El oficialismo y los partidos opositores no levantaron banderas ni ideas y sólo se refugiaron en la grieta

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La inflación, la pobreza, la falta de educación, la inseguridad y el narco no tuvieron un abordaje serio

El oficialismo y las distintas fuerzas de oposición que lo confrontan demostraron durante esta campaña rumbo a las PASO, una vez más (y pasan los años), que no tienen un proyecto de país y que el único programa que tienen es la grieta y la polarización: la definición de la identidad propia mediante las supuestas miserias del adversario. Pero a ninguno se les cayó una idea, un programa, un conjunto de medidas y de políticas públicas que le permita soñar a la gente que los votará con que hay una salida.

El gobierno de Alberto Fernández defendió su gestión, sin poder mostrar resultados económicos, sociales ni sanitarios, y presentó una promesa de que ahora llega “la vida que queremos”. El único justificativo de su legitimación es impedir que vuelva el gobierno de Mauricio Macri y juguetea con ese fantasma.

El frente de Juntos por el Cambio apela a sus eslóganes que expresan “basta”, y se presenta como el recurso más idóneo para frenar el avasallamiento de la República y las medidas populistas del Gobierno, agitando el fantasma del peligro de la mayoría parlamentaria, pero sin tampoco mostrar el camino hacia una una formulación de políticas positivas que permita soñar con ese “cambio” que propone su marca registrada.

Nadie formula el “cómo” ir hacia “la vida que queremos” ni ir hacia el “cambio” o el “basta”. El manejo de las emociones del elector en ambas orillas de la grieta es por contraste, por oposición al otro, una apelación al miedo a lo que está en frente. Se recurre al votante del “nunca lo votaría” al adversario, en lugar de enamorar por las propias virtudes.

Las terceras fuerzas le encontraron una vuelta de tuerca: trazaron una grieta entre ellos y los dos partidos mayoritarios que nos quieren introducir en la grieta: es decir, marcaron una grieta contra la grieta. José Luis Espert, Javier Milei y Florencio Randazzo enarbolaron la bandera de que hay que terminar con la casta política, los fracasados de siempre y votemos algo nuevo.

Se podría incluir en ese lote a Ricardo López Murphy que intentó ser disruptivo y plantear que él no tiene nada que ver con el desastre, pero sin romper del todo con Juntos por el Cambio, partido por el cual se presenta para competir en las PASO. Su propósito es difícil: trazar la grieta con la grieta, pero sin que se note su grieta.

En mayor o menor intensidad, todas las terceras fuerzas enarbolaron tibiamente un programa de medidas como bajar el gasto para reducir los impuestos y permitir así la reactivación de la actividad económica, del empleo y las exportaciones. Algunos con discurso más peronista del medio (como antes Lavagna o Massa) y otros con una jerga más liberal austríaca o liberal ortodoxa a secas de Chicago.

Todo lo demás fueron cortos publicitarios ingeniosos, parodias telefónicas, frases altisonantes, remeras originales, frases sobre sexo, garche, porros legalizados, para clase media o villas populares y astrología. Pero los planetas no se alinearon. Después se preguntan por qué hay desencanto y abulia entre los votantes. Pareciera que estos ya no compran las frases dirigidas a llamar la atención: quieren futuro. Ninguno de los candidatos se ocupó de ir a las cosas, como pedía Ortega y Gasset.

Vale la pena recordar, una vez más, la frase del gran pensador español en 1939. “¡Argentinos! ¡A las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”. Hace 82 años describió la campaña PASO – 2021.

El acto de cierre de campaña del peronismo en Tecnópolis dejó en claro quién es la jefa del peronismo. En medio de todos los gobernadores y candidatos del PJ tradicional y el nuevo progresismo K, Cristina Kirchner habló 57 minutos y Alberto Fernández sólo 32.

La vicepresidenta rescató al gobierno de su delfín, pero también le marcó la cancha: dijo que los “funcionarios deben ser tercos”, porque ese es el ADN del peronismo, una manera de decir que los del Presidente no son lo suficientemente decididos o tercos y por lo tanto luego de las elecciones deberían ser removidos. Si el Gobierno pierde en las urnas comenzarán los pases de facturas y las presiones sobre varios de ellos.

También la Doctora hizo un fuerte y largo autoelogio de su propia gestión 2007-2015 durante varios minutos, en contraste con la gestión actual. También le reprochó a Alberto o a su ministro de Trabajo, Claudio Moroni, que debe convocar a negociaciones paritarias y aumentar los salarios. ¡Tomá mate con chocolate!

Además, la jefa reclamó recuperar actividades como el turismo, en un claro mensaje al ministro del área, Matías Lammens, a quien no quiere mucho. Y si bien pareció elogiar a la candidata a diputada Victoria Tolosa Paz, le recriminó que no debe dejarse maltratar por los periodistas, a los cuales les dedicó varios párrafos y les enseñó cómo trabajar de periodistas: el modelo es C5N y Página 12. Ellos no se dejan comprar por los poderes fácticos ni por los perversos dueños de los medios.

Cristina Kirchner y después Alberto Fernández hablaron de muchas cosas en esos 89 interminables minutos de discursos encendidos. Pero no hablaron una sola palabra de las mayores preocupaciones de la gente y de cómo las van a solucionar: la inflación, la inseguridad, la falta de trabajo, los asesinatos del narcotráfico, el crecimiento de la pobreza y la inseguridad, y la disparada del dólar, que es la contracara de la devaluación por la billonaria emisión monetaria y la suba de precios. Suiza es aburrida y nos queda cada día más lejos.

La vicepresidenta considera que sólo con la suba de salarios y el congelamiento de tarifas se podrá alcanzar la felicidad del pueblo y mantener el poder adquisitivo de los asalariados, pero no hubo una sola referencia a la necesidad de ordenar la macroeconomía para bajar la inflación y poder recuperar el crédito internacional y que esos aumentos de salarios no se vayan a la inflación.

Cristina Kirchner cumplió en elogiar con algunos pasajes a Alberto Fernández, rescató la gestión de la pandemia del Covid 19, y dijo que ahora los argentinos “pueden prender la calefacción” gracias al congelamiento de tarifas porque en su departamento de Recoleta ahora sí prenden la calefacción (con horarios como en cualquier consorcio porteño). Sería urgente hablar con el administrador del consorcio. Y se encargó de ensalzar a su pollo y gobernador bonarense, Axcel Kicillof, que por lo visto es muy terco, como ella quiere, al tiempo que fue durísima con Juntos por el Cambio, sus candidatos y su ex presidente Mauricio Macri.

El congelamiento de tarifas tiene como contrapartida un gasto desmedido en subsidios. Pero de eso ni una palabra. La pobreza requiere enormes erogaciones en planes sociales. Ambas partidas presupuestarias -planes y subsidios- obligan al Estado presente a una emisión y a una inflación imparable que desemboca en la suba de la pobreza, hoy arriba del 45%. Pero para resolver ese problema no se cae ni una idea.

El Presidente sólo esboza el título de “transformar los planes sociales en trabajo genuino”. Pero no existió ninguna referencia a las herramientas para poder capacitar a aquellos que están fuera de la cultura del trabajo ni para destrabar los impedimentos de los empresarios para contratar empleados ni para resolver el trabajo informal: la presión tributaria, las cargas patronales, las leyes laborales y la doble indemnización por despido. Todo eso debe seguir para sostener el modelo.

La celebración del cierre de campaña en Tecnópolis representa en sí mismo el uso indebido de los bienes públicos: la Presidenta se jactó de que ese escenario era como su casa de Recoleta porque ella lo construyó en 2010 y forma parte de la administración nacional bajo la órbita del Ministerio de Cultura. Por lo tanto, Cristina Kirchner y Alberto Fernández celebraron un acto partidario electoral en una dependencia pública como si fuera la sede del partido en Matheu al 100. Eso constituye la confusión y el un uso indebido de los bienes públicos para fines políticos. No se pueden usar los bienes de todos como si fuera la casa propia.

La vicepresidenta dijo que nadie se salva solo y exhortó a iniciar un gran debate sobre los temas más importantes del país. ¿Se viene el Pacto de la Moncloa? No, señor. Porque al mismo tiempo descalificó a todos los candidatos de la oposición y los acusó de vivir en Recoleta con dinero de sus gestiones pasadas como María Eugenia Vidal, que la desmintió en el mismo momento.

Además, al defender las restricciones de las exportaciones de carne dijo que el campo decía que exporta vacas viejas y que se dedica a producir un “geriátrico de vacas”. Nadie se salva solo. Pero el campo, con el geriátrico o con el yuyo de la soja salva las reservas y le genera recursos al Estado para pagar los sueldos de la política.

El Presidente también habla de consensos básicos, pero no hizo otra cosa en los últimos tiempos que enfrentarse a la industria y al campo y culparlos de los precios y de las sucesivas crisis económicas. Nadie se salva solo, pero ellos son los culpables.

El Gobierno habla y actúa como si fuera la oposición: la justificación de sus paradigmas ideológicos no se sostienen en su discurso por las virtudes propias y los resultados de sus políticas, sino por las supuestas atrocidades de sus opositores. En lugar de jugar el partido y hacer goles lo comenta como Macaya Márquez. No presenta argumentos que permitan alumbrar un horizonte de esperanza. No vende futuro ni permite imaginar un camino. Vende más de lo mismo.

Los culpables de los males son la oposición, el periodismo, los empresarios, los jueces y los que estuvieron antes en el gobierno durante cuatro años ominosos, además de una maldita pandemia que justifica todos los malos índices.

Pero la pandemia del Covid 19 hubiera sido mucho peor sin Alberto Fernández como Presidente, según el relato, porque el Gobierno salió a buscar las vacunas y no como Macri y sus secuaces que son antivacunas. Así las cosas, sus únicas virtudes son estar exentos de los vicios de los adversarios. La grieta y la confrontación definen la identidad del proyecto. Son la receta magistral del modelo.

En Juntos por el Cambio, por su parte, también se apeló a la demonización del Gobierno sin ofrecer una salida clara y sólo hizo la campaña de la defensa propia, “digamos Basta”. Se hizo uso y abuso durante la campaña del Vacunatorio VIP, del Olivosgate, de la falta de vacunas, de los 112 mil muertos por Covid, de los casos de corrupción del pasado, y del avasallamiento a la Justicia y a la República. Pero no se formuló un plan de futuro para retomar el gobierno y desterrar el populismo, más allá de que apareció el estribillo “Vamos a Volver” sobre el final de campaña, pero sin la presentación de un programa que permita saber “cómo y para qué”.

Todos parecen haber detectado -mediante sus focus groups- que la sociedad pide a gritos el final de los piquetes y de los planes sociales, y la necesidad de convertirlos en trabajo genuino. Pero nadie está pensando ni debatiendo el “cómo”.

Pareciera así planteado que todos los opositores piensan en que las medidas requeridas son dolorosas y por lo tanto es mejor no hablar de ellas en la campaña. Pero nadie puede esbozar la salida que contagie esperanza y sueños a los votantes castigados por los últimos gobiernos peronistas y no peronistas. La falta de ideas y de un debate serio y pensado sigue alimentando la grieta, que es el único argumento para ir a votar el domingo: frenemos al otro. Y mientras tanto: ¡Tomá mate con chocolate!

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