Covid: las fiestas clandestinas delatan a una generación de padres que no guían, como un faro sin luz

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Clandestino es aquello que se hace de manera oculta o secreta para burlar la ley, así de claro y contundente. La clandestinidad es la expresión máxima del ejercicio de la libertad sin responsabilidad, es el síntoma de una cultura de lo ilegitimo, de la ilegalidad, de la no sujeción a la autoridad y de la transgresión de la norma sin consecuencias.

Cuando se educan generaciones enteras en la ausencia de límites, los derechos sin obligaciones y las libertades sin responsabilidades, lo que se debe esperar como consecuencia inevitable es lo que encontramos hoy (descontrol por falta de ley interna, desprecio por la autoridad y violación de las normas). No hay que asombrarse, solo hay que hacerse responsables y aceptar que los actos tienen consecuencias (y la consecuencia de la falta de educación en valores y de la ausencia de límites, es el descontrol).

La cultura de lo ilimitado, lo irrestricto, lo ilegal, lo ilegitimo, lo clandestino y la ausencia de sanción, deja como legado lo que vemos hoy y debemos aceptar que es nuestra responsabilidad como adultos que así sea.

Los padres han abdicado de sus funciones y responsabilidades parentales de regulación, control, establecimiento de límites y formación de sus hijos en el deber y la responsabilidad (orientadas a forjar personas de bien) que hagan un aporte constructivo a la sociedad. Se rindieron, renunciaron, delegaron, cedieron la autoridad. No cumplieron adecuadamente con su rol de padres. Amparados en el “todos lo hacen” dejaron a sus hijos librados a ser “uno más de todos esos”, mientras ellos se volvieron observadores silenciosos del espectáculo de la autodestrucción de sus hijos.

Las circunstancias actuales de un contexto pandémico exigen de manera imperativa el ejercicio de la libertad con responsabilidad (individual y colectiva), el respeto de las restricciones, de las normas, del otro. La situación sanitaria actual, requiere que los jóvenes puedan respetar límites cuando no fueron educados en ellos y que respeten normas cuando crecieron sin ellas.

La pandemia no es el problema, la pandemia solo pone en evidencia la cultura del no límite, de la ausencia de empatía, de la falta de solidaridad, de la carencia de deber ser.

Una generación de jóvenes (y no tanto) que creció bajo el lema “hago solo lo que quiero, cuando quiero y como quiero, porque es mi derecho”. Una juventud que no acepta que nadie le diga lo que puede o no puede hacer. Una generación sin deber ser. Una generación de conductas autodestructivas, que los ponen en riesgo a sí mismos y que hoy ponen en riesgo a los otros (incluso a “sus otros cercanos”, como padres y abuelos).

Una cultura del “no pasa nada” de los hijos y del “no puedo hacer nada” de los padres. Una pandemia que no ha dejado ningún aprendizaje, ninguna reflexión que permita el retorno a la conciencia y al deber ser. Solo regidos por el principio de placer y rechazando el principio de realidad, los jóvenes no toleran la frustración y solo quieren hacer lo que quieren (no lo que deben). Negados a lo que implica la vida adulta, los jóvenes solo aceptan hacer lo que impone su deseo, aun cuando esto implique hacerlo de forma clandestina. La única ley que rige para ellos es la del deseo, sin importar las consecuencias.

Los adultos, somos cronistas silentes de una juventud que con sus conductas nos muestra las consecuencias de confundir (límites y sanción a la transgresión) con represión. Desde la culpa y el miedo es imposible educar, formar, orientar y guiar. Los padres deben ser faros que guíen a sus hijos con firmeza y amorosidad. Los padres deben ser referentes adultos de sus hijos adolescentes. Los padres deben ser padres, no pares. Los padres deben conducir con amorosa firmeza, consistencia y límites, la adolescencia de sus hijos. Hoy una situación límite nos apremia y exige que esos jóvenes a los que formamos sin respeto por la autoridad, respeten los límites en protección de un bien superior como la vida, pero es tarde. Hoy solo podemos padecer las consecuencias de nuestra inacción y crear conciencia para la formación de una futura generación.

*Analía Forti es Licenciada en Ciencias para Familia y Consultora Psicológica

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