Como ocurre en Venezuela, el diccionario K instaló la palabra «odio» para denominar cualquier discrepancia

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El diccionario del gobierno de Alberto Fernández acuñó una nueva palabra para designar a toda opinión que discrepe con la del oficialismo: “odio”. Ya no hay disidencias, críticas ni opiniones divergentes. Todo eso ha sido reemplazado por el “odio”, a secas. Y los que las expresan son “odiadores seriales” y no simples ciudadanos opositores en uso de sus libertades políticas y de expresión.

No es una observación semántica o lingüística, solamente. En la política las palabras importan y mucho. Desde 2017, en Venezuela existe la Ley contra el Odio y en virtud de ella muchos opositores o disidentes son criminalizados y llevados a prisión.

También en otros países existen leyes contra el “delito de odio” y se usa para castigar actos de supuesta discriminación de raza, religión, credo o género. Pero en algunos, se llega al extremo de juzgar y condenar a quienes se oponen a la educación sexual de sus hijos bajó la ideología de género. Todo un absurdo de la intolerancia.

En la primera etapa kirchnerista, entre 2003 y 2015, las palabras que usaban Néstor y Cristina Kirchner para descalificar a los disidentes eran “destituyentes”, “golpistas”, “gorilas” o “cipayos”. El primer kirchnerismo tenía su propio diccionario. Ahora, aquellos «golpistas» pasaron a la categoría de «odiadores seriales».

En su discurso por el Día de la Independencia, Alberto Fernández dijo que quería un país “sin divisiones ni odio” y que “vine aquí para terminar con los odiadores seriales”. Lo hizo nada menos que en un acto patrio, en una fecha patria, y con un discurso en el que convocó, paradógicamente, a la «unidad nacional».

Santiago Cafiero dijo después que “si se empieza a instalar un discurso de odio hay que desarmarlo rápidamete”. Mayra Mendoza dijo que los manifestantes del Banderazo “promueven el odio y buscan generar caos”.

El odio se transformó en sinónimo de la discrepancia. ¿De dónde viene esa jerga? En el Gobierno aseguran que La Campora tiene la teoría de que está transitando una etapa similar a la del peronismo de 1955 y que al Gobierno lo quieren voltear.

En el peronismo de aquellos años Arturo Jauretche instaló una expresión en el título de su libro “Los profetas del odio y la yapa” de 1957 para designar a todos aquellos factores culturales que se oponen al desarrollo pleno de la Nación, a la prosperidad y al bienestar del pueblo.

Sería una herramienta idónea para perseguir a opositores en una vuelta de tuerca de la persecución cultural que recomendaba Ernesto Laclau, según la cual la democracia se construía en base al conflicto y al enemigo común.

En Venezuela el delito contra el odio está institucionalizado. La Ley Constitucional contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia, también conocida simplemente como Ley contra el Odio, es una ley aprobada por unanimidad por la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela1 y publicada en la Gaceta Oficial Nº 41.274, del el 8 de noviembre de 2017.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, dijo ante los constituyentes que “ha llegado la hora de, a través de un gran proceso político de creación de conciencia, castigar los delitos de odio, la intolerancia en todas sus formas de expresión y que se acaben definitivamente”.

La ley establece penas de 20 años de cárcel, cierre de medios de comunicación y multas a empresas y medios electrónicos. Con esa ley, Maduro penaliza y criminaliza la disidencia política al tipificarla como delito, establece restricciones a la libertad personal y promueve tanto la censura como la autocensura.

En otros países, los delitos de odio tienen se dan cuando una persona ataca a otra motivada exclusivamente por su pertenencia a un determinado grupo social, según su edad, sexo, género, religión, raza, etnia, nivel socio-económico, nacionalidad, ideología o afiliación partidaria, discapacidad u orientación sexual. La instalación de la palabra «odio» podría ser el preludio para una criminalización de conductas disidentes que al gobierno de turno se le pueden antojar que configuran «odio».

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