Dolores Etchevehere, aquella joven bolichera que cautivó al diario La Nacion con su simpatía explosiva

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La personalidad impulsiva y desmesurada de Dolores Etchevehere fue parte de la historia de la redacción del diario La Nacion durante los años 90. Dolores hizo un sobrevuelo rasante y fugaz por esa “casa”. Trabajó como periodista en las secciones Comunicaciones, Agropecuarias y Educación/Cultura, por un lapso de no más de tres o cuatro años. Era una joven extrovertida, canchera, divertida, que siempre expresaba su devoción por su familia por la que sentía una profunda identidad y un orgullo de linaje entrerriano. Sus hermanos estaban en el pináculo de las maravillas.

En los recovecos de la antigua redacción del cuarto piso de la calle Bouchard al 500, Dolores encandilaba con su amistad a colegas jóvenes y a directivos empinados del centenario diario con las historias provincianas de “los Etchevehere”, los dueños de El Diario, el principal y único matutino de la ciudad de Paraná. Era una mujer afable, exuberante y locuaz, de risotadas sonoras e identificables.

En boca suya, su padre Luis, su madre Leonor Barbero Marcial de Etchevehere y sus hermanos Luis Miguel, Sebastián y Juan Diego eran personajes destinados a quedar en el bronce de la historia. Sentía por ellos admiración, orgullo y deslumbramiento. Para Dolores, no había nada mejor en el mundo que ser “una Etchevehere”.

Recuerdos sobre la computadora de una fiesta de la redacción de La Nación en la que Dolores Etchevehere y Mariano Obarrio hicieron una parodia de video con los compañeros de redacción. Año 1994. (Foto de Archivo)

Son los mismos hermanos y la misma madre Leonor, con quienes ahora está enfrentada a muerte en un conflicto de herencia que ella misma transformó en una lucha política entre el campo y el Gobierno. En ese enfrentamiento se puso en juego el valor de la propiedad privada, hoy menoscabado por la Casa Rosada, que envió funcionarios suyos a respaldar la ocupación que hizo Dolores en sociedad con Juan Grabois, activista de tomas de tierras, sin tener un solo documento o escritura que acredite sus derechos hereditarios sobre el campo “Casa Nueva” que ocupa.

Más bien, los documentos que se conocen hasta ahora y que obran en la Justicia confirman que ella vendió sus bienes a su propia familia y a terceros y que Las Margaritas SA no la tiene a ella como accionista, pese a que ocupó un campo de esa sociedad sin el aval del directorio que conforma su familia. Ella aduce que esa venta, acreditada ante escribanos públicos, fue hecha bajo extorsión, sin que haya mostrado una sola prueba al respecto. Cuando se la consulta por la compra de Mirus SA de su 12,5% de Las Margaritas remite a que hablen con sus abogados.

Los tiempos han cambiado demasiado de aquellos felices 90 hasta hoy. La recuerdo a Dolores amigable, pícara, inteligente y capaz de convertir cualquier situación laboral rutinaria en una fiesta de amigos para que ella y todos quienes la rodeaban soltaran una carcajada y ella sus proverbiales risotadas.

Siempre se las ingeniaba para ser el centro de la atención: verborrágica, elocuente y muy enfática en todas sus afirmaciones. Cautivaba por su simpatía de la misma manera a los por entonces jóvenes colegas que a las máximas autoridades del diario: tanto al fallecido Germán Sopeña, que era prosecretario general de redacción, como al ascendente Fernán Saguier, hoy la máxima autoridad de la redacción del diario.

Dolores Etchevehere durante una fiesta de la redacción del diario La Nación en 1994

Con el entonces secretario general de redacción, José Claudio Escribano, Dolores tenía una relación de mucha cercanía porque su padre, Luis Etchevehere, era uno de sus grandes compañeros de ruta como presidente de la Asociación de Entidades Periodisticas Argentinas (Adepa). Dolores solía comentar como un secreto a voces que su padre solía frecuentar en las reuniones de Adepa a todos los grandes directivos del periodismo gráfico de aquellos tiempos, muchos de los cuales aún perduran. El fallecimiento de Luis Etchevehere padre, en 2009, desató el conflicto de herencia.

La recuerdo con una sonrisa permanente, de mirada amable pero desafiante, con comentarios cómplices y picantes, que terminaban en un guiño de ojos. Fue de las primeras que introdujo las rondas de mate en la redacción porque hasta entonces sólo se consumían café y cigarrillos; todavía no habían llegado a las costumbres las prohibiciones de fumar dentro del diario ni dentro de los lugares cerrados.

En esa sintonía, generó una fuerte corriente de afecto entre la mayoría de sus compañeros de trabajo. Dolores comenzó en la sección Comunicaciones, que era la usina que distribuía los cables de las agencias de noticias en la redacción, que recibía y repartía la información del exterior y del interior del país y escribía las pizarras de las agencias callejeras de La Nacion.

Por aquellos años esa sección seguía bajo la dirección de Eduardo Luna y se le llamaba “la pecera”, porque estaba en un costado de la redacción rodeada de ventanales vidriados. Ingresó como redactora de La Nación a medidados de los 90, cuando yo recién aterrizaba en la Sección Política que dirigía Angel Rodolfo Vega y que integrábamos Fernando Laborda, Mauricio Carini, Graciela Guadalupe, Sergio Levit, Daniel Ponce, Javier Díaz, Jorge Monti, María Elena Polack, Atilio Cadorín y varios más.

Ella cosechó muchas amistades. Cierta vez llegué a la redacción con el pelo recién cortado porque todavía conservaba toda mi cabellera intacta y ella atronó en la redacción con un “¡Qué corte Obarrio, qué corte!”. A partir de allí nos hicimos muy amigos entre bromas recíprocas.

Siempre traslucía una sincera sencillez, un aspecto siempre casual, y expresaba preferencia por las causas nacionales y populares, pero al mismo tiempo lo hacía desde un lugar de chica brava que se presumía algo omnipotente. Lo cierto es que nunca esgrimió ideologías de izquierda ni banderas feministas que por aquel entonces todavía no estaban de moda como discurso único y políticamente correcto.

No existía en aquellos años el concepto de violencia de género y a ella no le hubiera encajado nunca, porque quien lo intentara con ella podía salir lastimado, acorde con su signo de Aries que muchas veces parecía exacerbado.

Por su informalidad, nadie podía adivinar, si no la conocía de antemano, que provenía de una de las familias más tradicionales e influyentes de Entre Ríos. Y menos aún que su padre era el accionista principal de El Diario de Paraná. Poco tiempo antes, su hermano Sebastián había experimentado una pasantía por el diario La Nacion pero fue mucho más fugaz y con la idea de regresar al diario de su familia.

Más jóvenes, Dolores Etchevehere y Mariano Obarrio durante la conducción de un video que satirizaba a los compañeros del diario La Nacion. El cigarrillo, una costumbre de aquellos años (Foto Archivo)

No parecía la idea de Dolores trabajar en El Diario de Paraná. Pero en todas sus conversaciones mano a mano, Dolores traslucía su culto a la familia Etchevehere, se enorgullecía de su pertenencia a la familia agropecuaria y de su hermano Luis Miguel que ya trajinaba los pasillos de la Sociedad Rural, entidad que años más tarde presidió, antes de ser ministro de Agroindustria del gobierno de Mauricio Macri.

Su relación con sus hermanos parecía inmejorable. Siempre tenía un comentario afectuoso y de deslumbramiento hacia ellos. En lo profesional, asumía las coberturas de los temas que le concernían con pasión y con una marcada vocación por desentrañar la oscuridad de las bambalinas del poder, aunque no siempre lo lograba.

Todos promediábamos los 24 o 25 años. Como a muchos de nosotros, por una cuestión generacional, a Dolores le gustaba sobremanera ir bailar los viernes o sábados luego de los cierres de edición: romper la noche y divertirse en los boliches de onda de la época. Su discoteca preferida, hasta donde comentó, era New York City, en la mítica avenida Alvarez Thomas, en Villa Urquiza. Se dejaba ver por allí con amigos, siempre risueña y divertida compartiendo momentos de hilaridad.

En alguna ocasión organizó una fiesta en su propia casa para los periodistas de la redacción de La Nacion. En realidad, no era “su” casa, sino el departamento de sus padres, donde ella vivía en Buenos Aires, propiedad que se ubicaba justo en la esquina de las calles Ayacucho y Guido, en el elegante barrio de Recoleta.

La estancia de Ricardo Güiraldes, donde éste escribió Don Segundo Sombra, que hace 14 años fue ocupada por Dolores Etchevehere y su esposo Segundo Güiraldes en otro conflicto familiar, según relata el diario Clarin

https://www.clarin.com/rural/hace-15-anos-dolores-etchevehere-marido-tomaron-campo-don-segundo-sombra-_0_R29QTp_qt.html

La madre, Leonor, que no estuvo presente en aquella noche, era en otras ocasiones un manojo de amabilidad y una excelente anfitriona, que sabía recibir marcando distancia pero con mucha hospitalidad a los amigos de su hija. Nada hacía presagiar una pelea familiar, sino todo lo contrario. Dolores tenía un camino marcado de éxito. Y, otra vez, cada vez que podía, destacaba a sus hermanos a quienes describía como caballeros, educados, y de una enorme capacidad profesional.

Una vez, los jefes de redacción del diario organizaron una comida con fiesta en un local gastronómico de Barrio Norte que incluyó números vivos y música. En medio de la velada apareció una cámara de video VHF, con un micrófono de los de antes, con cable; recuerdo que Dolores Etchevehere y yo comenzamos a entrevistar en tono de parodia a todos nuestros compañeros y directivos del diario en un video que luego fue proyectado en la redacción y causó una oleada de comentarios desopilantes.

Dolores Etchevehere versión 2020, denunciando a su familia en un video publicado por Juan Grabois

Cuando en la redacción del diario alguien hablaba de “Dolores” uno sabía en el acto de quién se hablaba, porque era poco menos que el personaje del momento: explosiva, exuberante y desmesurada en sus apreciaciones. Como periodista de Agro, estaba bajo las directivas del editor Carlos Correch y de otros subeditores como Héctor Müller y Roberto “Boby” Seifert, todos grandes profesionales.

En su paso por Educación y Cultura, su editor fue otro grande, Mariano De Vedia, y sus compañeros eran Susana Reinoso, Jorge Rouillón y Ramiro Pellet Lastra. “Tenía una personalidad de ir al frente, le tirabas cualquier tema y lo iba a cubrir sin problemas, desde una inauguración de la Rural, hasta la Feria del Libro, una marcha de Ctera, temas religiosos o lo que fuera, pero siempre traía una nota y algún conflicto”, recuerda alguno de sus ex compañeros.

“Para nada ostentaba la posición de su familia, su estilo era sencillo y hasta en su manera de vestir era sobria”, agregó otro ex colega. “Dolores era muy entradora, se hacía rápidamente amiga de la gente”, confiaron ex compañeros.

Un buen día, cuando terminaba la década del 90, renunció al diario La Nacion para encarar otros proyectos profesionales y se la perdió de vista. Sus últimas notas datan de 1999 en Cultura y Educación. Pero al poco tiempo, a muchos viejos compañeros nos llegó la invitación para su casamiento con Segundo Güiraldes cuya fiesta se haría en el Club Hurlingham a fines de los 90. Dolores era siempre la misma: divertida, simpática y de bailar hasta el amanecer.

Luego del paso de los años, aquella periodista se convirtió en noticia por peleas familiares con los Etchevehere y con los Guiraldes, conflictos que terminaron en ocupaciones de campos, enfrentamientos públicos, denuncias de extorsión, evasión fiscal, explotación laboral y de violencia de género. Ya había llegado el tiempo del feminismo, del aprovechamiento del discurso políticamente correcto, ese que en nombre de la ideología de género puede justificar cualquier atropello y victimizar a los victimarios. Aquella joven picante, explosiva, pasional y verborrágica se había convertido en una malabarista de bombas de tiempo.

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