Llegó la hora de hacer un plan de cuarentena y no «seguir corriendo el arco»

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La sensación de impotencia y desesperación comienza a generar problemas psicológicos y de conducta en muchas personas que viven la cuarentena obligatoria para superar la pandemia del Covid 19 como algo necesario, pero angustiante por los problemas económicos: falta de pagos y cobranzas, deudas que se acumulan y parálisis económica. A ese ciudadano común se le dijo hace diez días que el aislamiento terminaría el lunes 13 de abril. Se preparó, programó su cabeza. Se mentalizó y se organizó para reanudar sus actividades en esa fecha. Y ahora le cuentan que todo seguirá igual. Nadie sabe, en verdad, si será hasta el 23 de abril o más: fin de mes, mediados de mayo… Esas personas viven la incertidumbre de quienes sufren porque les viven “corriendo el arco”. Tienen que reprogramar su actividad profesional, laboral, y su propia organización mental. Pueden sufrir un desorden psíquico que también hay que evitar, al igual que la propagación del virus.  

La gente está angustiada porque no tiene la noción del tiempo que deberá permanecer inactiva. 

El presidente Alberto Fernández va determinando con los científicos, economistas, industriales y comerciantes, además de la CGT, la medida en que flexibiliza la cuarentena. Todo dependerá de los resultados y de la evolución de la pandemia, que por suerte hasta ahora arroja números alentadores en la “curva de contagios”. Aunque todavía no hay que cantar “Victoria!” porque hay pocos testeos. Pero esto tiene un impacto en la economía y en la vida de la gente. 

Es necesario, para el ser humano, tener una fecha que signifique un horizonte para programar su vida.

 

Lo primero debe ser establecer una fecha tentativa, lo más prudente y conservadora, para poder cumplirla. ¿Un mes, dos o tres? Lo que se necesite. En segundo lugar establecer un “Plan de Guerra” en lo económico y productivo. Diseñar un dispositivo para que aquellos sectores que pierdan sus ingresos puedan recuperarlos con una compensación de emergencia razonable. Lanzamos algunas ideas al aire, sabiendo que no son ortodoxas, ni deseables. Pero a situaciones extraordinarias, soluciones extraordinarias. 

Hay un gran debate en el seno del Gobierno sobre cómo se financiarán las ayudas. Está claro que la recaudación de pesos caerá estrepitosamente en la Nación, las provincias y la Ciudad. Y los ingresos de la gente común también. Y que los gastos de todas las jurisdicciones aumentarán en forma exponencial. El debate sobre la emisión monetaria está instalado. 

Imposible conseguir deuda, y menos en estos montos. Descartemos que suban los ingresos fiscales. Más allá de los fondos previstos como los ATN, no se podrán pagar los sueldos de ninguna jurisdicción, las jubilaciones, los planes sociales, las AUH, las IFE y los proveedores. Hay que auxiliar a muchos sectores, porque no pueden vivir de sus ingresos, porque no los perciben. El taxista que hace dos viajes por día está “menos veinte”, o el peluquero que no atiende no puede cobrar su trabajo, ni el carpintero ni el comerciante de ropa, regalos, etc. Quienes puedan seguir percibiendo ingresos, aunque decaigan, podrán seguir pagando bienes y servicios, con ciertas facilidades atendibles por la fuerza mayor de la cuarentena: postergación de impuestos, créditos, alquileres, etc, como hasta ahora.

Pero hay que darle un trato diferente a quienes no perciben un solo peso y están en situación desesperante: cuentapropistas, taxistas, peluqueros, comercios no esenciales, y demás.

Para diseñar este “Plan de Guerra” es indispensable reunir a todos los sectores en un Consejo Económico y Social, con representación política también de la oposición, donde todos los partidos políticos puedan ponerse de acuerdo en pautas sanitarias, pero también económicas, ingresos compensatorios, créditos, emisión monetaria y salida de la crisis. No sólo deben estar representados los sectores empresarios, sindicales, culturales y los movimientos sociales, sino también todo el arco político y todos los economistas de primera línea. Y no desaprovechar las ideas ni el ingenio de nadie.

Durante ese tiempo los ciudadanos no gastarán un peso en esparcimiento, servicios culturales y turismo. Por razones obvias y de fuerza mayor, la demanda de bienes y servicios se focalizará a lo esencial, por lo tanto no habrá una demanda agregada. Nadie saldrá a comprar más electrodomésticos ni gastará en cine, viajes o esparcimiento, fiestas, ni más alimentos de los necesarios, sino lo indispensable para sus familias. La economía que funcionará en emergencia para salir del mal momento y con un acuerdo de todos.

Esta sería una realidad similar a la que vivimos actualmente, pero con fechas más previsibles y con algunos aditamentos en ingresos que sirven como andador para este tiempo. De ese modo, se establecerá cierta tranquilidad psicológica en medio de tanta incertidumbre que genera que todos los días el Gobierno a través de sus voceros y sus reuniones nos siga “corriendo el arco”. Y nos obligue a cambiar todos los días nuestras expectativas y planes.    

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