La eliminación de la lista sábana, clave para que los electores se sientan representados por la agenda política

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Uno de los grandes problemas que tiene la democracia argentina es la “lista sábana”. Es la causa de la crisis de representatividad de los partidos políticos, por la cual los cuerpos parlamentarios se subordinan a la agenda de sus líderes y no siguen la agenda de sus electorados, es decir que no solucionan las necesidades reales de la sociedad. Es por eso que es urgente eliminar el viejo sistema de “lista sábana” de votación por representación proporcional y cambiarlo por un sistema de voto uninominal o plurinominal por circunscripción electoral.

En estos tiempos de pandemia, hay que revisar el motivo profundo de la tergiversación de la voluntad popular cuando vemos líderes políticos, diputados, senadores gobernadores que llevan adelante una agenda que sólo responde a la lógica de la política y no a los ciudadanos.

En la actualidad, las listas de candidatos a diputados son “armadas” en una “rosca” de líderes de partidos políticos, que conforman las cúpulas partidarias. Los miembros de esas listas son perfectos desconocidos para la mayoría del pueblo. Algunos se hacen conocidos y crecen políticamente pero la mayoría pasa sin pena ni gloria.

Este sistema se llama “de representación proporcional”. El partido que obtiene más votos coloca más diputados en el Congreso de acuerdo a una proporción de votos que se distribuyen en el Sistema D’Hont.

Así es como las listas se conforman con amigotes, colaboradores incondicionales, secretarios privados o amantes de quienes tienen el poder para negociar cargos en esas listas. Hemos visto tristes ejemplos en el Congreso argentino, que no vale la pena mencionar para no ofender a nadie, pero han sido públicos.

Las nóminas no están compuestas, en su mayor parte, por líderes con legitimidad propia, con prestigio ganado, personalidades destacadas, apreciadas por la sociedad. Por lo tanto, esos diputados luego están condenados a obedecer órdenes de su jefe político, sin el cual no estarían en esa banca. Y el pueblo está condenado al pataleo permanente por la falta de representatividad.

Por eso, hay que desvincular a nuestros diputados de los jefes partidarios, de la “rosca”, y vincularlos directamente al voto de la gente. Con ello, se ganará “representatividad”: el diputado representará la voluntad del votante, porque en la medida en que no lo hace deberá responder directamente ante el pueblo que lo votó y podrá ser removido en la siguiente elección. Por lo tanto, si el diputado quiere su reelección debe seguir la agenda de aquellos que los votaron. Este sistema se llama “uninominal por circunscripción”.

El sistema uninominal se usa en Australia, Estados Unidos (Congreso federal y legislaturas estatales), Canadá, Reino Unido, Francia y la India. Tan mal no les va a esos países con su democracia. En cambio, otros países eligen diputados por circunscripción única, donde todos los electores votan una lista para todo el territorio como en una sola circunscripción electoral, (por ejemplo, Israel y los Países Bajos). Se trata de países con territorios muy reducidos. Alemania tiene un sistema mixto, donde la mitad se elige en forma uninominal y la otra por una lista del sistema de representación proporcional.

El argumento de los detractores del sistema uninominal consiste en que ese sistema barre con los partidos pequeños, con las minorías, con las terceras fuerzas. Pero no necesariamente debe ser así: lo que pone de relieve el sistema es el prestigio, la credibilidad y la legitimidad propios del candidato, más allá de su filiación partidaria. Su pertenencia partidaria pasa a un segundo plano.

El candidato más votado lo será en su circunscripción por el mérito propio y no por la “rosca” previa. Además, por cada circunscripción se podrían elegir tres diputados y entonces, en una elección pareja, podrían ingresar a Diputados tres diputados de tres partidos diferentes por cada distrito si se mantiene el sistema D’Hont.

Para ir a un ejemplo práctico: en la Argentina podrían crearse 86 circunscripciones electorales en todo el territorio, distribuidos en las 24 provincias. Cada circunscripción elegiría 3 diputados para una Cámara baja de 258 diputados (actualmente son 257). Uno de ellos sería el presidente del cuerpo, por lo cual las votaciones se definirían entre 257 legisladores sentados.

Si hoy la argentina tiene 45 millones de habitantes, las circunscripciones se deberían dividir en territorios habitados por un promedio de 523 mil habitantes cada una. Por supuesto, en las provincias menos habitadas se reducirá esa población.

Para más precisiones, en CABA, por ejemplo, habría 8 circunscripciones para 24 diputados (hoy tiene 25) y en la provincia de Buenos Aires tendría 24 circunscripciones para 72 diputados (actualmente tiene 70).

Las elecciones repartirían 3 bancas por circunscripción. Por lo tanto, habría hasta 3 partidos que podrían estar representados en el Congreso por cada distrito electoral. ¿Cómo se repartirían? El sistema D’Hont es el mejor y de profunda historia en la Argentina. Cada partido presentaría una lista de 5 diputados por distrito; 3 titulares y dos suplentes.

Si el partido A obtuviera el 100% de los votos (imposible) ingresaría 3 bancas al Congreso. De lo contrario, repartiría las bancas con los partidos B y C, según el criterio de representación proporcional.

En una elección muy pareja, el partido A, B y C ingresarían un diputado cada uno. En caso de menor paridad, el partido A ingresaría 2 diputados y el partido B solo uno. Los diputados serían elegidos con independencia del líder o del partido al que pertenezcan.

Serían elegidos por sus méritos personales y profesionales y no por el signo político. La Cámara de Diputados estaría compuesta por 258 legisladores con “votos propios”, no “prestados”. Nacerían nuevos líderes que no responderían a ninguna cúpula.

Para completar el “desenganche” electoral de la boleta sábana, se debería complementar esta reforma con un  sistema que elimine las boletas de papel, que son dos:

1-voto electrónico

2-boleta única.

En cualquiera de los dos sistemas, el elector pulsa con el dedo o marca con una cruz a cada candidato de las distintas categorías, por lo cual puede “marcar” un presidente del partido A y un diputado del partido B o C. Sin que tenga que hacer el esfuerzo de cortar con una tijera una boleta de papel.

Esto además produciría un ahorro de recursos que hoy dilapida la democracia. En la actualidad el Estado les dona a todos los partidos inscriptos en las elecciones millones de pesos para que imprima 1 padrón electoral de boletas en cada distrito para las PASO y 2,5 padrones en las elecciones generales. Este es el gran negocio de las Pymes electorales de los partidos chicos.

La mayoría de estos sellos de goma se chupan ese dinero en agujeros negros y emplean la mínima parte para sostener un padrón mínimo de boletas, que les sirvan para satisfacer a sus escasos electores.

En las elecciones de 2019, el Ministerio del Interior financió la impresión de boletas con $1500 millones, unos 33 millones de dólares de entonces al tipo de cambio de 46 pesos.

Con el sistema del voto electrónico o de la boleta única, el Estado se ahorraría toda esa impresión de boletas que no se usan o se utilizan como panfletos de campaña. En pleno Siglo XXI no se puede seguir votando con un sistema del Siglo XIX.

Por añadidura, cualquiera de los dos sistemas –voto electrónico o boleta única- también limpiaría del todo la tergiversación de la voluntad popular que entraña la boleta sábana integrada en las categorías de Presidente, senador, diputados, gobernador, legisladores y concejales. Y si encima se añade la votación por circunscripción uninominal el desenganche de los liderazgos de la “rosca partidaria” sería total y la voluntad popular sería muchísimo más respetada.

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