Las “enseñanzas adquiridas” de Macri obligan a votar en el futuro a un candidato que no llegue a “aprender”

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El expresidente Mauricio Macri ​presentó su libro “Primer Tiempo” el jueves 18 de marzo y anticipó el regreso al poder de Juntos por el Cambio en tres años. “En 2023 la crisis no va a ser asintomática y va a permitir que Juntos por el Cambio vuelva al poder con mayor apoyo político, una enseñanza adquirida y poder hacer el paquete global de reformas”, dijo. En una sola frase, preocupante, dio a entender que como la crisis era asintomática no se animó a hacer las reformas prometidas y que llegó al Gobierno para aprender enseñanzas que por suerte adquirió aunque ahora sea demasiado tarde. La próxima vez habrá que votar a un Presidente que tenga más claro el rumbo.

Primera conclusión: Macri formuló un lamento tácito y sutil de que recibió una crisis asintomática, que sólo él percibía y que la gente desinformada no tenía muy clara. Y que ese fue el motivo por el cual él y Marcos Peña no querían ser aguafiestas y dar malas noticias.

Y que por ese motivo, no tuvo tanto apoyo político como el que ahora promete tener y que por eso mismo no pudo hacer el paquete global de reformas que había prometido: bajar la inflación, la pobreza, poner en marcha la economía, y unir a los argentinos.

Primer gran error: Macri ganó con el 51% de los votos en segunda vuelta y tenía al asumir todo el respaldo de sectores medios, que bien negociado se podía traducir en votos en el Congreso de los bloques intermedios de terceras fuerzas. Podía hacer las reformas.

Segunda conclusión: los candidatos a Presidente que se presenten de aquí en más a las elecciones generales deberían tener la delicadeza de avisarle al electorado si quieren gobernar para encarar los grandes paquetes globales de reformas para cambiar el país o si lo harán para adquirir enseñanzas de que en una segunda oportunidad no deben incumplir aquellas promesas sino cumplirlas con decisión y coraje.

A los argentinos nos cuesta y nos costó muy caro votar presidentes para que vayan a la Casa Rosada a aprender de sus propias equivocaciones. Suena muy romántico, pero los presidentes no deben llegar a la Casa Rosada simplemente para cumplir su mandato como una pasantía de aprendizaje sin derrocamientos y para decir con orgullo que se equivocaron pero aprendieron. Sino para acertar en las políticas.

El aprendizaje y las enseñanzas le cuestan al país años de atraso, pobreza, marginalidad, inseguridad, decadencia cultural, destrucción del sistema educativo y del aparato productivo. Les cuesta años de déficit, endeudamiento e inflación. No le resulta gratis que un expresidente diga que adquirió enseñanzas para hacer las reformas en el próximo turno si en el medio deja al país en manos del populismo.

¿Por qué tenemos que creerle por otro lado si ese mismo candidato prometió que iba a reducir el gasto público, los planes sociales, la inflación, la pobreza y la división de los argentinos e hizo todo lo contrario? ¿Tenemos que celebrar que aprendió de su propio incumplimiento y de su falta de capacidad de escuchar a tiempo a todos los que se lo avisaron cuando debía hacerlo y el los miraba con desdén?

Los grandes estadistas como Charles De Gaulle, Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt o Konrad Adenauer no necesitaron un “Segundo Tiempo” para aprender del “Primer Tiempo”. En ese libro, “Primer tiempo”, Macri busca explicar por qué no explicó la herencia recibida, por qué no puso en caja al Estado nacional, por qué no hizo el ajuste del Estado, por qué nombró jueces de la Corte por decreto, por que…

Un gran mérito de Macri, tal vez su legado histórico, fue haber conformado una fuerza de centro derecha democrática con varios partidos dispersos que luce unificada, no sin problemas de crecimiento, pero capaz de construir liderazgos alternativos a otra fuerza ya conformada de hace muchos años, como el peronismo, que en sus versiones de progresismo, liberalismo o conservadurismo popular siempre es populista y estatista. Siempre vive del gasto público del Estado para alimentar aparatos partidarios y termina en grandes deudas, recesiones o inflaciones. O en todo junto. Macri permitió la alternancia. No es poco.

Pero en su turno se enamoró del modelo que debía erradicar. Quedó atrapado en la lógica política de que “no se puede ir contra tales intereses porque entonces ellos no nos dejan gobernar”. No advirtió que podía gobernar con el apoyo del 80% de los argentinos que iban a apoyar reformas sensatas y lógicas, siempre que fueran aplicadas con astucia y sabiduría política, si iban a favor del orden natural de las cosas.

Por lo visto, el ex presidente considera que recién en 2023 podrá tener ese capital político para aplicar reformas sensatas y de sentido común, que no deben ser necesariamente drásticas sino todo lo contrario, con la gente adentro, razonables y claras: gastar menos de lo que ingresa, obligar a trabajar y educarse a los millones de beneficiarios de planes sociales, bajar impuestos para producir y crear empleo, pero también bajar el gasto público con la mayor cantidad de gente volcada al sector privado y eliminando la ecuación de que 9 millones pagan impuestos para 30 millones que no producen y viven del Estado.

¿Tan difícil es lograr el apoyo político para revertir esa insensatez? La enseñanza adquirida de Macri le costó muy caro al país. Prometió que iba a ser “Cambiemos” y fue “Sigamos”. Iba a ser el presidente de las grandes transformaciones. Las diseñó en la Fundación Pensar. Iba a bajar el gasto público y la inflación, pero tuvo temor de enfrentarse al populismo al que debía derrotar.

Terminó incrementando el gasto previsional con la reparación histórica financiada con el blanqueo que cayó en saco roto; incrementó los planes sociales y las transferencias a las provincias en pos de lograr un acuerdo con los gobernadores a cambio de gobernabilidad en el Congreso que nunca las provincias cumplieron. Multiplicó los ministerios, las secretarías de Estado y las subsecretarías, más allá de que bajó 30.000 empleados públicos de la Administración Pública Nacional.

Muchas universidades siguieron pagando como en años anteriores contratos de asistencia técnica a monotributistas que trabajaban en ministerios. Sigamos, no Cambiemos.

No encaró las reformas de fondo por temor a perder el control de la calle, a los piquetes, a obligar a los beneficiarios de los planes sociales a cumplir con la capacitación laboral necesaria y con un trabajo que debían prestar a cambio del ingreso estatal. Las partidas de planes sociales equivalía al déficit fiscal.

Creyó que con ello seduciría a los movimientos sociales para que no le boicotearan su gestión, pero fueron los mismos movimientos quienes terminaron tirando 14 toneladas de piedras al Congreso durante la reforma previsional el 17 de diciembre y alimentaron el aparato kirchnerista para el regreso del Frente para la Victoria en 2019 convertido en el Frente de Todos, con Sergio Massa y Alberto Fernández incluidos.

Esa política de alimentación de piqueteros fortaleció al líder del Movimiento de Trabajadores Excluidos, Juan Grabois, un invento de la política social cool de dejarse golpear para negociar.

En nombre del gradualismo no redujo el gasto que debía reducir, pero cometió en cambio el error de no ser gradualista y reducir drásticamente subsidios a la energía con fuertes alzas de tarifas en poco tiempo, lo que sí desató el malhumor social, fallos adversos de la Corte Suprema y un levantamiento del peronismo. No hizo lo que debía hacer, e hizo lo que no debía hacer.

Mauricio Macri nunca tomó el toro por las astas. No quiso hacerlo. Con errores y titubeos, tomó el cargo como una universidad de gobierno para líderes modernos. Los presidentes no deben llegar a aprender y a adquirir enseñanzas, sino a gobernar y a aplicar planes producto de consensos ya establecidos que se deben respetar al igual que el pacto con el electorado.

Y deben hacerlo con el manejo idóneo de las herramientas políticas: la negociación, el acuerdo, la comunicación y la persuasión política a sus opositores y a la gente.

Para aprender y enseñar, están las escuelas de gobierno. Es de esperar que Juntos por el Cambio no alumbre en 2023 un candidato a Presidente que llegue para adquirir nuevas enseñanzas porque seguramente le abrirá las puertas en cuatro años a otro regreso del populismo.

La fórmula de aplicar “Sigamos” en lugar de “Cambiemos” es la mejor garantía para el retorno de los que ganan en el río revuelto, de los que pescan en la pobreza y la marginalidad para sus promesas populistas. Por eso, es la hora de los programas a gran escala de consensos productivos con todos los sectores, con educación, formación laboral, cultura del trabajo, que coloquen a la sociedad en una dinámica totalmente opuesta y virtuosa, en la que los resultados no serán inmediatos, pero en las que el cambio de humor social será el motor de muchas victorias electorales.

Para rescatar la economía hay que rescatar la cultura del trabajo y recuperar al ser humano. La marginalidad y la inseguridad lo demuestran todos los días. Las enseñanzas adquiridas de Macri le costaron al país años de inflación, atraso económico y el regreso de lo que él mismo, con el voto de millones que lo acompañaron, había llegado a erradicar. Los dirigentes políticos, los líderes, deben revisar de verdad lo que dicen y lo que hacen. No sigamos aprendiendo: simplemente, cambiemos.

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