Crónica de la “grieta” de periodistas que obliga a retomar la cordura y moderación: ¿Qué nos pasó?

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Cuando comencé en este maravilloso oficio, todos los periodistas cultivábamos la camaradería sin suspicacias ni acusaciones entre colegas. Existía una frase según la cual estaba muy mal visto “hacer periodismo de periodistas”. Nadie criticaba la cobertura, la opinión o la información del otro. Nos respetábamos entre todos, cualquiera fuera nuestro medio, la orientación de su línea editorial o las preferencias individuales. Sobre gustos, no había nada escrito y todos los enfoques eran respetables.

En esos tiempos, allá por 1992, solíamos hacer guardias periodísticas en las que nos encontrábamos los cronistas de distintos medios, edades, experiencias y conversábamos animadamente e intercambiábamos anécdotas y vivencias. Y era natural entablar relaciones entre medios, e incluso intercambiar información según las necesidades de cada uno. Había solidaridad y compañerismo.

No se nos pasaba por la cabeza discriminarnos ni enfrentarnos unos a otros, hacernos zancadillas en público, sino más bien todo lo contrario. Hacíamos un culto de las relaciones profesionales y de amistad.

Y mucho menos se nos ocurría pelearnos, discutir en público y ofrecer espectáculos penosos de debates ideológicos, insultantes, descalificadores, sin sentido, ante las audiencias. No discutíamos de política ni siquiera en privado, porque todos dábamos por supuesto y estaba sobreentendido que éramos periodistas y que mirábamos el partido desde nuestro palco de prensa relatando información concreta, jugadas y las zancadillas de aquellos que estaban jugando el partido en la cancha.

No éramos nosotros los jugadores. No tomábamos parte. Sólo buscábamos obtener la mejor historia del relato de aquello que nos tocaba relatar. Para nosotros, la política era el objeto de nuestro trabajo: terminaba una vez terminada la cobertura periodística. No era objeto de involucramiento personal, porque más bien nos reíamos de los que jugaban el partido y de sus torpezas.

En los viajes presidenciales o en las distintas coberturas en el interior o exterior del país –elecciones, sucesos, giras de un presidente-, los periodistas de todos los diarios y de todos los medios audiovisuales podíamos compartir los almuerzos y las cenas. Nunca iban a discriminar a un tercero por pertenecer a algún medio o por pensar de alguna mantera determinada. Todos éramos laburantes y nos reconocíamos como tales. Nos respetábamos y hasta nos teníamos estima, afecto, amistad.

¿Qué nos pasó? Muchos periodistas se compraron la ideología o se pusieron la camiseta de los jugadores que jugaban en la cancha y en algunos casos algunos se pusieron a jugar en esa cancha embarrada. Muchos querían ahora patear el córner y cabecear. Y entraron en un juego para el cuál no estaban preparados. Todo se confundió. Sobrevino un espectáculo dantesco de agresiones y agravios públicos que hoy perdura y se agudiza con cada conflicto o con cada programa de TV.

Muchos periodistas se maltratan entre sí en espectáculos televisivos, otros piden incendiar campos o romper silobolsas, otros acusan de golpismo a los que quieren investigar casos de corrupción, otros se convierten en censores bajo el paraguas de una “defensoría del público”, otros acusan de espionaje a sus colegas, otros piden tribunales de la venganza o conadep para periodistas. ¿Qué nos pasó?

Comenzó con gobernantes que acusaban a los periodistas de ser “operadores políticos” de oscuros intereses económicos. Entonces aparecieron las discriminaciones psicopáticas a periodistas: subían y bajaban del avión presidencial a unos cronistas; les daban información y reportajes a otros. Aunque nunca les daban información publicable, sino propaganda, versión oficial y gacetillas. Y hasta desarmaban conferencias de prensa cuando veían llegaban los periodistas independientes a los que calificaban de “operadores” sin que por ello los colegas preferidos del poder atinaran a solidarizarse con los discriminados.

Lograron quebrarnos. Unos cronistas comenzaron a disfrutar de la recompensa informativa (o económica) de pertenecer al equipo ganador, de ponerse la camiseta. Y se convencieron a sí mismos de que lo hacían por el bien de la Patria, en contra de los oscuros poderes concentrados y de los medios hegemónicos. Casi sin querer se fueron transformando en verdugos de aquellos antiguos amigos que eran discriminados.

Todo era por la causa de batir a esos intereses superestructurales que esclavizaban al pueblo. En nombre de esa liberación se convirtieron en vigilantes. Comenzaron a romperse los almuerzos y las cenas en los viajes. Comenzaron a resquebrajarse las camaraderías y las lealtades. Ya las charlas no podían ser tan naturales…

La política, en la cancha, se fue convirtiendo en una guerra cruenta y sucia entre “nosotros y ellos”. El conflicto se transformó en la base de una democracia tensa y densa, distorsionada por el látigo y la billetera. En la que el Príncipe le pedía cada vez más pruebas de amor a “sus” periodistas y “sus” medios. No conforme con ello, comenzó a comprar radios, diarios, canales y multimedios. Era a matar o morir, no se escatimaba en armamento. Unos la llamaron “batalla cultural”, otros “periodismo de guerra”. Ambos estaban equivocados. La información es libertad y no muerte.

Y muchos colegas trasladaron al periodismo esa penosa “grieta” importada de la política. En la que ser progresista y de izquierda era todo lo virtuoso y políticamente correcto, mientras que pertenecer a un medio conservador era sinónimo de defender aquellos oscuros intereses, ser parte de la dictadura interminable, o haber sido cómplice de desapariciones. Todo se fue desmadrando, confundiendo, y opinar diferente se volvió sospechoso. De esa desmesura nació 678, un emblema del escrache que era un pilar de la “revolución cultural” neomarxista y maoísta de Ernesto Laclau, un pensador del arte del conflicto como piedra fundamental de la construcción de poder.

Antiguas amistades se fueron rompiendo. Periodistas de primera pasaron a convertirse en burócratas del régimen de turno, en cancerberos que tenían que morder a los tobillos a todo aquel comunicador que escribiera una información crítica, independiente, bien fundada y documentada. Perros de presa que antes habían ofrecido trabajo en sus “paginas” a otros se subieron a un cohete a la luna y se transformaron en insultadores públicos de esos otros y de sus propios familiares.

Había parecido alguna vez que los años 90 les habían curado la enfermedad violenta de aquellos fatídicos 70. Que habían reflexionado y madurado. Parecía que las canas, a algunos de ellos, les habían servido para recuperarse de aquella noche negra de bombas, matanzas y traiciones. Pero volvieron peores y sólo eran células dormidas de aquel terror inconcluso y nostálgico. Ya sin bombas, fuera de época, pero con odio y resentimiento intactos.

Otros, los más jóvenes, quisieron emularlos y comenzaron a abrazar causas inexistentes, utopías de mentira, revoluciones supuestas, todas financiadas con bolsos de dinero y de engaños a la gente. Y quizás por bronca o desengaño, o ambos, comenzaron a descalificar la independencia periodística que ellos mismos habían valorado en gobiernos anteriores de signo contrario y habían perdido. Cuando todos hacíamos periodismo y buscábamos con independencia las mejores historias para nuestros lectores. Pero ya no pudieron volver de ese viaje. La bronca de ya no ser…

Fue entonces que, habiendo cruzado esa frontera imperdonable para aquellos viejos profesionales de la prensa, la del partidismo declarado y la militancia, los ahora guardianes del régimen comenzaron a fabricar el relato de que los periodistas no militantes habían pasado a tomar partido y se habían convertido en operadores de los grupos económicos concentrados, conservadores y hegemónicos: el antipueblo.

En realidad, ellos habían dado antes el paso a la militancia y ahora profundizaban la grieta para justificar el conflicto, que el propio poder los había forzado a agudizar para su propio negocio. Ese conflicto hoy renace al calor de la radicalización de un sector del poder, aunque otro procura mantenerse conciliador. Llegó la hora de volver a la moderación y a la cordura y al respeto mutuo. Es el tiempo de volver a las fuentes, porque al final del día la única estrella del periodismo es la información, los hechos puros y duros, y es el público el que puede cotejar las historias con la cruda realidad.

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