a la prensa sobre el asunto. Los funcionarios no hicieron más trascendidos. Bielsa hablaba con el canciller chino, que le reclamaba con insistencia que la Argentina desistiera de hacer esos anuncios con esos empresarios, pero Kirchner no podía aceptar ese imposible. No podía retroceder sobre las expectativas que él mismo había creado. Y el Estado chino no reconoció a esas empresas.

Cuando llegó el día de la visita oficial, el 16 de noviembre de 2004, Kirchner y Hu Jintao hicieron anuncios de convenios y cartas de intención protocolares que no tenían ningún tipo de cifra. Los periodistas se miraban entre ellos preguntándose cuándo llegarían las inversiones de 20.000 millones de dólares.

«Al final todo era un cuento chino», se comentaban unos a otros en los estrados del Salón Blanco. Pero cuando se retiró Hu del Salón Blanco, los voceros del Presidente y de De Vido convocaron a la prensa al Salón Sur, que estaba justo al lado del Blanco, donde también se hacían actos oficiales.

«Ahora se harán más anuncios de la visita del gobierno chino», decían los funcionarios de prensa a los periodistas. Era el momento de los anuncios de empresarios que supuestamente venían acompañando a Hu Jintao, según el relato del Gobierno. Pero en realidad el gobierno chino le había hecho saber a Kirchner que si avanzaban con esos anuncios las relaciones se iban a deteriorar al máximo.

Hu Jintao se retiró de la Casa Rosada para viajar al Sur para visitar Bariloche y los lagos de la Patagonia. Pero por la puerta de al lado, ingresaron Helder Bataglia, Sam Pa, Manuel Vicente, y Lo Fong Hung, aunque las usinas informativas de la Casa Rosada omitieron entregar a la prensa los nombres de todos y sólo informaron el de Bataglia y Vicente mediante los locutores oficiales.

En el estrado aparecían Kirchner, De Vido y Jaime como únicos funcionarios argentinos. Extrañamente, pese a la importancia extraordinaria de lo que se estaba anunciando, no participaron ni el canciller Bielsa ni el ministro Lavagna. Sólo De Vido y Jaime.

Todo eran interrogantes entre los periodistas que no entendían lo que pasaba. ¿Por qué pese a la importancia de esos convenios que sumaban 20.000 millones de dólares, de dudoso cumplimiento, Kirchner y De Vido tenían una cara de velorio que no se condecía con el supuesto logro de inversiones y que no podían disimular? Todo era absurdo. Los periodistas no podían dar crédito a lo que veían.

Otra incongruencia saltaba a la vista: Sonangol, la empresa del angoleño Manuel Vicente, no era china, sino angoleña al igual que Vicente. Meses después Kirchner recibió al angoleño y el Gobierno ni informó sobre la reunión, lo que contrastó con la fuerte expectativa que había generado en derredor del «megaanuncio».

Hu Jintao, tras aquél 16 de diciembre, nunca convalidó el denominado «megaanuncio» y nunca más se reunió con Kirchner. Las relaciones quedaron virtualmente rotas entre ambos gobiernos. El Gobierno fue víctima de supuestos influyentes que hablaban «en nombre» de China y que convencieron a Jaime de grandes proyectos que nunca existieron por 20.000 millones de dólares y 14.000 millones para un megapréstamo para cancelar la deuda con el FMI, según recordaron altas fuentes oficiales.

Pese a los avisos de la diplomacia china, Kirchner y Jaime gestionaron hasta último momento la bendición de Hu a esas empresas, la que nunca llegó. El agregado económico comercial de la embajada china, Wang Chuanxin, dijo en marzo de 2005 que «la comitiva de Hu nunca tuvo conocimiento de esos acuerdos, ni de esas inversiones, ni de los empresarios, ni de las empresas autodenominadas chinas».

Ante la consulta de este periodista, Wang sólo reconoció por entonces como firmas chinas a China Railway y a China Unicom. Aunque advirtió: ningún directivo de esas compañías vino por entonces a la Argentina.

Jaime había conocido a Bataglia en agosto de 2004 por medio del presidente de la Cámara de Comercio Argentino Portuguesa, Jorge Do Amaral. Los proyectos de inversión se referían a ferrocarriles, hidrocarburos, vivienda, comunicaciones y telecomunicaciones. Pero el Gobierno nunca informó sobre esos proyectos luego del anuncio. Sólo hizo silencio.

Bataglia vinculó a Jaime con Sam Pa y a Vicente. Entre todos ellos, anudaron la letra de cinco cartas de intención y de las inversiones multimillonarias. Se dijo entonces que cambiarían el eje de la economía nacional y de la política exterior. Pero nunca participaron de las negociaciones el ministro de Economía, Roberto Lavagna, ni el canciller Rafael Bielsa, ni sus asesores.

Más aún, la cancillería china que lidera Li Zhao Xing desalentó los acuerdos: decía que esas empresas no representan al Estado de su país y que no garantizaban proyectos viables. Pidieron volver todo a foja cero, pero fueron desoídos, según confiaron fuentes de la embajada china. Jaime dijo luego de aquel episodio a los periodistas que no iba a informar sobre el asunto.

La Presidencia distribuyó a los periodistas carpetas de tapas blancas que decían «Presidencia-Ministerio de Planificación Federal-Convenios con la República Popular China; ferrocarriles, hidrocarburos, vivienda, comunicaciones y telecomunicaciones». Dentro de ellas, se intercalaban las cartas de intención, no reconocidas por China, y los convenios firmados por Hu. Todo era un gran disparate.

Ante los más altos funcionarios, el portugés Bataglia comenzó su discurso diciendo: «Es para mí un honor particular participar de la firma de estos acuerdos entre la República Popular China y la Argentina…». Era todo una gran mentira.

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