Trump y Macri se aferraron a sus ideas, al núcleo duro y fracasaron en resultados: un espejo para Alberto

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La derrota de Donald Trump, como la de Mauricio Macri hace un año en la Argentina, demuestran que, además de defender sus ideas, los líderes políticos de los países también necesitan sentido común, moderación y consenso con los sectores medios e independientes para sostenerse en el poder y buscar la reelección. Las recetas de la radicalización, la soberbia, de refugiarse en su «núcleo duro» y de la crispación permanente, alejan a sus votantes moderados y estimulan un voto “anti” que finalmente les marcan el final.

El presidente republicano que hace sus valijas subestimó al votante medio enojado por la mala gestión de la pandemia del coronavirus y creyó que sus éxitos económicos de la primera parte de su gobierno lo salvarían del colapso. Pero los demócratas buscaron al candidato gris que pudiera capitalizar el voto “anti”.

En forma análoga, el ex presidente argentino de Cambiemos subestimó su mala gestión económica, su incapacidad política para buscar aliados y la capacidad del peronismo para unificarse, porque creyó que las divisiones del peronismo serían eternas y que una polarización con Cristina Kirchner le asegurarían la reelección. Pero Cristina buscó al candidato gris sin demasiadas resistencias en las encuestas y que pudiera catalizar al voto “anti”.

Donald Trump tuvo innegables éxitos económicos, que lo marcaron como líder indiscutible, pero subestimó la capacidad destructiva del Covid 19. Tanto confió en su buena estrella que consideró que podía pelearse gratuitamente con los medios de prensa, acusarlos de las peores miserias, insultar a sus adversarios, crispar las redes sociales y criticar a los académicos, a los famosos, a los actores, modelos y cantantes.

La economía, en teoría, lo convertiría en invencible. Nunca ensayó un liderazgo conciliador con sectores a los que debió conquistar para legitimar su gestión. Lo sorprendió la pandemia y no supo cómo actuar.

En el polo sur, otro ex empresario poderoso y omnipotente, Macri, había ganado con un voto independiente en 2015 que estaba hastiado de la radicalización y de las penurias económicas de Cristina Kirchner.

El ex presidente de Cambiemos consideró que su moderación, su imagen internacional y su estirpe de hacedor bastarían para marcar diferencias con la ex presidenta. Y gobernó cuatro años con una inclinación a la polarización por contraste con al ex presidenta, sin buscar conquistar a esos sectores independientes que exigían resultados económicos y renunciando a su promesa de «unir a los argentinos».

No buscó acuerdos con algún sector de la oposición, salvo al final cuando rescató a Miguel Pichetto, ni buscó un acuerdo económico y social, ni se nutrió de otras visiones económicas, más que las de su equipo económico y su gurú Jaime Duran Barba.

Finalmente, la moderación de Macri resultó ficticia, porque en lugar de unir a los argentinos terminó dividiendo aguas con su constante prédica simbólica en contra del peronismo y la supuesta amenaza del regreso del populismo.

Sin poder encontrar resultados en el bolsillo de los argentinos, ni poder resolver la pobreza y la falta de cultura del trabajo, con un déficit creciente por los crecientes planes sociales, estimulando a los piqueteros que le jugarían en contra, Macri profundizó la tendencia de tensiones que se había ido acentuando con el kirchnerismo.

Finalmente, su único argumento de legitimación en el poder era el discurso del miedo al pasado y el peligro del retorno a Venezuela que implicaba Cristina Kierchner. No tenía una campaña positiva y la polarización profundizó la grieta. Había confiado en su moderación en el inicio y terminó gobernando para su núcleo duro. Los independientes lo abandonaron y creó las condiciones para un candidato gris.

A Trump lo enterró la pandemia, a Macri la economía. También Carlos Menem terminó gobernando en 1999 con su núcleo duro, lo fulminó la convertibilidad a la que se abrazó y el desempleo; la oposición lo reemplazó con un candidato gris como Fernando De la Rúa. También éste gobernó para sus votantes puros, para los bancos y las privatizadas que pedían mantener la convertibilidad y terminó huyendo en el helicóptero.

Eduardo Duhalde, para sorpresa de muchos, hizo el primer acuerdo político sólido con la oposición, con la industria, el sector privado, los movimientos sociales y los trabajadores, junto con la Iglesia. La gestión le sirvió para recuperar la economía, con un viento de cola, y ello le permitió poner al sucesor, que fue Néstor Kirchner. En un principio, Kirchner intentó una alianza con el pejotismo, luego traicionó a Duhalde y luego fundó la transversalidad con sectores del radicalismo, favorecido por la economía, con viento de cola y el precio de la soja.

Pero su experimento tenía pies de barro: él y su sucesora, Cristina, apostaron al populismo con caja y fueron radicalizando la gestión, instauraron una grieta insoportable, se cerraron en su núcleo duro, y fueron perdiendo aliados, con lo cual la Doctora creó las condiciones para el candidato “anti”. Y ella contribuyó en mucho a dilapidar a su propio candidato Daniel Scioli, con un discurso radicalizado dominante.

Hoy la Argentina se enfrenta al mismo desafío. La mala gestión de Macri en la economía dio a luz a un Presidente gris que capitalizó el voto “anti” y tenía que ordenar la economía para recuperar al peronismo del descrédito.

Pero la economía empeoró y la pandemia lo sorprendió en el intento. Los malos resultados sanitarios y económicos lo llevaron a radicalizarse, a refugiarse en su núcleo duro. Según todas las encuestas, está perdiendo a sus votantes independientes que trajeron al poder. Gobierna para cristina y para su núcleo duro. El futuro puede verse en el espejo de sus antecesores.

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