Los invisibles, una clase social mayoritaria ajena a la agenda política y a la espera del líder que la visibilice

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Los invisibles somos la mayoría de la Argentina, que andamos de a pie, sin privilegios por la vida. Los invisibles son todos aquellos trabajadores, dueños de comercios, dueños de pymes, profesionales, técnicos, los que tienen un oficio, los estudiantes. Ellos son los que mueven el país, es la sangre que tracciona, el combustible del motor. Todos ellos batallan diariamente para poder sobrevivir, para sostener su familia, con el anhelo de lograr un futuro para sus hijos.

Los invisibles no tienen acceso a los medios, salvo cuando ocurre una desgracia o un hecho policial, nadie los escucha. No hacen lobby, no mueven el amperímetro de los grandes negocios, no cortan rutas, ni caminos. No tienen choferes, ni asistentes o asesores. No son amigos de jueces, gobernantes, artistas, periodistas o empresarios. No conforman ningún círculo rojo o de influencia. No concurren a reuniones importantes ni tampoco eventos empresariales, políticos o diplomáticos.

Los invisibles componen la mayoría del país, sin ellos no hay futuro, no hay nuevas generaciones, no hay mercado, no hay impuestos,  en consecuencia tampoco estado, ni gobierno.

Sin embargo, son maltratados todo el tiempo, por todos los gobiernos, indefectiblemente son siempre traicionados y de a poco sin darse cuenta los invisibles van descendiendo en la escalera de la decadencia cultural, social y económica.

Desde hace años, los invisibles tampoco son “ciudadanos”, no tienen derechos, solo obligaciones. Son los que deben respetar las normas, hacer la cola en todos lados, esperar su turno,  los que no pueden cortar una calle y tampoco  tienen acceso para que se lo reciba en algún despacho oficial. A los invisibles se los maltrata de diferentes maneras. Transitan rutas destruidas, y muchas veces tienen accidentes, acuden a Hospitales sin los medios suficientes, sus hijos concurren a escuelas que no dan clases, y viven en barrio inseguros.

Los invisibles participan en una pseudo democracia devaluada, donde lo único democrático es el voto cada dos o cuatro años.  El voto es lo único que va quedando de nuestra república democrática.  La justicia no funciona, no solo para delitos con competencia federal, sino que tampoco funciona para un simple desalojo, hurto o robo.  Lo mismo pasa en los distintos organismos que componen al estado.

La educación hace mucho dejo ser un lugar donde mandábamos nuestros hijos a incorporar conocimientos. La seguridad es un bien escaso. Los invisibles no tienen seguridad en su barrio, tampoco pueden pagar una privada, no tienen por supuesto guardaespaldas, ni nadie que los cuide. Entonces, ante tanta indefensión, los invisibles colocan rejas, alarmas, coordinan horarios de llegada de hijos y familiares de modo que puedan ingresar a sus casas de modo seguro.

La Argentina, se ha transformado en un país para la elite, donde tienen sus propia agenda, sus propios intereses, parecen que se pelean pero están negociando “lo suyo”. Cada dirigente político importante tiene su empresario predilecto, su propio circulo, a quien representa “silenciosamente”. La agenda de ellos no es la agenda de los invisibles, al contrario en muchos casos es antagónica y perjudicial.

Sin embargo es evidente el cansancio y el hastío.  Cuando quienes mandan pierden la vergüenza los que obedecen pierden el respeto. Los invisibles ya no creen.  Los invisibles se quedaron sin representantes. Nadie los tiene en cuenta. Los intereses de esta elite son sofisticados y alejados del sentido común y las necesidades simples del hombre de a pie. Las agendas y prioridades son distintas y hasta opuestas.  La dirigencia política actual no tiene respuestas para un mundo que cambio hace tiempo y se profundizo a partir de la pandemia. Está dirigencia poca preparada e ideologizada nos trajo el atraso, la falta de oportunidades y  la pobreza sin precedentes.

Al final de este largo camino, podemos constatar la “pérdida del propósito original”, donde los maestros querían enseñar, los estudiantes querían aprender, los trabajadores querían trabajar y los dirigentes políticos buscaban el bien común. La política es servir, es una vocación, pero nadie puede dar lo que carece.

El ciudadano de a pie se encuentra abandonado  y desprotegido. Las instituciones que son base de nuestra república democrática, ya no contienen ni garantizan los derechos básicos de sus ciudadanos, pero siguen siendo una mochila pesada en las espaldas de los Argentinos.  Y ante esta realidad nuestros dirigentes solo conservan su legalidad que han logrado gracias al voto crédulo de sus votantes, pero han perdido la legitimidad, el acompañamiento y apoyo de su gente. Ellos ya no los representa. Han perdido el sentido común. Esa es la verdadera grieta.

La pandemia nos da la oportunidad de una reflexión profunda y nos ayuda a entender que estamos ante un fin de época y la única salida es que todos los ciudadanos, las fuerzas vivas, las organizaciones intermedias, exploren y planteen soluciones distintas, pariendo nuevos dirigentes que comprendan y conozcan los nuevos tiempos, dispuestos a encontrar las soluciones a la larga agenda pendiente de todos los argentinos, de todos los invisibles que habitan el país.

Esa agenda debe contener a mi criterio la construcción de ciudadanía, la inversión en viviendas,  salud y educación pública,  escuelas técnicas y de oficios. El dinero orientado hacia estos lugares, debe ser considerado una inversión y nunca un gasto,  es el comienzo para lograr el desarrollo.

Simultáneamente incentivar la agroindustria, los alimentos con valor agregado, la energía renovable y el desarrollo tecnológico que podrían ser los pilares para el desarrollo sustentable a lo largo y a lo ancho del país.  Sin embargo, para que un proyecto de estas características pueda ser instrumentado debe ser acompañado por un programa de política demográfica, que permita desactivar el conurbano, una verdadera reforma fiscal – federal- que sea beneficiosa para las empresas que busquen desarrollarse en el interior del país, un gran plan de infraestructura en todas las provincias, que faciliten la conectividad y el transporte. De esta manera, se podrían generar verdaderos polos de desarrollo en todas las regiones y así evitar la emigración hacía los grandes centros urbanos -Buenos Aires, Rosario, etc. -, y las consecuencias que eso conlleva.

Asimismo es imperioso frenar la presión impositiva actual que desalienta cualquier inversión en ese sentido.  No hay espacio fiscal para crear nuevos impuestos.  Todos los recursos del estado y el financiamiento disponible deben estar orientados a lograr esta finalidad evitando que los ingresos se distraigan en cuestiones ajenas a la agenda de los ciudadanos.

Es momento de que todos dejemos de ser invisibles, es momento de que todos comencemos a involucrarnos, conversar e instalar la idea de un cambio, con la esperanza que en ese recorrido nazcan lo dirigentes que necesitamos para la nueva época que comenzó.

*Martín Erramuspe Busch es abogado y emprendedor

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