Alberto Fernández decidió radicalizarse para provocar la reacción de Cambiemos y reafirmar sus apoyos

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El panorama político es desolador y la grieta no deja de crecer. El presidente Alberto Fernández decidió convertirse en el primer provocador de la Argentina. Sus declaraciones podrían ser aceptables en dirigentes de quinta línea como Juan Grabois o Luis D’Elía, pero nunca en un jefe del Estado, el presidente de todos los argentinos, y menos si entre sus promesas permanentes está el llamado a la unidad, el diálogo y el respeto por el adversario.

En un mismo reportaje, Alberto Fernández hizo triplete: dijo que «a la Argentina le fue mejor con el coronavirus que con el gobierno de Macri». Aseguró: “No estoy en guerra con nadie” pese a firmar un DNU hostil para las telecomunicaciones. Y defendió la «cláusula Parrilli» contra la libertad de prensa en la reforma judicial, algo que sus voceros habían dicho que nunca haría. Son frases que parecen una tomadura de pelo a los ciudadanos que padecen la cuarentena, la pobreza y la inflación.

Ante la imposibilidad de exhibir logros concretos en la política sanitaria, económica y de inseguridad, el kirchnerismo reacciona con reflejos condicionados: se anibaliza, y plantea posturas extremas para obligar a sus adversarios a entrar en la pelea y conseguir una tajada política o el apoyo de los adeptos que pueden estar en la duda. Pero el costo de esa política es el estupor y la desolación de ciudadanos castigados.

La pandemia del coronavirus, que no es su culpa, sumada a la cuarentena, destruyeron casi un millón de puestos de trabajo, quebraron decenas de miles de empresas, hoteles, restaurantes y Pymes, se llevaron 7000 vidas de argentinos y tienen 7000 contagios por día. Pese a que la cuarentena buscaba adaptar el sistema de salud, los ministros de Salud dicen que el sistema siempre está al borde del colapso. ¿En serio cree que el coronavirus es mejor que el macrismo?

En provincias como Jujuy y Chaco se importan médicos y enfermeras terapistas porque se vive un drama incalculable. Los hijos no puede despedir a sus padres en la hora de la muerte y los padres no pueden despedir a sus hijos o hijas. Los ciudadanos pacíficos que sacan a pasear al perro son arrestados como delincuentes, mientras los delincuentes están libres con el aval del propio Presidente que dijo que era muy razonable liberarlos por el riesgo de contagio de Covid.

En ese contexto de desolación, el Presidente no tuvo mejor idea que decir que “a la Argentina le fue mejor con el coronavirus que con Macri”. Sin duda, el gobierno de Macri fue desastroso. Quién podría discutirlo. Pero lo fue porque nunca se animó a hacer las reformas profundas que prometió y porque mantuvo el mismo esquema de gasto público y de ingresos que el gobierno de los Kirchner.

Como dijo la propia Patricia Bullrich, fue “más Sigamos que Cambiemos” y eso profundizó la pobreza, a lo cual le añadió un aumento severo de tarifas y mala práxis en la gestión de la deuda y de la economía, lo cual expuso al Estado argentino a la primera turbulencia internacional que sufrió cuando Estados Unidos subió la tasa.

Macri no cambió la realidad, pero durante su gobierno no tuvo la mala suerte de tener una pandemia que mató a varios miles de argentinos, empresas y empleos.

La gestión de la cuarentena, que en un principio pareció exitosa para Alberto, ahora no le está rindiendo frutos, porque no supo adaptarse y reformularse a tiempo. En los primeros meses, el aislamiento dejó una sensación de eficiencia en el aplanamiento de la curva de contagios y de muertos.

Así como Menem se enamoró de la convertibilidad y no la adaptó a tiempo, y así como Kirchner se enamoró de su modelo, en un proceso de diez y doce años respectivamente, Alberto se enamoró de la cuarentena dura y el remedio terminó fatigando a la sociedad y por lo tanto perdió eficacia.

Esto forma parte del nerviosismo interno que existe en el Gobierno. El Presidente tiene como únicos asesores a un grupo de infectólogos, ahora se sumaron psiquiatras, y enlo político escucha a Cristina Kirchner, Santiago Cafiero, Wado De Pedro, Maximo Kirchner y a Sergio Massa, cada vez menos influyente porque posturas racionales para cada política son cada vez menos escuchadas.

El Presidente está controlado, dominado, por el kirchnerismo duro. Es un jefe de Gabinete de Cristina Kirchner, que desde la presidencia del Senado digita la agenda política cada vez más radicalizada. Esto lo puso a Alberto en un brete y una dinámica que lo obliga a justificar sus posturas duras.

La reforma judicial fue la más agresiva que podía presentar, la creación de cargos judiciales en las provincias para negociar con los gobernadores lo expone a la evidencia, la clausula contra la prensa le añadió un condimento autoritario. Además, se sumó al apoyo de la persecución de Cristina Kirchner contra los jueces Leopoldo Bruglia, Pablo Bertuzzi y contra el procurador Eduardo Casal.

En la noche del viernes emitió un decreto DNU para controlar a los grandes grupos mediáticos mediante la regulación de las tarifas de internet, telefonía y televisión paga. Y nombró en la Secretaría de Energía a un dirigente completamente alineado a Cristina Kirchner, Maximo Kirchner y Oscar Parrilli, el neuquino Darío Martínez.

Ahora la energía la controla íntegramente el krichnerismo porque el CEO de YPF es el kirchnerista Sergio Affonti, que acompaña al presidente Guillermo Nielsen. La provocación está a la vista. Los electores de Alberto que confiaron en que volverían mejores, se encontró con la gran traición.

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