En la Argentina, ni Adenauer tendría «plan económico», sino no hay una reconstrucción cultural y de valores

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En un punto, hay que admitirlo, el presidente Alberto Fernández tiene razón. Esta semana dijo que no cree en los planes económicos. En la Argentina no alcanzaría ni el mejor “plan económico” para salir de la crisis estructural, porque en realidad lo que se necesita en nuestra República es un cambio de paradigma, un plan de reconstrucción cultural y educativa, de valores humanos y del sentido común.

Si por un acontecimiento sobrenatural hubiera posibilidad de elegir como presidente argentino a Konrad Adenauer, el padre del milagro alemán de 1946, y éste designara a su ministro de Economía, Ludwig Erhart, seguramente esa fórmula salvadora en Alemania no funcionaría en nuestro país.

Al menor contratiempo salarial, Moyano le bloquearía el ingreso al Ministerio de Economía para «marcarle la cancha». Emilio Persico, del Movimiento Evita, y Daniel Menéndez, de Barrios de Pie, cortarían la avenida 9 de Julio, para pedir aumentos en los planes sociales del 30% y 100.000 beneficiarios más. Juan Grabois alentaría las tomas de tierras en la provincia de Buenos Aires y los falsos mapuches en Bariloche.

Hebe de Bonafini lo acusaría de ser cómplice de la dictadura y de desaparecer a sus hijos. Y Horacio Pietragalla lo denunciaría por delitos de lesa humanidad.

La CTA de Hugo Yasky anunciaría un plan de lucha y movilización. Los intendentes del conurbano exigirían la expropiación de todas las empresas de servicios públicos. Y Roberto Baradel no comenzaría las clases para que los docentes tengan su aumento y los chicos pierdan días de su educación.

Los argentinos hemos destruido los valores sobre los cuales llegamos a ser potencia mundial. El beneficio a cualquier precio y por encima de la vigencia de las instituciones, de la ley y de la Constitución, es lo único que importa. Se impone la ley del más fuerte y nadie piensa en forma estratégica. Es la ley de la selva.

No existe el valor del esfuerzo, la inversión, para luego ganar y cosechar. Sólo en el campo quedan esos valores. Allí es imposible cosechar antes que plantar las semillas.

El valor de la propiedad privada se pasó de moda. Un Presidente anuncia cuando quiere la expropiación de una empresa o de una privatizada; un diputado le pone un impuesto confiscatorio a las grandes fortunas, cinco barrabravas violan el domicilio de un jubilado, lo torturan, golpean para sacarle el dinero de su jubilación.

Si el jubilado se defiende, y mata a sus agresores, la familia de los delincuentes le hará la vida imposible. De jubilado honesto a fugitivo. Se perdió el valor del respeto por los mayores. La nueva moda de los delincuentes es fajar a los adultos mayores, a quienes antes se les rendía culto y respeto, aun en los lugares más marginales.

Las instituciones han sido destruidas, vaciadas y corruptas. Ese jubilado ya no cree más en la justicia, ni en la policía, ni en la seguridad que le da el Estado. Tiene miedo, se siente inseguro, se compra un arma, el Estado no lo protege. Ya ni siquiera le alcanzan las rejas que él forjaba para proteger a todo el barrio como herrero.

También se perdió el valor supremo de la vida. Los delincuentes matan a los ciudadanos honestos como moscas y eso no es noticia. No hay polémica. Es lo normal. Sólo es noticia cuando un honesto mata a un delincuente. Cuando el perro muerde al humano nadie se sorprende, pero si un hombre muerde a un perro, sí.

Se impuso la ley de la selva y nadie la votó en el Congreso. El que no llora no mama y el que no afana es un gil. Dale nomás, dale que va… La vida no vale nada para el delincuente, ni siquiera vale la suya porque la expone todas las tardes y noches, incluso cuando va a la tribuna de su barra brava por «amor» a sus colores.

Eso sí, los gobiernos y legisladores se ocupan puntillosamente de redactar protocolos para eliminar niños desde el vientre, sin causales válidas ni previstas en la legislación penal vigente ni en la Constitución Nacional.

La cultura del trabajo es de otro tiempo. Millones de jóvenes no tienen un proyecto de vida que consista en salir a trabajar ni capacitarse en la formación laboral. Sólo piensan en permanecer, hacer una changa en el mejor de los casos, cobrar un plan social, participar del delito o enrolarse en el narcotráfico.

En las clases medias, ya el sector privado y productivo no genera trabajo, por lo tanto se busca empleo en el Estado. En la política, algunos como empleados, otros como candidatos o como funcionarios, pero todos viven del Estado.

Todos cobran de los pocos que pagan impuestos. Por lo tanto, aumenta el gasto, se reduce la base tributaria y hay que aumentar los impuestos, por eso pasa a ser justo confiscar a los culpables de tener grandes fortunas. Seguramente, no las hicieron trabajando sino aprovechándose de los trabajadores, por eso están bien confiscados.

El Estado fomenta esa dependencia del plan social, la AUH, el IFE, porque forma parte de su proyecto político de poder. Todo suma al gasto, pero esos trabajadores no aportan ingresos al fisco. Es lo de menos. La honestidad es para los boludos. Los que laburan deben sacrificarse para pagar impuestos, los vagos cobran planes sociales, los políticos hacen caja con el presupuesto nacional.

Se derrumbó el valor de la autoridad, ya no cotiza. Porque las propias escuelas les enseñan a sus alumnos que tienen sólo derechos y nada de obligaciones. Protestar y tomar escuelas es parte del ejercicio de la libertad y de la democracia. Los maestros tienen vedado impartir normas disciplinarias o hacerse respetar por sus alumnos porque se confunde autoridad con autoritarismo.

Desde niños, enseñamos a nuestros hijos a ser déspotas. Pueden lograr lo que quieran con sólo pedirlo y, si no obtienen sus reclamos, pueden pintar una pared, romper una escuela o insultar a un profesor. Así crecen los enfermos psicópatas que pueden moler a patadas a un joven en un boliche o los Moyano que no encuentran límites.

Tanta libertad individual nos ha robado la libertad real, la que se ejerce con la responsabilidad. Libertad y responsabilidad son dos valores que nadie rescata. El único valor que tributa es el individualismo, el lucro propio, la ganancia inmediata. Somos tan libres que hemos destruido la educación y la salud.

La pandemia nos tomó de sorpresa y de buenas a primeras perdimos la libertad para recuperar el sistema de salud. Cuando nos cortan las calles, perdemos la libertad de circular, cuando la administración colapsa, perdemos la libertad para para hacer negocios, ahorrar, invertir o comprar dólares.

Al otorgarle la libertad a delincuentes que no lo merecen provocamos que los adultos honestos pierdan la libertad de vivir su vejez en libertad y que por ejercer la defensa propia tengan que cumplir prisión domiciliaria.

Evidentemente, ni Adenauer ni Erhart tienen la fórmula para un milagro argentino si antes no permitimos el milagro de cambiar el paradigma: volver a los valores humanos y al sentido común. Esa sería la verdadera revolución cultural y económica.

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