Lección de la selección: sobriedad, esfuerzo, capacidad y valores y la Argentina puede tener su «Maracanazo»

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La Argentina y Brasil ganaron mucho más que una Copa. La selección argentina de fútbol se había olvidado de la gloria. La recuperó en un “Maracanazo” después de muchos años gracias a una conducción sobria, humilde, trabajadora y con capacidad técnica, que conocía el rumbo y puso en juego los mejores valores. El director técnico Lionel Scaloni le dio las oportunidades a los jugadores que valen por sí mismos, fomentó la meritocracia en el equipo, y así fue estimulando a cada jugador a que ponga lo mejor de sí, en una cultura del esfuerzo y del trabajo, porque talento les sobraba a todos.

Porque para eso debe ser un líder, alguien que sepa sacar lo mejor de todos sus dirigidos, generar el efecto contagio para el trabajo, la dignidad propia y la autoestima. Que no estimule las grietas ni las divisiones sino la cultura de integración y de equipo. Scaloni llegó sin grandes antecedentes, pero fue construyendo de abajo hacia arriba, descubriendo talentos, competencias, demandas del equipo, y así logró un equipo sólido, que presiona en todas sus líneas y que más allá de ciertas lagunas se alterna en nombres hasta encontrar las mejores fórmulas para el triunfo en cada caso.

Lionel Scaloni, el director técnico que fue una revelación

Así todos tuvieron su momento de brillo, de esplendor, incluso el arquero, “Dibu” Martínez, algo arrogante y con un estilo casi irrespetuoso por el rival, por momentos, como buen argentino, un defecto que debemos corregir porque no nos suma.

Pero al igual que Messi, De Paul, Dimaría, Paredes, Lautaro, Otamendi, y tantos otros, el Dibu sacó a relucir su talento, su determinación y el hambre de gloria. Porque la selección que le ganó a Brasil por 1 a 0 y se construyó con talento más humildad y esfuerzo. Jugó la final como se debe jugarla: con los dientes apretados, arriesgando la vida en cada pelota, dando la última gota en cada corrida, y con genialidad para definirlo. La nueva generación de jugadores no vino a exhibir gorritos con sponsors para dar notas a los periodistas elegidos previamente, sino sencillamente a triunfar.

Los muchachos de Scaloni no vinieron a hablar por los medios para hacer declaraciones altisonantes ni a formular críticas a los otros ni dar lecciones al resto de sus selecciones. Llegaron a Brasil a trabajar y a conseguir su objetivo, su resultado. Una conducción humilde, sabia, moderada y sobria, la de Scaloni, más jugadores con voluntad de trabajo le dieron una gran lección a un país que intenta salir por medio de las grietas, las divisiones, las peleas, la cultura del individualismo y del aprovechamiento del otro, del Estado o del subsidio.

En la selección no hubo lugar para la ventajita y la piolada, sino para jugar en equipo sin querer arruinar al de al lado, lo cual siempre será un mensaje virtuoso para aquellos que resuelven todo cortando rutas o bloqueando la producción ajena, su mercadería o sus exportaciones. No parecían la selección de un país conducido por quienes critican a los líderes vecinos o los ofenden diciéndoles que vinieron de la selva o de los indios.

Messi, Neymar y Paredes tras el partido

Esos líderes deben aprender de Messi y de Paredes que fueron a conversar después de levantar la Copa América con su amigo Neymar, que no lucía derrotado después del partido. Y mucho más deben aprender del genio de Neymar que se quedó a disfrutar del triunfo de sus hermanos y amigos en los equipos de Europa como si recién hubieran jugado un picado en un potrero o en una playa carioca.

Se nota que ellos crecieron, maduraron, y saben que mañana ganará el otro y que sólo estaban disputando un juego en el que simplemente ganó el mejor. En estos jugadores, brasileños y argentinos, no hubo resentimientos, más allá de alguna pierna fuerte, porque es un juego de hombres recios que también ponen en juego la guapeza pero sin divisiones ni deseos de revancha.

Sólo fueron a buscar la gloria y se valieron de las herramientas y los valores adecuados para encontrarla. Brasileños y argentinos se ganaron esa Copa, la de la dignidad, para darles también una excelente lección a sus propios gobiernos, la de la convivencia, la tolerancia y la integración. Ambos ganaron mucho más que una Copa.

Aprendamos de ellos, busquemos para el futuro a los liderazgos que no nos obnubilen por sus grandilocuencias, ni por sus declaraciones altisonantes, y escuchemos a los que saben, a los que pelean por las grandes verdades y por los buenos valores. Y a los que nos estimulen a ser mejores, más trabajadores, con más esfuerzo, más competencia más educación y más cultura del trabajo.

La Argentina y sus talentos están intactos para dar otro batacazo en pocos años. Si hacemos las cosas bien, tendremos nuestro propio “Maracanazo”.

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