COMO PASTOR, EN PLENA TORMENTA DEL VIRUS, FRANCISCO CONVOCÓ A LIBERARSE DEL TEMOR Y A ABRAZAR LA SOLIDARIDAD

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Por Mariano Obarrio

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Con palabras de pastor, el papa Francisco convocó urbi et orbi, a la ciudad y al mundo, a liberarse del temor en medio de la tormenta del coronavirus y a abrazar una humanidad con nuevas formas de hospitalidad, fraternidad y solidaridad, que son las formas del amor, que es el primer mandamiento evangélico de Jesús: «Amense los unos a los otros». El Santo Padre lo hizo a través de la lectura del Evangelio (Marcos 4, 35) en la que Jesús calma la tormenta luego de que los discípulos atribulados lo despiertan aterrorizados por la lluvia y el viento que azotaba y que estaba a punto de hundir la barca.

El Hijo de Dios dormía plácidamente en la popa confiado y sin temores en medio de la tempestad. Debió despertarse ante el reclamo temeroso de sus discípulos, desesperados: «¿Es que no te importa que nos hundamos». Y Jesús responde, con un tono de suave recriminación, que no deben tener temor, sino fe, confianza, y El mismo calma la tormenta. Todos quedaron maravillados cuando el mar y el viento amainaron de inmediato.

En la vida cotidiana el temor desata acciones negativas y el amor da paso a la solidaridad, una cadena virtuosa. El temor es el origen del «sálvese quién pueda», la codicia, la violencia, el egoísmo, las guerras, la ambición desmesurada y la desconfianza en el «otro». Por el temor al «otro», lo elimino, lo margino y discrimino: el «otro» pasa a ser una amenaza, un peligro latente, y hay que sacarlo del medio, minimizarlo, neutralizarlo. Y así el temor es el padre de tantos odios, celos, envidias, venganzas y conflictos.

Se podría decir que el temor es la contracara del amor, la otra cara de la moneda. El papa Francisco describe perfectamente que el temor ha desatado una civilización sin horizontes trascendentes, con falsos ideales, agendas y paradigmas, la seguridad, el éxito y el poder a cualquier precio, ideales en los que lo superfluo pasa a ser el todo. La trascendencia es sólo pasajera, efímera e inestable.

Por temor, hemos dejado de lado los valores trascendentes confundiendo derechos con arbitrariedades, crímenes con derechos, y todo se hizo en nombre de una libertad sin humanismo.

Mensaje completo del Papa Francisco

https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2020-03/homilia-completa-oracionextraordinaria-papafrancisco-coronavirus.html

El papa Jorge Bergoglio propone recorrer el camino inverso, el de la humanización: una sociedad que construya sus mecanismos de hospitalidad, fraternidad y solidaridad, que son valores ciudadanos que no pueden ser plasmados sino en el amor, que en la política se traduce en la «amistad social». En los que el centro es la persona. Una civilización humanizada en la cual el reconocimiento del otro, de sus necesidades, con valores firmes, como la educación y el trabajo, pase a ocupar el primer lugar en la agenda, liberándonos de las «agendas falsas».

El amor, como valor social y humano, es el centro del mensaje cristiano. La persona humana es el centro del humanismo trascendente. El amor no es sentimiento sino es pura voluntad. Se ama no sólo con el corazón sino también con la inteligencia, con el propósito, con el foco de nuestra mente. Es voluntad y es un valor que permite discernir entre el bien y el mal. Y esa voluntad de la persona desata una cadena virtuosa, de acciones positivas, que benefician en el verdadero crecimiento espiritual del hombre.

Es el valor humano por excelencia. Así como la vida es el primer derecho humano, el amor es la voluntad de actuar con y junto al otro como primer valor y como verdad absoluta. Ese es el verdadero camino. Y así como el odio es hijo del temor, el amor requiere valentía. No aman los débiles, sino los poderosos, los verdaderos empoderados.

Jesus en la barca del Evangelio a punto de hundirse y Francisco en la Plaza San Pedro vacía por una pandemia amenazante convocaron a reemplazar el temor por la fe, la confianza, la solidaridad, la fraternidad, la hospitalidad y el amor, en medio de la tormenta furiosa. Llovía en Galilea y comenzó a llover en Roma. Liberarse del temor y abrazar la solidariad, el amor. Un amor que no es para débiles ni sensibleros, sino para valientes que confían con humildad en sus fuerzas.

El mundo transita la tempestad. En medio de las guerras y la violencia, la soberbia y la omnipotencia, la naturaleza nos obliga a encerrarnos en nosotros mismos y volver la mirada a las cosas que habíamos olvidado.

Frente a la muerte, se trata de fortalecer las cadenas de solidaridad y de fraternidad. San Agustín decía «Ama y haz lo que quieras», marcando que en ese valor-voluntad desencadena lo bueno en forma una libertad absoluta y verdadera. Si guiamos la conducta por esa «voluntad» de producir lo mejor del otro, en lugar del temor al prójimo, la cadena de acciones positivas reemplazará al mecanismo negativo de funcionamiento.

Así como la tormenta pasó, la pandemia pasará. Pero luego de ella, habremos aprendido, quizás, que las libertades civiles no son absolutas si no son regidas por la responsabilidad y la solidaridad hacia la vida y la salud de los otros, de los demás. La libertad que se desentiende del vecino es falsa, engañosa, temerosa. Libertad con responsabilidad es libertad plena. Es el respeto al derecho a la vida de los otros.

Cuando creíamos que habíamos dominado la naturaleza, la tecnología, la ciencia y la medicina, que parecía controlar la vida humana y su muerte, el virus de un micron nos encerró en nuestras casas, nos generó pánico y zozobra. Nos puso ante la tragedia de perderlo todo.

Nos colocó ante la obligación de ser solidarios para cuidar todas las vidas, las nuestras y las de nuestros hijos, cuidando las del resto. Porque estamos en la misma barca, en el mismo mundo castigado.

En ese mundo en terapia intensiva, como un enfermo terminal, el papa Francisco dio la bendición urbi et orbi, hacia la ciudad y el mundo, con la indulgencia plenaria. Vale detenerse en esta liturgia del catolicismo.

La indulgencia plenaria es un perdón general y especial del Papa que se imparte en las fiestas de Navidad, de Pascua de Resurrección, y en momentos excepcionales, muy especiales. Para el cristianismo católico, es un perdón a todos, no sólo de los pecados, sino de las heridas que éstos dejan aún después de confesados. Pero no lo reciben todos, sino sólo aquellos que quieran recibirlos, con el propósito de enmienda y de una confesión lo más inmediata posible.

Sólo en un caso, este requisito no es posible: los sacerdotes tienen permitido impartir la indulgencia plenaria en nombre del Papa a los enfermos terminales. Tal vez, Francisco haya entendido, también, que había que bendecir con esa indulgencia a los enfermos terminales, que enfrentan sus últimas horas, a los que se fueron, a los que puedan venir, y al mundo que está en esa situación, en medio de una tormenta, ha puesto a la barca en situación terminal y al planeta en terapia intensiva.

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