El «salario universal», nueva creación para eternizar la pobreza, sin educar ni asegurar formación laboral

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La clase política de la Argentina vive imaginando aumentos de los planes sociales para quienes no trabajan, rebajas de jubilaciones para quienes trabajaron toda su vida, y aumentos de impuestos para los que trabajan. Sólo lograron aumentar la pobreza. Pero ahora quieren inventar un nuevo ingreso: el salario universal. Eso sí: ni hablar de educar y formar a los beneficiarios de planes para la cultura del trabajo y actividades productivas de alto valor agregado. En aras de paliar la pobreza, sólo logran eternizarla y profundizarla cada mandato un poquito más.

Esa es la plataforma del pobrismo en la Argentina; la cultura de la incultura y de los antivalores. La crisis no es económica, sino cultural. En la Argentina desapareció el valor de la educación, la cultura del trabajo y del esfuerzo. La ayuda social es necesaria, pero debe ser una emergencia mientras se le brinda al pobre la mejor ayuda que es la educación y formación laboral para alcanzar un buen trabajo, que es el mejor plan social para el progreso real de esa familia.

Los gobiernos de Alberto Fernández, antes de Mauricio Macri, antes de Cristina Kirchner, y todos los gobiernos hacia atrás, sólo tuvieron reflejos para ganar las futuras elecciones y no en cambiar el país para las futuras generaciones. Cada uno quiere ser el creador de una nueva capa geológica de desocupados, rentados, y de nuevos “ingresos” de onda. Dentro del gobierno de Macri, por ejemplo, Patricia Bullrich solía discutir con Marcos Peña porque los sucesivos aumentos iban a fortalecer a dirigentes sociales K que luego terminarían movilizando a sus piqueteros contra el Gobierno.

Pero los políticos no tienen otro libreto más que aumentar los planes. No sólo evitan organizar un programa amplio de formación laboral en las principales actividades productivas de alto valor agregado para los jóvenes que no trabajan ni estudian. Sino que también les quitan el derecho a los niños de la Argentina de poder aprender la educación básica: inicial, primaria y secundaria.

Escuelas destruidas, derruidas, y docentes que no saben sumar ni restar, ni leer ni escribir. En la Televisión Publica, una docente no supo multiplicar 4,35 x 10 y dijo que el resultado era 40,35 porque “el 4 pasaba a la decena”. Otra invitó a jugar a los chicos a que viajaban a una provincia «desértica» como “Salvador de Jujuy”. Las maestras de la liberación no conocen la matemática básica ni la geografía de su país.

Eso sí: esas mismas «seños» ahora deben enseñar a la perfección el lenguaje inclusivo, poner la letra “e” en cualquier palabra y explicar en “Formación Ciudadana” las últimas técnicas de la protesta social, con trabajos prácticas en tiempo real de tomas de escuelas, sentadas, huelgas y mucha falta de respeto a la autoridad. Porque eso hará jóvenes y adultos libres que sabrán empoderarse, defender sus derechos frente a las culturas autoritarias, conservadoras, patriarcales, capitalistas y machistas.

Pero los docentes no se quedan en teorías; predican con el ejemplo: sus agrupaciones sindicales viven haciendo paros, quitándoles días de clase a los chicos, sobre todo a los más pobres, porque son tan progresistas que no les importa dejarlos en la ignorancia total, presos en el futuro de los planes sociales que cobran sus padres y que seguramente ellos deberán volver a mendigar. Así se comporta el progresismo conservador argentino.

Ese progresismo que odia el progreso y que sólo conserva la pobreza y la postergación y que se va conformando en una nueva oligarquía del poder. Ellos sí son los verdaderos oligarcas, los que les niegan el progreso a las clases más populares, los que les roban el futuro al no educarlos. Por supuesto, la clase política hace su parte, negándoles un salario digno a los docentes con el cual no pueden sino vivir de huelga.

¿Los niños, los jóvenes? Bien, gracias… Ellos pasarán seguramente de grado sin saber sumar, restar, multiplicar ni armar frases. No se les pondrá ningún límite, más que el de su propia voluntad. Son jóvenes empoderados y saben lo que necesitan.

Las reglas, las normas y las leyes son instituciones conservadoras y hay que barrer con ellas. Y de última, cuando sean grandes, ahí estarán los planes sociales y seguramente el «salario universal» para seguir ampliando sus derechos.

Ningún político ha pensado en que a los chicos pobres hay que comenzar por enseñarles desde la escuela, además de una educación de calidad, oficios, competencias, habilidades laborales, para que se sepan desenvolver en el mundo cada vez más tecnológico, para poder imaginar nuevas maneras de producción de alimentos, agro, tecnología, mecánica, servicios, minería, energía.

Patricia Bullrich fundó en 2019 el Servicio Cívico Voluntario; en cuatro meses 1200 jóvenes de entre 16 y 18 años aprendieron soldadura, mecánica y reparación de aire acondicionado, y se sintieron realmente empoderados. Pero el gobierno de Alberto Fernández lo desactivó porque se hacía en las instalaciones de la Gendarmería y ello era promover una cultura represiva en los jóvenes.

Bullrich lo hacía en la Gendarmería, porque era ministra de Seguridad y en esas sedes tenían herramientas, edificios, personal y logística para organizar cientos de jóvenes.

¿No podría el nuevo gobierno haber cambiado el lugar de enseñanza en vez de eliminar una iniciativa que estaba rindiendo buenos resultados? Nada. Todo a la basura.

Ningún partido político tiene en sus plataformas programas de reconversión laboral masivos, integradores al mundo productivo, pensados con los empresarios, los sindicatos, el Estado y la sociedad civil.

Nadie piensa en cómo enseñarles a pescar a esos niños, jóvenes o ya adultos. Porque los políticos quieren regalarles el pescado porque es más fácil imaginar salarios universales para jóvenes inactivos. Los quieren condenar al plan social, a la vagancia, a la delincuencia o al narcotráfico, y someter la vida de esos futuros esclavos a la voluntad del Estado, del político o del líder de turno. Se les cercena la libertad, se les hipoteca la dignidad y la condición humana para progresar y formar familias.

Se condena al Estado a cobrar cada día más impuestos para poder sostener esos salarios universales, impuestos que pagan sólo los que trabajan pero ya no pueden resistir más, ni pagar sus costos fijos, ni los salarios, ni los servicios que consumen.

Se apela entonces a la emisión monetaria porque ya el endeudamiento no da más, y entonces se consolida la inflación futura, que terminará licuando los planes sociales y los salarios universales que deben entonces renegociarse tras luchas callejeras de piquetes. Se genera el mayor círculo vicioso: un Estado cada vez más grande y menos presente, un sector privado cada vez más escuálido e impotente y trabajadores que ya no trabajan ni producen sino que mendigan limosnas estatales.

El resultado evidente termina siendo una crisis interminable que da vueltas sobre sí misma, en círculos como un perro que se muerde la cola, y finalmente nunca conseguirá la contención social que pretende buscar. La pobreza se perpetúa.

Más que un plan económico, la Argentina necesita un plan cultural. Mucha educación en todos los niveles y un plan de recuperación educativa y formación laboral para los sectores excluidos. Sin cultura del trabajo y trabajadores calificados no hay inversiones, es al revés de lo que muchos piensan. El trabajo y el esfuerzo generan negocios y las inversiones no pueden generar trabajo si no hay trabajadores calificados.

El Gobierno, éste o el que venga, tiene que ponerse como primer objetivo reducir drásticamente los planes sociales, educando a los titulares de esos planes con formación laboral genuina y apostando a la educación. El ministro de Educación debe ser más importante que el de Economía.

La única salida es una revolución educativa, sólo así la Argentina llegó a los primeros planos hace un siglo. Esto es más importante que bajar o subir un impuesto, renegociar una deuda, o tocar el tipo de cambio. Generar conocimiento es asegurar riqueza. Al perder la cultura, la educación, hemos perdido el rumbo.

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