Alberto celebra el acuerdo por la deuda, crecen las tomas de tierras y en los pueblos los pibes no saben trabajar

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El presidente Alberto Fernández no tiene una idea exacta de la dimensión de la crisis. Considera que el acuerdo con los acreedores privados sacó a la Argentina del laberinto. Pero la crisis es más profunda: en el conurbano y en los pueblos del interior del país no hay alambradores, ni carpinteros ni mecánicos. Los caídos del sistema creen que tienen derecho para vivir eternamente de un plan social y a usurpar tierras sin que el Estado le ponga coto a ese delito.

Los pibes no van a la escuela, no se educan, y los jóvenes no aprenden oficios para progresar y mantener a sus familias. Su expectativa es acumular más y más planes sociales. Nadie advierte que esa no es la solución, sino el problema.

La crisis no obedece a que existe una deuda impagable. El origen de la deuda es que no producimos y gastamos más de lo que generamos, porque no tenemos matriz productiva, no imaginamos una economía. La debacle argentina es cultural, educactiva y de valores humanos profundos. Pero hacemos de cuenta que el gran debate nacional es si el Congreso debe sesionar o no con protocolo.

Hoy hay que alimentar a millones de niños y alojar a millones de familias en nuevas viviendas. Y para eso es urgente enseñar, educar y formar a los jóvenes para que aprendan a fabricar alimentos y a construir las casas. Legiones de jóvenes -y adultos- desempleados que no tienen noción de lo que significa el trabajo. No saben cumplir horarios, ser puntuales, trabajar en equipo, cumplir consignas…

Las empresas que necesitan trabajadores no pueden emplearlos, aunque quisieran, porque no saben desenvolverse. No es culpa de ellos, sino del resto, de nosotros. Hemos perdido la matriz educativa. Nadie está estudiando qué empleos dejarán de existir y cuales serán necesarios desarrollar en los futuros 30 años.

El sector privado no invierte porque la presión tributaria es insoportable, los costos laborales inabordables, y las señales son de empeoramiento. Contratar a un trabajador implica hipotecar una Pyme. A nadie se le cae una idea para aliviarle la carga impositiva y las cargas patronales para promover la creación de empleos.

Nadie piensa en enseñarles a esas legiones de jóvenes a reunirse en cooperativas con valor agregado, como las que existen en todo el país, para que con un apoyo estatal inicial comiencen a producir riqueza con mercado. No cooperativas de cartoneros, sino de alimentos, textiles, metalmecánica, servicios… Pero nadie discute cómo capacitar 2 millones de jóvenes en esos sectores, a 1 millón en la construcción, o cómo crear 10.000 cooperativas con 100 o 200 trabajadores.

La economía no se soluciona con un simple acuerdo con los acreedores, con el Fondo, con una cosecha o con una medida de reducción de déficit, con una política monetaria o cambiaria. Se supera creando nuevos trabajadores, técnicos, mecánicos, electricistas, ingenieros, mineros, petroleros, agropecuarios y de todas las ramas de la actividad para comenzar a crear riqueza, bienes, servicios, que se puedan comprar, vender y en lo posible exportar.

La macroeconomía ordena esas actividades, no al revés. La macro no crea riqueza. La educación y la cultura del trabajo es la que puede marcar el camino. ¿Si los pibes no saben trabajar, hacer cosas, de qué macroeconomía me hablan? Mientras Alberto Fernández anuncia el acuerdo con los acreedores, el Estado no puede detener las tomas de tierras en el sur del país ni en la provincia de Buenos Aires. Las tomas de tierra delatan que la tragedia social se transforma en delincuencia y en guerra de pobres contra pobres. En demonización de la clase media y de los «propietarios» legítimos.

El Estado mientras tanto renuncia a su principal función, que es hacer cumplir la ley, garantizar el Estado de Derecho y el respeto a la Constitución. El progresismo colonizó la cabeza de los argentinos. Y la llenó de prejuicios, que son creencias apresuradas, supuestas verdades, relatos políticamente correctos, repetitivos, monótonos, sin pensamiento propio, sin razonamiento alguno, que no tienen base empírica: son presupuestos que sólo crean confusión, porque ni siquiera ayudan a divisar el error o el acierto.

La confusión es algo peor que el error, porque los prejuicios se fundamentan en un supuesto saber que no existe: es el hombre confundido que tropieza una y otra vez con la misma piedra. Busca el problema donde no lo hay y busca las soluciones con los prejuicios que forman parte del problema.

El prejuicio, la ignorancia y la incultura terminan en una discusión estéril sobre si es lícito sesionar en el Congreso con o sin protocolo de sesiones virtuales. Como si la crisis se fuera a superar con una ley que diga que tienen que abrir los bares, el turismo, o que disponga el fin de la pesca ilegal por elevar las multas. Nadie ataca a la raíz del problema, porque sencillamente nadie la identifica, ni la imagina.

La ausencia de sentido común, la necesidad de arreglar los problemas con más problemas, termina en la discusión de un proyecto de ley de un impuesto a la riqueza que terminará judicializado en los tribunales por ignorancia de los legisladores; de una ley de alquileres que encarece y elimina las propiedades en alquiler; de una ley de teletrabajo que elimina el teletrabajo, y de un proyecto de reforma judicial que terminará impugnado por el Congreso o por los jueces. Mientras tanto, en los pueblos, no hay alambradores, ni carpinteros ni plomeros y los pibes no saben trabajar.

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