Las presiones de Cristina a Alberto son una repetición del síndrome que paralizó a Scioli en la campaña de 2015

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Las permanentes contradicciones en el gobierno de Alberto Fernández, con las sistemáticas presiones de su vicepresidenta Cristina Kirchner, podrían llevar al Presidente a sufrir el síndrome que paralizó a Daniel Scioli en 2015 cuando era candidato presidencial del Frente para la Victoria. Nunca pudo hacer pie en aquella campaña, porque siempre fue condicionado por la entonces Presidenta, que a cada paso le marcaba la cancha, lo contradecía y lo desgastaba.

En aquella campaña, fatídica para el PJ, Cristina y Scioli tenían en realidad distintos objetivos, lo cual garantizaba el fracaso seguro. Scioli quería convertirse en el Presidente y ella conspiraba para que ello no ocurriera.

Era un secreto a voces que Cristina desconfiaba de Scioli, ajeno a su núcleo duro. Por eso le colocó como vicepresidente en la fórmula a Carlos Zannini: para controlarlo en la campaña y en una eventual gestión de gobierno. El propósito real de ella era preservar su papel de jefa del «proyecto», aún en la oposición.

El estilo radicalizado de Cristina y sus ataque a Scioli le arrimaron a Sergio Massa, que había abandonado el peronismo en 2013, un 21% de votantes peronistas o independientes que valoraban la moderación de Massa y no toleraban más la lógica confrontativa ni el estilo K del “látigo o la billetera”.

Así las cosas, Scioli sacó el 37% de los votos y Massa el 21 en la primera vuelta de octubre de 2015. Entre ambos se dividieron en forma casi perfecta el 54% que Cristina había sacado en 2011. La saliente presidenta, entonces, «logró» (para su ego) que ningún peronista pudiera igualar esa marca record que ella tenía.

Ella pasó dos años en el llano. En 2017, fue candidata a senadora de Unidad Ciudadana Cristina y junto a sus candidatos aliados del interior sacaron 21% a nivel nacional, mientras que todos los sellos provinciales del peronismo, incluido Massa, obtuvieron el 26% en el territorio de todo el país. En la provincia de Buenos Aires Cristina perdió contra Esteban Bullrich, de Cambiemos, porque el peronismo iba dividido con Massa como tercer candidato. Aunque el segundo lugar de Cristina le bastó para ser senadora por la minoría por la provincia de Buenos Aires.

Cuando quiso regresar a la competencia por la presidencia, en 2019, su candidatura no podía superar el 35% en las encuestas de intención de voto. Por eso le ofreció la presidencia a Alberto Fernández: para recuperar los votos moderados y de los gobernadores peronistas que había perdido en 2015 y en 2017. Y luego convenció a Massa para sumarse al Frente de Todos y liquidar al «peronismo del medio».

Ese experimento en las urnas sumó el 48% (poco más que el 21 + 26 de 2017) y convirtió a Alberto en presidente y a Cristina en la vicepresidenta. Pero más allá del éxito electoral, la dupla demuestra hoy que tiene objetivos diferentes para la gestión.

Mal o bien, Alberto pretende pelear contra la pandemia y recuperar la economía para posicionarse para una posible reelección en 2023. Cristina procura resolver su situación judicial personal y la de sus hijos; llevar a Mauricio Macri a un infierno judicial, y retomar el poder absoluto del Estado para posicionar a Axel Kicillof o a Máximo Kirchner para que sean presidente y gobernador, no importa el orden, en 2023.

De ese combo de objetivos cruzados, surgen las diferencias y las contradicciones en la coalición de gobierno. Cada decisión del Presidente desata una reacción en cadena de los voceros kirchneristas que intentan condicionar a Alberto para que no tome vuelo, para que no se salga del libreto, y para que respete el ideario del «proyecto» original del kirchnerismo, que esgrime la «propiedad» de la mayoría de los votos.

Por otra parte, ella genera iniciativas independientes, por fuera del plan de gobierno, dirigidas a consolidar aquel proyecto de impunidad judicial, persecución a Macri y control del Estado. Las ideas y las tácticas de ambos coinciden en algunos asuntos, pero se bifurcan en ciertos momentos y en otros chocan de frente.

Igual que Scioli, Alberto no quiere, o no puede, tomar distancia definitivamente de la ex presidenta, ni a retomar las riendas de la gestión, como le reclama un sector del peronismo y del sindicalismo.

Durante la campaña de 2015, Scioli sufrió permanentes ataques a su autonomía como candidato presidencial. Cristina no lo cuidaba y le marcaba la cancha en todos los terrenos: ella hizo 44 cadenas nacionales durante todo 2015; pronunciaba discursos en contra de la moderación de Scioli; exigía lealtad al modelo económico nac & pop, en clara referencia a posturas mesuradas del candidato; le colocó a Zannini como vicepresidente, impulsó a Aníbal Fernández como precandidato a gobernador, extremó su protagonismo y opacó al candidato en plena campaña.

Además, Cristina avalaba todas las incursiones combativas de sus lugartenientes, las que Scioli, moderado y prudente, quería evitar para atraer a los votantes independientes que no querían abonar la “grieta”. En los últimos días de campaña, según registros de la época, Axel Kicillof atacaba a Massa, candidato del Frente Renovador; Hebe de Bonafini descalificaba al presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti; José Pablo Feinmann destrataba a María Eugenia Vidal.

Cuando ésta le ganó a Aníbal Fernández la gobernación de Buenos Aires, en plena campaña para el ballotage entre Macri y Scioli, Aníbal Fernández, derrotado, atacó y culpó al sciolismo por su derrota. José «Pepe» Scioli defendía a su hermano de los ataques K y aclaraba, por caso, que Bonafini y Feinmann no lo representaban.

En una palabra, los K convirtieron la campaña de Scioli en un cruce de mensajes piantavotos. El ex gobernador bonaerense nunca se animó a tomar distancia y esbozar un plan económico propio como le sugería su asesor Mario Blejer. Los resultados en las urnas debilitaron a Scioli en la primera vuelta (37%). Luego terminó de perder en el ballotage. Casi todo el voto massista se volcó en la segunda vuelta hacia el «moderado» Macri y todo ello consumó la derrota del peronismo.

El perfil ideológico de Alberto y Scioli es similar. Son peronistas históricos, pero a los ojos de Cristina, son tibios dialoguistas que no dan las batallas a fondo contra los poderes fácticos. La Presidenta no puede contra su propia naturaleza: nuevamente le pega martillazos al barco que ella misma construyó para cruzar el océano de juicios que la apremiaban y para llegar a la otra orilla sana y salva.

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