El “Banderazo” obliga al Presidente a una lectura fina del descontento de la gente de a pie que lo votó en 2019

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El “Banderazo” de ayer 20 de junio obliga a Alberto Fernández a formular una lectura refinada e inteligente de la realidad y a no quedarse en el conformismo de que “son sectores confundidos” o simples caceroleros que no aceptan al gobierno popular porque no quieren resignar privilegios. Salió a la calle la clase media empobrecida que en gran medida tuvo esperanza en el Presidente pero ahora teme que la pandemia del Covid y/o la influencia del kirchnerismo radicalizado la despoje de su libertad, de sus valores, de su trabajo, de su estilo de vida, de su comercio o de su propiedad privada.

La multitudinaria marcha nacional puede gustar o no, pero lo que no puede el Gobierno es ignorarla; sería un suicidio político a apenas seis meses de gestión. La clase media vota inclusive cuando no hay elecciones y ayer votó la gente de a pie.

Las caravanas masivas, celestes y blancas, no eran un conjunto de fanáticos del directorio del Grupo Vicentin, directivos que deben ser investigados, así como las gestiones macristas y kirchneristas que los llenaron de imprudentes créditos estatales.

Salieron a la calle los sectores medios despojados, los que pagan impuestos y no les alcanza el sueldo, los que perdieron sus trabajos o sus comercios y los jubilados a los que les prometieron beneficios en las elecciones de 2019 y que fueron los primeros ajustados de la ley de solidaridad social de diciembre.

Los mismos que no entienden cómo el Presidente forzó por DNU la semana última la prórroga por 180 días de la suspensión de la movilidad jubilatoria, que le otorgaba mayores aumentos de los que Alberto dispuso por decreto en enero y en junio.

Salió a agitar su bandera el pequeño y mediano comerciante indignado porque no puede trabajar, pese a que podría hacerlo con protocolos, mientras que sí trabaja el supermercado que concentra multitudes en sus góndolas y que está en la otra cuadra. Todos ellos están empobrecidos, pese a la ayuda estatal, porque pese al “Estado presente” no les alcanza ni para pagar los sueldos. Mientras, la Justicia y el Gobierno toman medidas para favorecer a la vicepresidenta Cristina Kirchner en todas las causas judiciales en la que está acusada por corrupción.

Ese comerciante, campesino, empleado o cuentapropista no puede salir del estupor cuando observa que el Estado le devuelve una jubilación de 400 mil pesos retroactiva al ex vicepresidente Amado Boudou, que fue condenado a cinco años y diez meses de prisión por manotear y expropiar una imprenta como Ciccone y cumple condena en su casa.

Los pueblos del interior, que viven de su trabajo, salieron a las rutas porque temen que la expropiación de Vicentín sea, además de un despojo para muchos trabajadores y productores, una nueva declaración de guerra contra la propiedad privada, contra sus patrimonios, contra el campo y contra esos pueblos, mientras observan que La Campora se frota las manos para ocupar cargos en el nuevo directorio de la mayor exportadora del complejo cerealero. Y a no quieren venderles sus granos a los “pibes de la liberación”, ya no tan pibes.

La gente salió a tocar las cacerolas y las bocinas, y a agitar sus banderas, porque es muy evidente la omnipresencia de Cristina Kirchner en las decisiones más conflictivas del Gobierno y porque el mismo Presidente comenta sus reuniones con ella en Olivos. Porque esa influencia no la oculta el Presidente cuando introduce en una conferencia de prensa a la senadora mendocina Anabel Fernández Sagasti, de quien se sabe es una alter ego de Cristina y de Máximo Kirchner.

Es cierto que sin Cristina es la accionista principal de un 30% de votos del Frente de Todos. Pero no se llegaba al 48% que obtuvo Alberto sin el agregado de 18 puntos que tal vez nunca la hubieran votado a ella, pero sí lo hicieron porque se le sumaron otros sectores del peronismo, los gobernadores, Fernández y Massa. Muchos de estos votos de estos votos agregados estaban ayer en las rutas y en las calles.

El trabajador, el comerciante y el productor no quiere vivir del la IFE ni del ATP. Porque siempre detestó la AUH, porque desprecia los planes sociales y porque los interpreta como una herramienta de manipulación política hacia una pobreza a la que no se le ofrece educación, ni formación laboral ni trabajo, sólo se le garantiza clientelismo. A ese sector enojado no se lo compra con un subsidio, porque su dignidad personal siempre estuvo atada a progresar con su propio negocio.

La clase media es la primera en detectar la falta de libertad, de privacidad, o las intenciones de geolocalización, cuando desde el poder se intentan instalar mediáticamente una serie de denuncias de espionaje contra un ex presidente contra el que todos saben que la ex presidenta se quiere tomar venganza. Cuando la heladera no se llena, la gente no consume novelas de espías.

Esas urgencias salieron a agitar la bandera argentina. Las miles de personas levantadas en todo el país están confirmando que Alberto Fernández no está siendo claro cuando asegura que está dispuesto a escuchar propuestas alternativas a un avasallamiento contra la propiedad privada y al día siguiente asegura que la única herramienta que tiene a mano es la expropiación.

Esa misma clase media no sabe cuándo el Presidente le habla a la gente de a pié y cuándo le habla a Cristina. Los que agitan banderas no saben si el primer mandatario le dice la verdad al gobernador de Santa Fe, Omar Perotti, o si se la dice a La Campora.

Esa misma clase media empobrecida fue la que votó a Alberto en 2019 para que pusiera alimentos en la heladera vacía de los argentinos, escapando del mal gobierno de Mauricio Macri, pero no quería que Alberto hiciera regresar en masa a La Campora a todos los principales cargos del Estado.

No quería un Gobierno que favoreciera la liberación de los presos comunes ni los de guante blanco, ni de los violadores o de los asesinos. Ni que reformara al Poder Judicial a su arbitrio o modificara la Corte Suprema. Ni que reabriera la grieta con batallas ajenas a la clase media y de las que nadie, nunca, saldrá ganando.

Ayer salieron a las rutas y a las calles muchos de quienes votaron a Alberto en 2019 pero no habían votado a Daniel Scioli en 2015 porque entonces estaba controlado por Carlos Zannini y por Cristina Kirchner, a control remoto. Son los que no quieren doble comando, y menos un comando solapado de quien ellos no votaron.

Muchos de los que salieron a la tocar bocinas prefirieron hace 5 caños votar a Sergio Massa como una opción de peronismo moderado y de sentido común. Y en el ballottage de aquel momento huyeron del peronismo, de Scioli y de Cristina para darle el voto de confianza a Macri, que los defraudó sin medias tintas.

Es por eso que en 2019 volvieron por sus fueros junto a Massa y a los gobernadores a unificar al peronismo con el kirchnerismo, como en 2003. Entre esos regresados estaba el propio Alberto Fernández, a quienes lo votaron para que sea Alberto Fernández y no Cristina Fernández. Para que sea moderado y no radicalizado. Para que sea conciliador y no crispe a la sociedad. Para que las decisiones se tomen por consenso en un Consejo Económico y Social y no en un arrebato de Ricardo Echegaray o de Fernández Sagasti, para que Alberto sea un comandante contra la pandemia y no un soldado de Cristina.

Esos votantes no firmaron un cheque en blanco para volver a 2008: votaron por el futuro y no por el pasado. En lugar de enojarse, Alberto y Cristina deben hacer una lectura inteligente de la realidad y no cometer el error de Macri, de subestimar la realidad. No sobran conspiraciónes ni reclamos políticos, sino que faltan respuestas.

Si pueden leer la reacción social con humildad y detenimiento, todos saldrán ganando. Si se apegan a la soberbia, a la ceguera y consideran que los demás están “confundidos”, o influenciados por los periodistas que “siembran angustia”, todos marcharemos hacia el abismo.

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