Los valores no tienen candidato: el Frente del Sentido Común debe hacer la revolución cultural del cambio

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Los últimos episodios de la realidad demuestran que los ciudadanos que defienden los valores tradicionales y el sentido común no tienen representación en la política. El nuevo ideario de verdades políticamente correctas fue enarbolado por las dos corrientes políticas mayoritarias de la Argentina, algunos con malos modales y otros más educados. Pero en realidad defienden lo mismo. Los ciudadanos que esgrimimos aquellos valores de nuestros abuelos debemos darnos cuenta a tiempo y conformar el Frente del Sentido Común.

No un partido político ni un frente electoral. Es necesario fundar una corriente ciudadana de muchos referentes, donde no haya «un» iluminado que quiera aprovechar la volada para «hacerse rico» en una campaña electoral de la mano de un partido político alquilado y trucho. Sino un conjunto de hombres y mujeres que levanten las banderas tradicionales que hicieron grande a nuestro país para reclamar políticas públicas concretas por un verdadero cambio de paradigma.

Luego, esa corriente deberá hacerse sentir en todos los frentes, con propuestas coherentes, sensatas, lejos de los extremos: ni zurdos ni de ultraderecha. Apelando al sentido común y al pulso de la calle, para incidir en todas las fuerzas políticas más afines. Porque el cambio no vendrá de la mano de un plan económico sino de una revolución cultural de valores y principios básicos.

Hace pocos días, 730 instituciones y 48.000 personas firmaron un petitorio para que el jefe del gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, vetara la ley de adhesión al Protocolo ILE que había sancionado la Legislatura porteña, con diputados que salieron de las filas mayoritarias de los partidos gobernados por una élite del poder que quiere colar sus políticas en forma transversal.

La experiencia no es nueva. Cuando Marcos Peña impulsó la ley del aborto en 2018, siguiendo los dictados de los grandes organismos mundiales, le generó un profundo daño a Mauricio Macri en su propio electorado. No entendieron que la Argentina profunda es provida y cuida a nuestros hijos desde el vientre de la madre.

Los legisladores porteños verdes de Juntos por el Cambio, que sancionaron la adhesión al Protocolo ILE, en complicidad con los del Frente de Todos, violando el Código Penal, el Civil y las Constituciones nacional y porteña, también le perpetraron un golpe a los propios electores potenciales de Rodríguez Larreta en su proyecto presidencial de 2023.

Una vez más, Juntos por el Cambio trabajó para un electorado que seguramente votará en las presidenciales de 2023 al candidato salido del Frente de Todos: Alberto Fernández, Axel Kicillof, Maximo Kirchner…O, en el mejor de los casos, a la izquierda. Claramente, el negocio no es político, habrá que buscarlo en otro lado.

En el otro lado de la grieta, en el Frente de Todos, también se viola la Constitución con el apoyo a la eliminación de la vida, pero también con las reformas judiciales o los decretos de necesidad y urgencia que prorrogan la cuarentena y prohiben los encuentros familiares mediante el mal uso del Código Penal. El gran consenso hoy en la Argentina consiste en violar las leyes, la Constitución y el sentido común. Eso es política de Estado, la respetan las fuerzas mayoritarias de un lado y de otro.

La cosa no da para mas. Aquellas 730 instituciones, esos 48.000 firmantes, y muchos otros más, deben organizarse para conformar a un grupo de hombres y mujeres que defiendan con decisión los valores políticos, económicos y culturales permanentes. Hay que darle organicidad a ese sector que no tiene candidatos propios y que está secuestrado por los intereses pretendidamente progresistas de algún grupo de poder y de algún multimedio local. Que ponen y sacan candidatos y políticas.

Esos valores que se han perdido, y hay que recuperar, son: la verdad, la libertad, la responsabilidad, la educación de calidad, la defensa de todas las vidas, la reivindicación de la familia, las buenas costumbres, la formación laboral, la cultura del trabajo (y no de la dádiva), el cuidado de los recursos públicos, los naturales, la transparencia y el respeto al otro, sin violencia: entre el hombre y la mujer y entre los padres y los hijos, o entre los docentes y los alumnos.

También deben poner en primer plano: la austeridad, la propiedad privada, la repoblación del territorio nacional, la recuperación de la competitividad, la baja de costos laborales con recuperación de los salarios, el diálogo, el consenso, el fin de la grieta, la defensa de las instituciones, de la ley, de la Constitución y de la justicia.

Debe proteger la libertad religiosa, de expresión, el orden público, la seguridad, la defensa nacional, la reivindicación del idioma, la inclusión real (no a través de un  lenguaje absurdo pretendidamente inclusivo).

Y debe establecer premios y castigos: los delincuentes y violadores deben estar presos y las víctimas deben ser protegidas en todos sus derechos. Los ciudadanos honestos deben estar seguros y los delincuentes deben tener miedo.

Los que trabajan deben progresar, las empresas que dan trabajo deben pagar menos impuestos y los ciudadanos que quieran vivir del Estado no tendrán ningún futuro en la Argentina, sean políticos, delincuentes o ambos.

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