Enrique Shaw, la figura del empresario que corporizó la alianza entre la producción y los valores sociales

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El recordado director ejecutivo de la cristalería Rigolleau, Enrique Shaw, es la figura del empresario que demuestra que es posible una alianza entre los valores de la producción de alta calidad y los valores sociales de los trabajadores del campo nacional y popular. Que se puede sintetizar allí una estrategia de desarrollo productivo del sector privado con sentido social, valores humanos como la solidaridad y con prosperidad para todos. Así lo buscó hasta su temprana muerte ese directivo de Rigolleau.

Enrique Shaw está grabado en el recuerdo de los lugares más diversos. Se lo conmemora en los sitios web de la Unión Industrial Argentina (UIA), de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas (ACDE), de la que fue fundador, y también en los registros del Vaticano para la canonización como santo de la Iglesia.

El paso de Enrique Shaw por el mundo empresario puede dar la pauta de la necesidad de construir una burguesía nacional comprometida con los valores humanos más profundos y que pueda liderar una corriente de progreso que exija la integración entre las fuerzas políticas detrás de los valores fundamentales. Una corriente que pueda estar por encima de la política y que apunte a resolver la crisis cultural del populismo que castiga al que produce y premia al que se acomoda con el Estado.

Enrique Shaw marca un camino. Por su solidaridad con los 3600 trabajadores de su compañía, el papa Francisco le dijo alguna vez a una de sus nietas que alguna vez Enrique “será Santo”. Los antecedentes del empresario están en un lugar privilegiado de Roma.

Fue el hombre que antes de morir en 1962 se subió a un avión y viajó a Estados Unidos para convencer a los principales accionistas de su empresa de que no avanzaran con una ola de despidos y cesantías porque en ese caso él mismo renunciaría. Enfermo como estaba, ponía así en riesgo a su propia familia para lograr que otras pudieran seguir viviendo del trabajo de sus padres.

También luchó por la instrumentación de la ley de las asignaciones familiares en el régimen de trabajo de la Argentina. Se interesaba por cada empleado, lo llamaba por su nombre, y cada uno que lo consultaba por algún problema personal se llevaba una solución y una cálida sonrisa.

Cuando le pregunté a su nieta Sara Critto sobre las virtudes empresariales de su abuelo, ella me lo describió de esta manera: “Vivió con Alegría los tres deberes más destacados del empresario: 1) servicio, 2) progreso y 3) ascensión humana”.

Sarita señala que Enrique Shaw “recordaba los nombres y problemas de los más de 3000 trabajadores. Los escuchaba. Todo el que se acercaba a él se retiraba mejor. Los empleados dicen que con él sentían una paz profunda”.

En las 13.000 fojas que probarían de los antecedentes del Vaticano se dice que Enrique Shaw, porteño padre de familia y empresario, vivió “con heroísmo las virtudes cristianas”. La causa de canonización fue abierta en 2001 en Buenos Aires por el entonces cardenal Jorge Bergoglio, cuando era arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires y cardenal primado de la Argentina.

El postulador de la causa Juan Navarro Floria lo describió como “un santo, si Dios quiere, de traje y corbata, que usaba anteojos y andaba en auto, en avión y en avioneta. Un testimonio vivo y entusiasta de que la santidad es posible también en el matrimonio, en la paternidad, en la actividad profesional y social”. Si así se concretara, Shaw sería el primer empresario canonizado santo.

Luego de haber pasado por la Armada Argentina como marino, Shaw condujo la cristalería Rigolleau desde 1945 hasta 1962, cuando falleció como producto de un cáncer, a los 41 años.

Promovió la sanción de la ley de asignaciones familiares a raíz del nacimiento del hijo de Adelina Humier, una de sus secretarias en la cristalería. Esa empleada, luego de varios años le comentaría a la prensa: “Cuando iba a tener a mi bebe, no querían darme un aumento por mérito y fui a hablar con él y me dio mucho más de lo que le pedí; con decirte que podía pagar el alquiler, el gas, la luz y todavía me sobraba”.

“Todos nos quedábamos tranquilos si lo escuchábamos decir que algo era una injusticia; estábamos seguros de que rápidamente solucionaría el problema. Y así pasaba”, dijo Adelina.

En los últimos días de Shaw, éste padecía internaciones por su enfermedad y en la empresa Rigolleau pidieron dadores de sangre para una transfusión. La solidaridad con el jefe fue conmovedora, porque acudieron 260 empleados.

Después del alta, Enrique Shaw fue a la fábrica y les dijo a los empleados que estaba feliz porque había logrado “tener sangre obrera”.

Un año antes de su muerte la sede central de Rigolleau en Estados Unidos había decidido despedir a unos 1200 empleados debido a una de las tantas crisis de la economía argentina.

“Si echan a una sola persona, yo renuncio”, comunicó Shaw en su diálogo con los accionistas norteamericanos. Una de sus hijas Sara Shaw de Critto recordó años después que “si renunciaba, se quedaría sin pensión, y así dejaría a mi madre sin cobertura y con nueve hijos”. Pero la gestión valió la pena. Se frenaron los despidos.

Propuso medidas profesionales y económicas garantizando con su firma que ningún obrero sería despedido mientras durara su buena conducta. El testimonio de Enrique Shaw da cuenta de que no es imposible construir una cultura empresaria que pueda contemplar las necesidades de los trabajadores y una cultura sindical que también pueda compenetrarse en la producción cuando se establecen relaciones laborales justas en donde cada una de las partes pueda gozar de su justo beneficio.

“Mi papá era uno de los que iban a echar. Yo había nacido hacía poco y con el tiempo me contaron que Shaw viajó a los Estados Unidos y no echaron a nadie”, dijo Liliana Porfiri. “Lo que más disfrutaba de él era su alegría. Ante accidentes, problemas de salud o lo que fuera, él con mucha paz decía: “Que sea lo que Dios quiera”.

Los que conocieron a Enrique Shaw, siempre se refieren a él con la misma frase: “¡Qué hombre bueno! ¡Ese hombre sí que era un santo!… La otra frase que repiten todos es ¡Rigolleau era una familia!”

Su esposa Cecilia Bunge de Shaw escribió: “En 1961, cuando llegó una orden de la Corning Glass Work para despedir muchos empleados de las Cristalerías Rigolleau, Enrique se opuso. El dijo que si despedían aunque sea uno solo, él renunciaba”.

Era ese un momento de bastante esplendor para la cristalería. La relación con esa empresa americana siempre había existido por el tema de la patente de las fuentes para horno Pyrex. Corning lo llamó a Estados Unidos y él dio las explicaciones y no se echó a nadie. En ese viaje aprovechó a hacerse un chequeo donde salió la mancha del pulmón que la familia ya estaba esperando.

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