Alberto Fernández lanza ahora su batalla contra la “meritocracia”, en una renovada lucha de clases

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La nueva grieta es meritocracia contra antimeritocracia. El presidente Alberto Fernández reformula su lucha de clases y ahora dice que aborrece la meritocracia y el mérito porque considera necesario empoderar a los que no tienen ningún mérito ni ninguna virtud. La educación, la cultura del trabajo, el esfuerzo y la formación son lo peor que le puede pasar a una Argentina para todos. Porque se excluye injustamente a los que se empeñan por ser peores. Lo mejor es que quienes no saben nada, ni se formaron y ni entienden un pito puedan tener el privilegio de alcanzar el poder político, empresarial, económico y social.

En esta nueva lucha de clases albertista, una teoría revolucionaria que viene repitiendo desde hace un tiempo pero que nunca antes se había esgrimido, los que tienen mérito deben ser destronados por los vagos y atorrantes, que en su escala de valores tienen más méritos por no haber tenido oportunidades: son victimas sociales aunque nunca hayan hecho nada por superarse.

Es coherente con lo que mostró de su Gobierno: el premio a los peores. Los presos deben salir de la cárcel con cualquier excusa; los delincuentes pueden tomar tierras y violar la propiedad privada, con ayuda de funcionarios, y los sospechosos de la peor corrupción no deben ser juzgados ante el Poder Judicial, que a su vez debe multiplicar sus cargos para que los peores, sin ningún mérito, puedan ser designados como jueces. El Presidente inauguró una nueva doctrina: la antimeritocracia.

La Real Academia Española, en su diccionario, define la meritocracia como “la forma de gobierno que asigna los puestos según los méritos individuales”. Siguiendo la línea de razonamiento del Presidente antimeritocrática, la mejor forma de gobierno es la que asigne los puestos según los vicios o deméritos individuales. En este modelo, son más importantes los casinos que las escuelas, por ejemplo. Unos abren, las otras cierran.

El Presidente predica con el ejemplo, porque no llegó por méritos propios a la Casa Rosada, sino porque fue designado por la vicepresidenta. Si fuera por sus propios méritos, no hubiera podido ganar porque nunca fue un dirigente que convoque a multitudes. La premisa de Alberto Fernández es más que preocupante. “Lo que nos hace evolucionar o crecer no es el mérito, como nos han hecho creer en los últimos años, porque el más tonto de los ricos tiene muchas más posibilidades que el más inteligente de los pobres”, dijo. Se trata de un sofisma berreta; un argumento falso o capcioso que se pretende hacer pasar por verdadero.

Y prosiguió: “Entonces no es el mérito, es darle a todos las mismas oportunidades de crecimiento y desarrollo. Mientras eso no ocurra en la Argentina no podemos estar tranquilos con nuestras conciencias”. La gran falsedad del presidente consiste en instalar una antinomia absurda y caprichosa entre oportunidades, mérito y posición económica. Mezcló todo e hizo una gran ensalada.

Precisamente, el Gobierno debe ocuparse de las oportunidades y en eso estaría fallando. Claramente, los últimos gobiernos peronistas y de Juntos por el Cambio no les dieron las mismas oportunidades a todos los ciudadanos: la educación fue uno de los grandes fracasos compartidos de las fuerzas políticas mayoritarias, aunque le cabe más culpa al peronismo por haber gestionado más tiempo. Por lo tanto, Alberto Fernández tiene mucha responsabilidad en la falta de oportunidades de los últimos años y, en la actualidad, es el mayor responsable.

Es una obviedad que un niño rico y tonto tiene mejores oportunidades que un niño pobre e inteligente. Pero aún sin las mismas oportunidades, cualquier ciudadano puede y debe procurar tener méritos para progresar en la vida desde el lugar que esté. ¿Para qué está la educación pública entonces? ¿No eran ellos defensores de las escuelas del Estado, aquellas a las que podían acceder ricos y pobres?

Pobres, ricos y medianos. Han destruido la educación para todos, en eso fueron muy inclusivos. Porque en la educación pública el mérito está en acuñar valores como la cultura del trabajo, el aprendizaje, el esfuerzo y la dedicación. Todos deben procurar tener mérito en el sector que les toque. Pero al destruir la educación, entonces el paso siguiente es destruir la noción del mérito. Todos iguales. En la Argentina de nuestros abuelos la educación igualaba a los que partían de más abajo con los de más arriba y de acuerdo a los méritos algunos llegaban muy lejos y otros no tanto. Alberto quiere instalar la lógica inversa, todos iguales de ineptos, incompetentes y perezosos. Total, en este Cambalache todo es igual y nada es mejor…

Es el Estado quien debe dar las oportunidades con los servicios esenciales como la educación, la salud, la seguridad y la Justicia. Alberto Fernández es el Presidente, no un comentarista. Tiene la posibilidad de concretarlo y si no lo hace es su culpa. Pero parece que renuncia a dar las oportunidades y abraza al demérito.

En el Estado, el mérito se mide en los concursos públicos para aplicar cargos públicos. Si se impusiera la línea doctrinaria del Presidente, la planta permanente de la administración debería estar conformada por los peores, porque ellos no tuvieron las oportunidades de ser mejores. Un absurdo absoluto. Si ese criterio fue el que usó para designar a su gabinete, estaría poniendo al país en un peligro en forma premeditada.

Algo de eso dejó traslucir en el decreto 715 que dispone que la obligatoriedad de respetar el cupo del 1% de la planta del Estado para personas travestis, transexuales y transgénero, sin importar el valor de la idoneidad para el cargo público. La Constitución ordena que cualquier persona tiene derecho a acceder a un cargo público sin otro requisito que la idoneidad, que el Presidente no tiene en cuenta para las designaciones.

El único requisito que estipula es ser un miembro de un sector de la comunidad LGBT, con lo cual discrimina al resto de los miembros de esa comunidad y a los heterosexuales, aunque todos estos sean idóneos y tengan méritos para el cargo, porque serán desplazados por un tipo de personas de una sola orientación sexual.

Si se sigue el hilo ideológico del Presidente, los maestros deberían dejar de calificar a los alumnos en los exámenes porque el mérito no les servirá para progresar en la vida. Como todos deben tener las mismas oportunidades, daría lo mismo saber la lección que no saberla, comportarse bien o comportarse mal. Y una vez que esos niños salgan a la vida les debería resultar indiferente ser trabajadores que no serlo, ser delincuentes que honestos. Total no es verdad que el mérito nos haga crecer como nos quisieron hacer creer los perversos neoliberales.

Es preocupante que un profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires en la materia Derecho Penal tenga esas ideas tan confundidas. Podría pensarse que cualquier estudiante sería aprobado por su cátedra, aunque no haga méritos para estudiar y aprender y así tendríamos abogados sin ningún mérito. Eso sí, todos tuvieron la misma oportunidad: calentaron una silla, lo escucharon a él en sus clases magistrales, y pueden presentarse a la mesa examinadora, que en realidad no debe examinar nada porque no hay mérito para ser evaluado, por lo tanto no tiene sentido nada de lo anterior, ni siquiera el mérito de escuchar sus enseñanzas.

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