Con el “odio” como bandera, regresó Laclau para reimplantar una “revolución cultural” sin plan de progreso

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El fallecido pensador posmarxista Ernesto Laclau fue el que más influencia tuvo en la primera etapa de las presidencias de Néstor y de Cristina Kirchner y siempre fue más profunda de lo que se supo. El filósofo y politólogo estaba catalogado gramsciano y promotor del populismo, sostenía que la agudización del conflicto era el sostén de la democracia y el reaseguro de la permanencia en el poder del líder que representa “al pueblo”, como contraposición a los representantes del “antipueblo”.

Pese a haber fallecido el 13 de abril de 2014, a los 78 años, Ernesto Laclau parece haber resucitado en las mentes del kirchnerismo puro y está más presente que nunca entre nosotros. La promoción de la lucha contra el “odio” y contra los “odiadores” como bandera, podría encuadrarse en las enseñanzas más profundas de la teoría laclauniana. Regresó su espíritu, pero por ahora sin un proyecto nacional de progreso.

Las referencias al “odio” están justificadas ahora por la obra de Arturo Jauretche, que en 1957 escribió su obra “Los profetas del odio y la yapa” para descalificar a la oligarquía. Se esperaría que ese “odio” no sea transformado en “delito de odio” por el cual en la Venezuela de Nicolás Maduro se persigue a los opositores o disidentes.

Aquellos profetas eran todos aquellos que representaban el atraso para la nación, la subordinación del pueblo a los círculos conservadores. Sin contemplar las agresiones del primer peronismo a esas clases altas a las que persiguió y expropió. De todos modos, Jauretche era un moderado, en comparación con Laclau, un hombre del pensamiento nacional y popular, que militó en la Unión Cívica Radical y fue peronista de la primera hora posterior al 17 de octubre de 1945.

La ex presidenta y actual vicepresidenta, siguiendo a Laclau, sostenía que la democracia, y la política, se construyen sólo a partir de una eficaz división de la sociedad en dos bandos: nosotros y ellos. La palabra “democratizar” significaba poner todo en conflicto y la política era confrontación permanente. Pareciera que los discursos, hasta los más moderados, del Presidente, siempre llevan una semilla de la “democratización” de Laclau. Cuando convoca a la “unión nacional”, al mismo tiempo plantea “terminar con los odiadores seriales”.

Parece decir, únanse todos conmigo, menos aquellos que no están de acuerdo porque son odiadores y no porque piensen diferente de manera legítima. Laclau, en su defensa populista, sostenía el presidencialismo fuerte y con reelección eterna. El apego a la Constitución era una noción conservadora.

Más importante era la fuerza de los votos del Poder Ejecutivo, porque esos votos justificarían cualquier decisión del líder por encima de los otros poderes. En el caso del kirchnerismo, la única manera en que podría retrocederse de esas decisiones consiste en que no pueda controlar la calle. Allí retrocede…

La Constitución, según Laclau, sólo sirve para detener el proceso de cambio y por ello sus seguidores plantean que para generar un verdadero populismo es necesario reformar la Constitución. Por ahora, no les alcanzan los números. Pero si en el Senado no tienen los dos tercios para conformar una comisión investigadora bicameral, previstos por el reglamento, la sancionan con mayoría simple y después apagan los micrófonos. Ese es el homenaje al filósofo en toda su expresión. El regreso de Laclau.

Laclau residía en Londres pero viajaba a la Argentina por lapsos de semanas o meses para entablar largos diálogos con Cristina Kirchner y Carlos Zannini en la residencia presidencial de Olivos. A veces lo hacía con su esposa, Chantal Mouffe, cuyo libro En torno a lo político marcó a fuego a la ex Presidenta.

Cierta vez disertó allí en Tecnópolis con Carlos Zannini, secretario legal y técnico, formado en el maoísmo de la “revolución cultural” que el kirchnerismo de aquel entonces transformó en la “batalla política y cultural”. Aquélla, la del maoísmo, era para eliminar los enemigos internos que amenazaban al régimen comunista chino.

La de Zannini, actual procurador del Tesoro, ahora con bajo perfil pero mucha influencia en la vicepresidenta Cristina Kirchner, era para vencer con una causa nacional de izquierda marxista a los enemigos del pueblo, los ahora llamados odiadores seriales, que entonces eran llamados golpistas y destituyentes, a los que había que acusar de todos los males para disimular los errores propios. Los cipayos de entonces, amigos supuestos de un enemigo externo, son los odiadores de hoy.

La causa del pueblo siempre tiene que tener un enemigo común. Y ese enemigo se tiene que vincular a un poder externo imperialista para parecerse mucho a un vendepatria, un personaje ominoso que está obstaculizando permanentemente el progreso nacional. Según esa línea de pensamiento, todo aquel ciudadano que ame a la Nacion deberá cerrar filas con el líder que supuestamente le garantice un plan patriota.

Laclau puro. El filósofo estaba convencido en vida de que América latina se encaminaría a una era de populismo democrático permanente fundado en antagonismos democráticos como en Venezuela, Bolivia y Ecuador. La Argentina sólo estaba en un proceso avanzado. Por entonces gobernaban Lula Da Silva en Brasil, luego Dilma Roussef; José Mujica en Uruguay; Michelle Bachelet en Chile; Hugo Chavez en Venezuela; Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador.

La historia demostró que Laclau no tenía la Bola de Cristal. El progresivo fracaso del populismo, económico, político y social, muchas veces acompañado de una corrupción pública infinita, determinó el cambio de gobiernos en casi todos esos países por presidentes denominados conservadores. La excepción fue Venezuela que mantiene al populismo a expensas de una dictadura militar por momentos sangrienta. Y en la Argentina, pudo volver un populismo con rostro más moderado, de Alberto Fernández, por obra y gracia del fracaso de Macri en el poder.

En una disertación en Tecnópolis, en 2012, Laclau planteo tres desafíos: “Acentuar la dirección del proceso para reagrupar a los pueblos; interpretar la realidad argentina y rastrear las semillas del proceso actual y, finalmente, tratar de ligar la retórica, el psicoanálisis, el posmarxismo y la teoría política para buscar nuevos caminos a los problemas que la democracia enfrenta hoy”.

En su visión, “en América latina los Parlamentos han sido siempre instituciones conservadoras, mientras que muchas veces un Poder Ejecutivo que apela directamente a las masas, frente a un mecanismo institucional que tiende a impedir procesos de la voluntad popular, es mucho más democrático y representativo”.

Laclau sostenía lo siguiente: “Detrás de toda la cháchara acerca de la defensa del constitucionalismo, de lo que se está hablando es de mantener el poder conservador y de revertir los procesos de cambios que se dan en nuestras sociedades.” A la vuelta de los años, en la Argentina, presa otra vez de antagonismos y antinomias, Laclau ha regresado para retomar aquella “batalla cultural”, por ahora sin un plan de desarrollo que la justifique.

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