La historia de la decadencia argentina se explica por la pérdida de los valores fundamentales

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Si bien aun existen ciudadanos con mucho valor, faltan cada vez más los valores de una comunidad. Se trata de entender que desde hace muchos años las características mas destacadas del orgullo y progreso argentino se fueron perdiendo o tal vez, como la física enseña, se fueron transformando.

La solidaridad ante los necesitados fue mutando en asistencia proselitista o muchas veces en sólo cambiar una moneda, para evitar perder el tiempo ante la evidencia de una historia cruel o incluso para resguardarse de algún engaño.

La palabra, que era más importante que cualquier firma, fue cambiando en frases tan insensatas que no admiten el análisis ante lo dicho y hecho. La firma que rubricaba el compromiso de cualquier acuerdo queda garabateada en los artilugios de la interpretación mas disparatada ante los justificativos mas evidentes o inventados.

Las trayectorias son poco elocuentes y a la hora de competir sólo importan los contactos o favores pendientes. El aún vigente “sálvese quien pueda” es ahora equiparado por “con alguien me tengo que salvar”. El esfuerzo se aplica a la ventaja y el largo plazo es sólo un espejismo que cae rendido ante la urgencia del “día a día”.

La esperanza que según dicen es lo ultimo que se pierde, es sólo “lo último” en los tiempos de perder hasta la ganas de pensar. La ley es un conjunto de normas que no implican el hacer Justicia. La honestidad de nuestros antepasados es discutida por las nuevas generaciones como una muestra de estupidez y falta de visión.

En un país que creció de la fuerza de los inmigrantes, abundan los debilitados que buscan emigrar. Y el territorio sigue teniendo las posibilidades naturales de su extensión y riquezas que sólo intentan aprovechar las estructuras de poderes, que únicamente buscan el rédito propio.

Los sueños de una población paralizada son pesadillas que nada más esperan la resignación religiosa ente un Apocalipsis, que de tanto anunciarse resulta un fantasma que persigue la cultura de lo posible.

Los valores se transformaron y si bien algunos pueden considerar que se perdieron únicamente nos queda buscar en nuestra historia el momento del extravío y saber si hay alguna alternativa de recuperación.

Obviamente quienes pueden aportar algo más que los escritos y pensamientos ilustres son nuestros ancianos, pero la sociedad los deposita en un exilio macabro con una fecha de caducidad que los hace esperar el fin como única recompensa.

La viveza, el sarcasmo y la arrogancia junto a la supuesta superioridad son síntesis de la idiosincrasia nacional creada entre los gauchos y habitantes de las urbes que conformaron un cóctel de contradicciones y falta de moral monolítica. Existe una dualidad que se intenta unificar, pero se trata de antípodas muchas veces imposibles de conciliar por divisiones y odios de muchos años.

Protesta no es propuesta, disentir no es descalificar, acompañar no es ser cómplice, responsabilizarse no es tener poder, democracia no es vale todo, dividir no es reinar y confiar no es ser iluso. Vale la pena recordar algunas definiciones de notables visitantes a la argentina como Charles Darwin, que señaló: “Los habitantes respetables del país ayudan invariablemente al delincuente a escapar; parecería que piensan que el hombre ha pecado contra el gobierno y no contra el pueblo”.

También el recordado Ortega y Gasset, con su consejo “argentinos a las cosas”. Pero este filósofo dijo: “El argentino no suele ser lo que realmente es, sino que se ha trasladado a vivir dentro del personaje que imagina ser”.

Y finalmente lo mas categórico del cómico Cantinflas: “La Argentina está compuesta por millones de habitantes que quieren hundirla pero no lo logran”. No se trata de un chiste sino de una apreciación que parece demostrar en estos tiempos sin apretón de manos, ni abrazos, ni besos para ratificar afectos, que están a punto de lograrlo.

Pero obviamente se trata de respeto personal y colectivo, que también es un valor desparecido. Lamentablemente los barbijos no sólo nos tapan la boca sino también nos  impiden mostrar las muecas de espanto ante la impericia de los dirigentes y la inacción de las supuestas fuerzas vivas o avivadas aunque da más la sensación de fuerzas anestesiadas a la espera de seguir pensando que “una cosecha nos salva” y que “Dios es argentino”.

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