Beatriz Sarlo coronó el papelón tras la cadena de torpezas de Alberto, Kicillof y Lilita Carrió

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La escritora y ensayista Beatriz Sarlo mintió o falló en la comprensión de texto de un correo electrónico. El ofrecimiento para vacunarse contra el Covid 19 no fue “por debajo de la mesa” según los hechos que ella misma declaró ante la jueza federal María Eugenia Capuccetti. Fue parte de una campaña de concientización que el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, imaginó para que famosos y celebridades hicieran pública su vacunación, es decir, precisamente, la pusieran por encima de la mesa porque eso le iba a servir para legitimar la vacuna.

Lo cual no quiere decir que la campaña de concientización del gobierno bonaerense fuera una medida acertada, porque eso es materia opinable. Como tampoco fue atinada la denuncia judicial de la ex diputada Elisa Carrió al Gobierno por “envenenamiento”. El “episodio Sarlo” fue el resultado de una cadena de torpezas que engloba a todos los sectores en una pandemia que los volvió irracionales.

La jueza federal Capuccetti y el fiscal Eduardo Taiano despidieron muy rápido ayer a Beatriz Sarlo cuando se dieron cuenta de que su testimonio y su vivencia no aportaban nada a la investigación del Vacunatorio VIP. Se investigan las irregularidades en el Hospital Posadas y en el Ministerio de Salud, donde sí hubo ofertas y aplicaciones de vacunas por debajo de la mesa, como las de Horacio Verbitsky, Hugo Curto, jóvenes funcionarios de Salud y de la Presidencia de la Nación, las familias Aldrey Iglesias y Duhalde, entre otras, con altas responsabilidades en el gobierno nacional.

No se podían entrelazar la oferta de vacunación que le llegó a Sarlo por correo electrónico, en el marco de una campaña oficial y pública de promoción de las vacunas Sputnik, con la vacunación clandestina y oculta de ciertos personajes ligados al poder. Porque no tenían ninguna relación entre sí.

Sin ir mas lejos, Capuccetti le preguntó a Sarlo durante la declaración si en esa oferta que le hizo Carlos Díaz, de la editorial Siglo XXI, se le había mencionado al Hospital Posadas (vacunación VIP) y ella dijo que no, por lo cual se dio por cerrada la declaración testimonial. Sarlo pareció no haber entendido el correo electrónico de Díaz, o haberlo malinterpretado, o sobreactuar al denunciar el 4 de febrero que le habían ofrecido una vacuna “por debajo de la mesa”.

Según ella misma dijo, el 22 de enero Carlos Díaz, editor de su confianza, le había acercado por e-mail la oferta del gobierno de Kicillof que era de buena fe, aunque posiblemente equivocada en su concepción para generar confianza. La oferta de Díaz había sido, dijo la escritora, por encargo de la esposa de Kicillof, Soledad Quereilhac. Díaz edita publicaciones de Sarlo y de Kicillof y de allí la relación común.

Sarlo entendió mal o quiso adquirir protagonismo de manera intencional para criticar al gobierno provincial, sin pensar en las consecuencias públicas de su inexactitud sobre la política de vacunación. La denuncia podía aumentar las crispaciones en medio de un país dividido por la política, la economía, la pandemia y la vacunación. Y de hecho ocurrió así. Tampoco pensó Sarlo en las consecuencias para ella misma: la bomba le explotó en las manos. Pareció demasiado torpe e irresponsable como para ser ella una ensayista consagrada que debía saber que se le había hecho una oferta, con la cual podía estar de acuerdo o no, pero no era por debajo de la mesa sino todo lo contrario.

La imprudencia del gobierno de Kicillof fue otra: la propia campaña de concientización fue la consecuencia de la falta de credibilidad del gobierno nacional y provincial por los errores de la cuarentena, las idas y venidas de la pandemia, las declaraciones altisonantes del ministro Daniel Gollán y su segundo Nicolás Kreplak, las marchas y contramarchas con la llegada de las vacunas y las promesas incumplidas de Rusia y de otros países en el envío de los cargamentos con las dosis anti-Covid. Todo se combinó en una mezcla perfecta de malos entendidos y desconfianza.

En ese contexto de dudas y cuestionamientos, tanto el presidente Alberto Fernández como Kicillof querían mostrar un éxito rotundo con la llegada de la vacuna Suptnik V, de Rusia, sin que el instituto Gamaleya hubiera publicado sus ensayos clínicos y la documentación respaldatoria ante la comunidad científica. No era la gente común, sino también los médicos del mundo, quienes no confiaban en la vacuna Sputnik V hasta que no se pudieran conocer sus antecedentes como con cualquier vacuna.

Corría el mes de diciembre y Alberto anunciaba que llegarían 5 millones de dosis en enero y 15 millones en febrero. Y que en enero de 2021 se iban a vacunar a 5 millones de personas. El 22 de enero, día de la oferta a Sarlo, no habían llegado más que 300 mil dosis, la vacunación iba lenta, y Kicillof quería mostrar logros e infundir confianza.

La falta de publicidad de la investigación de Sputnik V generó reservas a nivel mundial acerca de la eficacia de la vacuna del Fondo de Inversión Ruso y del presidente Vladimir Putin. En la Argentina, la Casa Rosada la validó antes que toda la comunidad científica y aun cuando en el mundo todavía no se conocían sus procesos de elaboración porque no habían sido publicados en las revistas especializadas.

Y es por ello que también el mundo médico local puso los reparos sobre la Sputnik V que desembocaron en la desconfianza general y de muchos médicos que no se vacunaron a la espera de la publicación de la revista The Lancet. Pero Alberto y Kicillof buscaron forzar la aprobación general de la vacuna por una cuestión de fe y recurrieron a “las celebridades”. Necesitaban darle credibilidad a la política de vacunación, comenzar con la epopeya y llevarse el rédito político.

En ese contexto, la ex diputada Carrió se apuró de manera temeraria a denunciar a Fernández y a Ginés González García por envenenamiento, cuando antes podría haber pedido informes a la ANMAT o al Ministerio de Salud acerca de las constancias de calidad de la vacuna rusa. Ella también especuló con su rédito político. Había otras instancias intermedias para cuidar la salud de los argentinos, pero la líder de la Coalición Cívica también optó por la sobreactuación.

Entre los médicos de todo el mundo, los especialistas locales y los infectólogos asesores del Presidente, que también convalidaban las dudas por la falta de publicación de Sputnik en una publicación internacional, la desconfianza fue creciendo. Y fue entonces que Kicillof y su ministro de Salud Daniel Gollan imaginaron una campaña de concientización a través de famosos para convencer a la gente de vacunarse. Asi nació la campaña “poné el hombro” por la vacuna.

Muchos invitados famosos a la campaña rechazaron la invitación, como la propia Sarlo, Enrique Pinti, Mauro Viale o Moria Casán. Es que muchos de los famosos también tenían dudas como todo el mundo sobre la efectividad y calidad de la vacuna rusa.

Todas esas dudas se despejaron el 2 de febrero cuando la revista científica The Lancet de prestigio internacional publicó el estudio sobre la vacuna Suptnik y le adjudicó una eficacia del 91,6%. Por ese motivo, la campaña “pone el hombro” cayó en un limbo y perdió razón de ser: la revista internacional hizo el trabajo de convencer a la comunidad científica, que convalidó la vacuna y ya no hacía falta que los famosos pusieran su hombro para convalidarla.

La oferta a Sarlo había sido diez días antes de esa publicación y el 4 de febrero la escritora lanzó la bomba: “Me ofrecieron vacunarme por debajo de la mesa y antes prefiero morir asfixiada de Covid”. Pero si bien logró llamar la atención, no individualizó quién la había llamado pese a que su denuncia era muy grave. Luego el actor Enrique Pinti también reveló que le habían hecho la oferta, pero contó la historia completa: el ofrecimiento había sido para la campaña de concientización y él había rechazado esa campaña. Sarlo no había mencionado la campaña de famosos.

Lo que nunca imaginó Sarlo es que el 19 de febrero estallaría el escándalo del Vacunatorio VIP que terminó con la renuncia de Ginés González García al Ministerio de Salud y una causa judicial que instruirían Capucetti y Taiano donde se investiga al ex ministro por abuso de autoridad e incumplimiento de deberes de funcionario público. Entonces, la declaración periodística de la escritora se convertiría en un testimonio clave para la Justicia. Ella dijo que sólo individualizaría a los autores de la oferta ante un juez o un fiscal. Capucetti y Taiano se fueron decepcionados.

Ahora Sarlo intenta revestir su testimonio de veracidad con el argumento de que “debajo de la mesa es fuera de protocolo”. Demasiado débil como argumento como para tomarlo en serio. El papelón en que incurrió la escritora fue precedido de una cadena de imprudencias y errores que deben llamar la atención a toda la clase política: la búsqueda de resultados y de réditos para la política suele terminar torpezas ingobernables, en las que se terminan confabulando todos.

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