Relato de la crisis: intento de respuestas y posibles acciones ante la corrupción y la desesperanza argentina

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En nuestra no muy querida Argentina, dividida como viene estando, quizás haya aún un milagroso espacio y tiempo, para evitar su mutilación y muerte. Por lo pronto la realidad estará a la vista luego de despejar las ilusiones.

Tanto a diestra como a siniestra, una de ellas  se sostiene en el relato simulación de la crisis.

Sin duda hemos malgastado crisis tras crisis, hasta la banalización extrema de las mismas. Enamorados de nuestra capacidad de sobrevivencia, los argentinos nos hallamos apresados en el encantador (etimológicamente: paralizante) imaginario de la crisis como oportunidad. A la que deseamos asignarle una positividad inexorable. Algo así como que el dolor, o la pobreza, per se, nos santifique.

Ese muy tozudo intento de entender como crisis lo que es decadencia, desvitalización y agonía en la Argentina forma parte, a mi entender, de una complicidad entre el poder de los relatos y el fallido narcisismo argentino, que se vanagloria en su ingenio de poder seguir atando con alambre los cachos de la cubierta, ante el naufragio inminente.

No es que no podamos más.  Hace ya rato que los argentinos tenemos comportamientos de achicamiento. De empequeñecimiento de expectativas, de conformidad a lo poco. El proceso de “enanismo” es cada vez más insoportable.  Más mutilador. Y el epitafio ya se escribe en cada mesa de café, cada reunión familiar: esto no tiene remedio.

¿Cuántas décadas  han pasado desde aquella cruel ironía: “la única salida de la Argentina es Ezeiza”? No se trata de la aceptación madura de nuestras limitaciones. La humildad nunca nos ha destacado. Es la muerte de nuestros deseos. Cuando el deseo de ser se adormece, se margina, cuando la memoria de mi sueño ya no está, la crisis cesa, la esperanza se torna imposible.  Y el cuerpo presagia la muerte.

Por lo que, aunque insuficiente como antídoto, creo que sería conveniente desenmascarar otro elemento común y esencial de los relatos: la denuncia sobre la corrupción como amenaza de muerte.

En principio no creo que la corrupción esté matando nuestra sociedad. No porque  no exista o sea menor –manejable, como se dice. De ninguna manera. La razón por la que no participo de esa lectura es que  me parece que invierte indebidamente la lógica del ser.

La corrupción en nuestro país no es lo que nos mata. Es lo que nos muestra que algo ya está muerto en nosotros. Los gusanitos aparecen en aquel tejido ya finiquitado. El drama, las tensiones, los conflictos, las contrariedades, las impurezas, aún las crisis, se presentan en los seres vivos. Es más denotan su vitalidad. Pero la corrupción en el ser, o al menos lo que de corrupto tenga ese ser, ya tiene un olor cadavérico. Para decirlo más directo, a la corrupción no se la confronta, centralmente, con la denuncia. Sino la atravesándola, o al menos rodeándola  con vida.

Pero el señalamiento de la corrupción no puede estar ya fuera del relato. Éste ya “ganó la calle”. Y al volverse inocultable se la intentará recluir en el “otro”.

Creo que en el futuro inmediato la dinámica de autodestrucción nacional, ya operante, puede volver a tener la forma de convocatoria épico-defensiva. Y que el argentino será tentado a hacer catarsis de sus frustraciones en el marco de una lucha cívica y moral, que se justificará como decisiva. Una lucha entre relatos antagónicos, pero simétricos.  Que partirán artificiosamente la realidad en una opción entre dos y convocarán a la alternativa: militancia o traición. O en otra estética: compromiso o caos.

Por lo tanto, ¿qué hacer y cómo para que la argentina sea posible? ¿Para dejar morir lo muerto y vitalizar lo que boquea?

Propongo algunos ejes que, en el mejor de los casos, serán parciales e insuficientes.

1.- Primero lo primero: agradecer. Uno es lo que recibe, y la respuesta que da a lo recibido. Todo lo positivo  que tenga nuestra vida, aquello por lo que decido seguir viviendo, fue desarrollado en lo  recibido. Lo que hemos logrado estaba germinalmente en lo recibido. Así como lo que se recibe es mezcla de positividades y limitaciones, lo que se entrega lo mismo. No agradecer nuestra historia y verla solo como limitación al crecimiento ya es una pésima respuesta. Y es la primera mentira: centrar el problema fuera de mí.

2- Nunca hay una sola respuesta a lo que recibo. No tengo más remedio que crear. Las  creaciones que se sustentan son una original mezcla de obediencia y libertad. Repetir no es una respuesta. Es intentar eludirla. Solo se desarrolla lo que se conserva y solo se conserva lo que se desarrolla. Y esa es la misión de cada generación: generar, desarrollar, hacer crecer.

3- Las diferencias en el ser nacional no son un problema a resolver, o una fatalidad a tolerar. Es lo que crea sinergia. No se trata de ver lo mismo, sino de pensar juntos. La diversidad geográfica, racial, religiosa, de talentos, de sensibilidades es tal que nadie, ningún sector puede honestamente asignarse lo esencial de lo que podamos definir como “lo argentino”. La primera definición no es  qué hay que hacer. Sino cómo lo pensamos juntos. Hacer un país entre todos no es “distribuir tareas” desde un bunker. Sostener por un lado que el problema es grave, inédito,  omniabarcante y al mismo querer creer que pertenezco al único sector que lo ve y tiene la solución es, a todas luces, frustrante (Corominas dixit: un engaño que lleva al fracaso).

4.- Superar el vetusto paradigma de la “autonomía”, ya fue. La solidaridad no es una respuesta virtuosa de la “buena gente”. Es una nota del ser. Del cosmos. Al decir de Covey: el valor de la interdependencia es superior al valor de la dependencia. No me da derecho a apoderarme de lo otro si no funciona, pero tampoco a desinteresarme. Desentenderme de la pobreza o las condiciones de vida en las cárceles, de los improperios a lo que ideológicamente me es distante no es simplemente egoísmo. Es  suicidio.

5.- Por último: liberarse de la alternativa éxito/fracaso. No porque no sea real. Sino porque no es la decisiva. Lo único decisivo, o sea lo único a decidir  es si emprendo o no mi (nuestra) respuesta. Y cómo la formulamos. Hay derrotas que justifican una vida. Si así no fuese nos toparíamos con la cuestión de origen.  ¿Cuál es la extensión de la muerte en mí? ¿De eso que se llama corrupción?

El espíritu de este escrito es exponer lo que creo ver en estos tiempos de nuestra Nación. Y el cómo los estoy transitando. Si acaso tenga algún valor, seguramente no lo será tanto la certeza o falencias de lo textual. No pretende ser un acto docente. Sino que son testimonio de la necesidad que surge en mí por compartirlo.  No como desahogo que alivie la angustia. Pero sí como una forma de hacerme cargo de ella, y en la convicción de que no hay nada más universal que cualquier alma humana, ni hay nada más irrepetible que lo personal. Tengo la convicción de que todos, absolutamente todos, tenemos un destino en común. Deseo desterrar en mí el paradigma de: después de mí el Diluvio, para hacerle lugar al sueño de: después del Diluvio, nosotros.

ffpetroni@arche.org.ar

 

 

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