El pacto de los moderados tiene antecedentes que siembran desconfianzas en el kirchnerismo y el macrismo

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El nuevo Pacto de Olivos entre los “moderados” provoca desconfianza entre los “radicalizados” de ambos bandos, el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. El presidente Alberto Fernández dialoga amigablemente con el jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, y con otros gobernadores e intendentes opositores. Eso desata tempestades entre los duros del Frente de Todos y del propio macrismo que no quieren aceptar la lógica de los acuerdos.

Alberto señaló desde que asumió en diciembre último que busca reeditar el gobierno de Néstor Kirchner, con quien trabajó desde 2003 como jefe de Gabinete. Mirar la historia puede iluminar el presente. El fallecido ex presidente tenía como premisa dividir a la oposición y cooptar a una parte de ella con una participación en la gestión.

Ese modus operandi lo ayudó a ampliar su base electoral y territorial y a independizarse del peronismo, al que llamaba “pejotismo”, y de su padrino Eduardo Duhadle. Y en esa tarea, su operador político era el propio Alberto Fernández.

Desde 2004, Kirchner estableció una relación directa con los gobernadores y los intendentes a fuerza de giros de recursos estatales y de reparto de obras públicas. Así inauguró la política del látigo y la billetera. Si un gobernador o intendente -del PJ, la UCR u otro partido- lo enfrentaba, merecía el látigo. Si se subordinaba y acompañaba, se le abría la billetera. Eras amigo o enemigo. El látigo podía implicar desde la falta de giros a la provincia u operaciones de la ex SIDE.

La mayoría optaba por ser amigo. Si el poder central no giraba recursos, su gestión era sencillamente inviable. Así fue como Kirchner construyó la Concertación Plural, que terminó de fundarse en 2006. No se le unían por convicción, sino por conveniencia.

La máxima expresión de esa Concertación fue el gobernador radical de Mendoza, Julio Cobos. Terminó como vicepresidente en la fórmula que encabezó Cristina Kirchner en 2007. Así fue como Kirchner quebró al radicalismo, que sancionó a Cobos. Luego Cobos rompió esa alianza en 2008, porque las convicciones lo llevaron a votar en contra de la resolución 125 que desató la crisis con el campo.

El concepto de la Concertación fue tomado de la alianza de centroizquierda de Chile, en una suerte de reedición a la argentina. De ese modo, Kirchner sumó aliados al Frente para la victoria, compuesto por el peronismo y el Partido de la Victoria de los Kirchner. Los nuevos aliados fueron Concertación Forja, del ex radical Gustavo López, y los Radicales K, entre ellos Cobos, y los gobernadores de Santiago del Estero, Gerardo Zamora, de Río Negro, Miguel Saiz, y de Corrientes, Ricardo Colombi. Kirchner viajaba con frecuencia a inaugurar obras en sus provincias y a adular sus gestiones.

A cambio de ello, los gobernadores le agradecían al Presidente y le declaraban su encolumnamiento en público. Kirchner sabía que los opositores que gobernaban distritos tenían necesidades financieras que los obligaban a estar en buenos términos con el poder central. Lo mismo hace Alberto Fernández. Eligió a “su amigo” Horacio Rodríguez Larreta como su principal aliado opositor, mantiene su antiguo vínculo peronista con Diego Santilli, y cultiva las relaciones políticas con los intendentes Jorge Macri, de Vicente López, y Néstor Grindetti, de Lanús, entre otros.

De paso, especula el Presidente, podría ampliar su base de sustentación, lograr mayor independencia de su mentora, Cristina Kirchner, y reducir el rechazo en el electorado macrista con algunos gestos de buena voluntad con los macristas buenos o amigos. Pero al mismo tiempo, el Presidente y sus allegados, Santiago Cafiero o Juan Pablo Biondi, extreman sus ataques con bombas de alto poder de fuego contra Mauricio Macri. El intento de dividir entre amigos y “odiadores” está demasiado claro.

¿Quiere el Presidente conformar una nueva Concertación con parte de Cambiemos? En la actualidad es imposible. Pero en política, en el tiempo, nada es imposible: los escenarios son cambiantes y todo es muy dinámico. ¿Quién iba a imaginar que el propio Fernández iba a ser aliado de Cristina Kirchner luego de acusarla por el Memorandum con Irán o de cargar contra Lázaro Baez cuando se revelaron sus maniobras investigadas? Al menos, desde su óptica, Alberto tiene derecho a imaginar que la realidad podría ofrecer un escenario de división en la oposición y lo facilita. Es el mismo Alberto que firmó la Concertación con Cobos.

En el resto de Juntos por el Cambio observan esa postal y se indignan. Desde Macri hasta Patricia Bullrich. Sostienen que no hay margen para ser moderado frente al Presidente que vende moderación mientras lanza expropiaciones, alienta persecuciones judiciales a Macri y acompaña a Cristina Kirchner en su armado de comisiones investigadoras contra todos los aspectos del gobierno de Macri. Tampoco cuando Alberto deja que muchos militantes alienten la agresión a los ruralistas, la ruptura de silosbolsa o retuitea agresiones a periodistas.

Esos sectores de Juntos por el Cambio indignados no están dispuestos a entregar a su propio electorado, que exige un freno a esos atropellos. Y menos para que Rodriguez Larreta, Grindetti o Jorge Macri tengan una obra más en sus distritos. Sostienen que Juntos por el Cambio es un partido nacional y para pelear el poder en 2023 debe representar al electorado damnificado por esas políticas extremas. Por eso, el macrismo puro comenzó a desconfiar de Larreta y de sus aliados, María Eugenia Vidal, Emilio Monzó y Rogelio Frigerio, más allá de recientes reuniones en las que se juramentaron mantener la unidad y el perfil opositor, porque al parecer hacía falta aclararlo.

Macri sabe o sospecha que Monzó y Frigerio presumen que Alberto es un cuerpo extraño en el kirchnerismo puro. Y que, como tal, tanto el Presidente como gobernadores o intendentes del PJ podrían fatigarse tarde o temprano de las exigencias y las presiones permanentes de Cristina Kirchner. ¿Por qué no pensar entonces que Larreta especula con miras a su carrera presidencial de 2023 con eventuales alianzas de dirigentes peronistas expulsados del paraíso por el kirchnerismo puro radicalizado ante un eventual fracaso del actual gobierno?

Eso no solamente causa desconfianza en Macri y sus entornos, que reniegan de los peronistas, excepto que vengan de la mano de Miguel Pichetto, sino que también siembra dudas de todo tipo y color en la propia Cristina Kirchner. Ella también tendría mucho que perder si un grupo de dirigentes del peronismo histórico, grande, mediano o chico, decide pasarse a las filas de un candidato opositor en el 2023. Porque sabe que sus probables futuros candidatos, Axel Kicillof o su hijo Máximo, necesitarán de un peronismo unido para ganar y mantener el control sobre la Justicia.

Por lo tanto, tampoco sería negocio para la ex presidenta tirar tanto de la cuerda para fracturar la propia base que la sostiene. Ya ocurrió en 2013, cuando Sergio Massa se desprendió del Frente para la Victoria y conformó el Frente Renovador, y le ganó a Cristina en la provincia de Buenos Aires. Esa división le dio el triunfo a Macri, que luego perdió su reelección gracias a la reunificación del PJ. Cada aspecto del gobierno de Alberto le genera desconfianzas a Cristina. La historia reciente le ilumina el presente.

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