El virus del populismo inocula planes sociales, lenguaje inclusivo y causa pérdida del sentido común y valores

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La pandemia de la pobreza se esparce mediante el virus del populismo: la ilusión de que el líder y el Estado garantizan la felicidad. La única vacuna contra este mal es la educación, que da valores y sentido común para no ser contagiados por el populismo. Y así como el virus Covid 19 puede causar pérdida del sentido del olfato y gusto, el populismo provoca pérdida del sentido común y de valores fundamentales.

Pero quienes pierden el sentido común, comúnmente no se dan cuenta. Y los que pierden valores, suelen reemplazarlos por otros con la excusa de que son modernos en desmedro de tradiciones supuestamente retrógradas.

El populismo es más peligroso que le Covid 19, porque toma a los pueblos desprevenidos y asintomáticos: no sienten dolores en el cuerpo, sino cierto placer agradable por transgredir aquellos valores y el sentido común. Es un placer pasajero que se llama facilismo, miopía y cortoplacismo. Pero luego, el cuerpo se infecta de tanta ignorancia y relato que muere de pobreza.

El virus del populismo suele viralizar la molécula destructiva de los “planes sociales”. Cuanto más populismo, más se viralizan y el pueblo cree que está mejor pero pierde el valor de la cultura del trabajo y el sentido común de que el trabajo y la educación es la llave para el progreso individual y social.

La educación y el trabajo es el antídoto contra la pobreza. Duele al principio, pero cura en el mediano y el largo plazo. Es una vacuna segura.

En las sociedades plagadas de planes sociales las personas pierden el sentido de la dignidad y la autoestima: acumulan AUH, IFE, salarios sociales complementarios o Potenciar Trabajo y no suelen trabajar. Se conforman con trabajos muy precarios, o se vuelcan al delito o al narco. El virus de los planes causa fallecidos sociales y es urgente la vacuna de la formación laboral y/o la educación de calidad: inicial, primaria, secundaria, terciaria y universitaria.

En la Argentina de “M’hijo el Dotor” todas las familias humildes aspiraban al progreso de sus hijos mediante la educación. Hoy apelan al puntero del barrio o al líder piquetero para conseguir un plan. ¿Qué nos pasó? El populismo, de izquierda y de derecha, como buen virus, se propagó hasta matarnos la dignidad y el sentido común.

Ese virus va mutando genéticamente y también inocula enseñanzas falsas como el adoctrinamiento político en las escuelas y el lenguaje inclusivo, una estafa artera a los hijos y a los padres a los que se defrauda porque se les vende educación y se les entrega de contrabando una imposición militante de una ideología.

Es un ataque a la integridad de los niños y jóvenes a los que se les vende inclusión y en cambio se los despoja del valor humano de un idioma bien hablado, se los defrauda con la tergiversación del conocimiento del español. Se los confunde y se los expone al ridículo o a la reprobación de otros docentes que no acepten el lenguaje inclusivo.

Los docentes que deforman el idioma para intoxicar con contenidos falsos deben quedar sujetos a reclamos administrativos, los que sean necesarios, por parte de los padres, que en su legítimo derecho a preservar la educación de sus hijos no deben permitir que personas extrañas les impongan un engendro idiomático, que no fue previsto en las currículas educativas, ni en programas, ni en la ley, ni en la Real Academia Española, que por otra parte rechazó el uso de este dialecto.

Por lo tanto, esos docentes desaprensivos y los funcionarios públicos irresponsables que los apañan están incursos en ese crimen de propagar una enfermedad cultural que es la ignorancia, el error y la falsedad ideológica, así como quien propaga una enfermedad está alcanzado por el artículo 205 del Código Penal.

¿Qué harían los padres si los docentes les enseñan a sus hijos que 1 + 1 es igual a 3 o que la palabra “mamá” se escribe con “h”? Por supuesto, tendrían derecho a un reclamo ante el docente, la escuela o el Ministerio de Educación por defraudarlos a ellos y a sus hijos. Ellos les confiaron a la escuela la enseñanza a sus hijos y la escuela les devuelve niños adoctrinados, equivocados y con el cerebro lavado.

Muchos docentes demostraron, por otra parte, en sus clases virtuales, que no saben hacer operaciones de matemática elementales, o no saben escribir sin faltas de ortografía muy básicas, ni saben los nombres de las provincias argentinas. El virus del populismo educativo se propagó. No es inocuo que la institución educativa, de mala fe, les imponga un lenguaje o contenidos erróneos e ilegales a sus hijos.

Por eso, la mejor medida para la inclusión, de nuevo, es la educación, la vacuna contra la ignorancia, el populismo y la pobreza. Y para recuperar la educación, tenemos que reivindicar los valores humanos y el sentido común, recuperar el gusto y el olfato de lo bueno y lo bello. Y así ganaremos la batalla contra esta pandemia destructiva y letal.

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