Cristina boicoteó el relanzamiento del FDT, pinchó su salvavidas para noviembre y fuerza a Alberto a romper

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Por salvarse de la responsabilidad de la derrota de las PASO del domingo último, la vicepresidenta es capaz de hundir el barco que la podría salvar

La vicepresidenta Cristina Kirchner le provocó al gobierno de Alberto Fernández un daño casi irreparable, mucho mayor a la derrota que sufrió en las PASO y que podría terminar en una catástrofe electoral mucho peor en noviembre próximo, con consecuencias personales más graves para ella. Y lo hizo justo cuando el Presidente buscaba relanzar su gobierno con medidas de mejoras en el poder adquisitivo de los sectores medios y darle así algunas chances electorales al Frente de Todos.

De ese modo Cristina Kirchner intentó avanzar sobre el Gobierno para tomar el control real de las políticas y dirimir si gobierna ella o Alberto Fernández. Esto está en el centro de toda la discusión y las intrigas de palacio de estas horas.

Pero no hizo más que boicotear a su propio gobierno, destruyó el bote salvavidas que tenía para salvarse en noviembre del naufragio electoral del domingo pasado y obligó a Alberto Fernández a pensar en la ruptura con ella y con La Cámpora que dirige su hijo Máximo Kirchner, algo que el Presidente no quiere aunque quizás ella no le deje margen para evitar ante la presión del PJ.

Hoy muchos hombres del peronismo le piden a Alberto que se “saque de encima a La Cámpora” y que la sociedad se lo va a agradecer en las urnas. Y no les falta razón: mostraría así que tiene sangre en las venas, orgullo y amor propio, dicen. En buen romance, que tiene “pelotas”. Renació el histórico instinto autodestructivo de Cristina Kirchner, capaz de envenenar al que le ofrece colaboración para ayudarla.

En 2015, durante la campaña presidencial de Daniel Scioli, la entonces presidenta de la Nación usaba sus discursos en cadena nacional para desautorizar cada propuesta o definición que formulaba el entonces candidato presidencial del Frente para la Victoria que ella misma respaldaba. Scioli era el único que podía garantizarle un gobierno amigo y protección política para que ella se jubilara en paz. Sin embargo, no podía con su genio y trabajó sistemáticamente para humillar y deslucir a su propio candidato.

Hoy Cristina repite la historia. Ella designó a Alberto Fernández para poder volver al poder y lograr algunos años más de impunidad ante tantas investigaciones judiciales por corrupción que de hecho hoy están frenadas porque los jueces miden antes el grado de influencia política de los acusados que los expedientes. Y sin embargo, en lugar de intentar una recuperación electoral a través de las políticas públicas, Cristina comenzó a dedicarse a destruir al propio gobierno que con un poco de iniciativa e imaginación la podría eventualmente salvar de la debacle en las urnas si logran una recuperación como la de Mauricio Macri tras las PASO de 2019.

El problema excede a la política. Quizás un examen psicológico podría arrojar algún diagnóstico más claro. La actitud de la vicepresidenta convierte en urgente la necesidad de que la política comience a analizar la necesidad de exigir exámenes psicotécnicos a los candidatos a cualquier cargo público realizados por algún organismo oficial autorizado de la medicina. Es una deuda de la democracia. Quizás el futuro diputado Facundo Manes, neurocientífico, podría impulsar ese proyecto.

El primer mandatario estaba dispuesto a reaccionar y a encarar una nueva etapa de la campaña electoral con medidas de reactivación, pobres en su concepción técnica, poco imaginativas y que implicarían el uso de los recursos públicos mediante la emisión monetaria y traerían aparejada una aún mayor suba de la inflación en algunos meses.

Más allá de si el aumento del salario mínimo, las jubilaciones y la AUH podía ser acertado y positivo o no para el país, era el plan de Alberto Fernández para intentar recomponerse de las elecciones primarias del domingo. Era la carta que quería jugar para comenzar a remontar la cuesta de la derrota en las PASO.

Cristina Kirchner podría haberse reunido con Alberto Fernández en Olivos para discutir los detalles del paquete de medidas, mejorarlo, proponer otras medidas o un cambio de rumbo. Pero se sentó en la quinta presidencial con una pistola en la cabeza de su delfín para que cambie todo el gabinete y obligar a Alberto Fernández a exhibir su propia debilidad ante los ojos del país, del mudo y de su electorado.

A esta altura no quedan dudas de que la principal oposición de Alberto Fernández está en el Frente de Todos. Paradójicamente, Juntos por el Cambio decidió mirar desde el balcón el espectáculo dantesco del oficialismo y evita involucrarse en la pelea para no echarle más leña al fuego y para dejar que el costo lo paguen ellos. Cristina parece la principal jefa de campaña de Juntos por el Cambio y de toda la oposición. Por este camino, le arrima votos a granel a todo el arco opositor, de izquierda a derecha.

La propia socia política de Alberto Fernández le arruinó la estrategia de campaña al FDT con un pretendido cambio de gabinete –mediante la renuncia desafiante de los propios K- que dejó en la nada todos los anuncios que se iban a hacer hoy jueves 16 de septiembre y que dejará debilitado al gobierno por mucho tiempo. El Presidente no tiene manera de salir bien parado del golpe de la Doctora.

Se enfrenta, casi sin salida, ante tres escenarios posibles y todos muy perjudiciales para él:

1- Aceptar las renuncias de los ministros K ordenadas por Cristina y al mismo tiempo cambiar a la mayoría de sus ministros, como Cafiero o Guzmán. Sería una concesión inaceptable para el Presidente, a menos que quiera humillarse en la Plaza de Mayo y admitir que ya no gobierna el país.

2- Aceptar las renuncias K sin activar renuncias en su propio elenco de ministros, con lo cual habrá decidido romper con el Instituto Patria, La Cámpora y Cristina. Por lo tanto, los bloques legislativos se fracturarían y Alberto perdería la gobernabilidad parlamentaria y a un sector del electorado. Ese es el camino que considera riesgoso aunque muchos en el PJ se lo aconsejan.

3- Rechaza las renuncias de los camporistas. El Presidente perdería autoridad porque habría demostrado que no tiene espaldas para prescindir de La Cámpora y gobernaría con ministros que le renunciaron públicamente y le demostraron su desprecio por sus políticas. En cualquier caso, el resultado es el debilitamiento de Alberto.

Es por eso que Alberto Fernández dilató su decisión a la espera de que decante la crisis. En cualquiera de los dos escenarios, la crisis política e institucional sería tan importante que provocará sí o sí una mayor pérdida de votos de noviembre próximo. Cristina lo hizo. En este contexto se comienzan a barajar alternativas, todas malas para Alberto:

*La conformación de un gabinete elegido por consenso entre Cristina y Alberto para el resto de su mandato pero con preminencia cristinista. El impacto en la gente sería pésimo y podría perder aún más votos que ahora.

*El nombramiento de Sergio Massa como jefe de Gabinete con un superministro de Economía, como Martín Redrado.

* Ante una agudización de la crisis comienza a aparecer en forma borrosa el fantasma de la renuncia del propio Alberto por desgaste y cansancio y la convocatoria a una Asamblea Legislativa para elegir nuevo presidente. Esta sería la peor situación para el país. La renuncia de todos los ministros K tiene una notoria similitud con la renuncia del vicepresidente Carlos “Chacho” Alvarez durante el gobierno de Fernando de la Rúa en el año 2000 tras el escándalo de los sobornos en el Senado.

Pese a haber introducido a Alberto en esta crisis monumental, Cristina Kirchner necesita como el agua remontar la suerte electoral por dos motivos:

1-Debe buscar achicar la diferencia en las provincias que eligen senadores para que el número de bancas propias en el Senado no disminuya tanto y le impida su control. Pero con lo de ayer parece haberse tirado un tiro en los pies.

2-La perspectiva de una remontada electoral entre las PASO y las generales generaría un interrogante, al menos, acerca de la continuidad del kirchnerismo más allá de 2023 en el poder. En cambio, una merma aún mayor de votos la mostrará como la jefa de un ejército en retirada y sus causas judiciales podrían acelerarse con jueces que siempre miran los resultados de las urnas para aplicar justicia.

La jugada de Cristina la aleja de una remontada mediante el uso de las herramientas del Estado para no dar por muerto de antemano el experimento de Alberto Fernández presidente y por otro lado la debilita a ella en el Senado y en los tribunales. Fue un negocio a pura pérdida para la vicepresidenta. ¿Cuál era el objetivo real de su maniobra? Tomar las riendas del gobierno y controlar todos los resortes, pero con un costo incalculable.

Cristina Kirchner buscaba forzar la renuncia del gabinete en pleno del Presidente y colocar allí a un nuevo elenco supervisado por ella para ser la autora de esa recuperación electoral. Pero los riesgos eran demasiado grandes y todavía no se conocen los resultados, que podrían ser desastrosos. Además, si lograba su propósito y controlaba el gabinete, una posterior derrota en las urnas podría ser atribuible a ella.

El gobierno de Alberto Fernández está ahora en terapia intensiva y algunos ministros, intendentes y gobernadores alientan al Presidente a que rompa con La Cámpora, acepte las renuncias de los ministros K, y gobierne con Sergio Massa, los caciques provinciales y municipales y la CGT, en un acuerdo de gobernabilidad con la oposición y una recuperación del terreno perdido en la sociedad, que castigaría a Cristina Kirchner.

“Si Alberto es saca de encima a la Campora la gente lo aplaudirá porque nadie se banca ya a estos pibes”, dijo un intendente. Los barones del conurbano están en pie de guerra contra los pibes de Máximo Kirchner, que van por sus intendencias. Lo animan a Alberto a romper definitivamente con Cristina Kirchner.

Por ahora, el Presidente duda sobre si romper o mantener la unidad, algo en lo que se siente más cómodo. Sin embargo, los embates de Cristina podrían obligar a Alberto a romper con ella contra su propia voluntad y paradójicamente podría salir fortalecido, más allá de que ella pondrá a su tropa a tirotear a su gobierno en las cámaras legislativas y en la calle. El Presidente tiene que tomar la decisión política y cualquiera es pésima para él.

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