O RECONSTRUIMOS LA FAMILIA Y LA EDUCACIÓN EN VALORES O CRECERÁN NIÑOS TIRANOS Y CAEREMOS EN LA BARBARIE

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Por Analia Forti.- *

 

Las ciudades debieran ser el lugar de los derechos y de la seguridad, no de la muerte y el miedo. Las ciudades debieran ser el lugar de la civilidad y la vida. Allí donde surge la ciudadanía como un vínculo entre iguales sometidos a la ley.

Sin embargo ya no lo son.

La ciudad se ha vuelto una ciudad de furia, de violencia brutal, un espacio de anómico sin ley, asfaltado de barbarie.

La cultura del “nada importa” se no ha impregnado en la sociedad de los valores muertos.

No importa el otro, no importa la vida, no importa la muerte, no importa la ley.

Yo no importo. Mi propia vida no importa y por eso consumo sustancias y alcohol para “sentir” ese efecto deshinibidor, esa ausencia de barreras represivas que la cultura ha creado. Las normas internalizadas se diluyen en las sustancias y el super-yo freudiano se fragiliza.

Nada importa.

Mi vida no importa y la del otro tampoco.

Y si nada importa, ¿qué podría importarme del impacto de mis actos en la vida del otro y en mi propia vida?.

En la paradoja de una ética amoral, la despreocupación axiológica impera. Esa despreocupación moral anula el deber de no dañar. Si me hacen yo hago, lo mismo que me hicieron y más.

Viajaron a Villa Gesell como turistas y quedaron presos como asesinos

En esa cultura de la amoralidad, hay sentimientos de frustración e impotencia por las crisis económicas, por la corrupción, por la inseguridad, por la falta de confianza en las instituciones, por la ausencia del Estado, por la ausencia de respuesta a demandas sociales básicas. Y ante este escenario de frustración aflora la ira como maltrato, como una forma de acción directa contra el otro. Y ahí el pasaje al acto violento, porque la incapacidad de expresar la ira con palabras en los ámbitos adecuados para ser escuchada, atendida y contenida.

Uno de esos ámbitos de contención de la violencia es la familia como institución, esa familia que contiene, sostiene, aloja y abre el espacio al diálogo y a la reflexión. La institución familiar está en crisis y ejerce cada vez menos control social. Es en la familia donde se enseña al niño la diferencia entre lo permitido y lo prohibido, se lo inicia en el sistema de premios y castigos y se lo introduce (a partir de esa regla primera de la prohibición del incesto), en ese pacto simbólico que es la ley.

La familia como célula básica de la sociedad es la base de la formación del sujeto y es el contexto de interacción social primario que regula los comportamientos. Y es por esto que los cambios que ha sufrido la familia ha tenido un impacto importante en las conductas violentas de los individuos.

El aumento de los hogares monoparentales y la necesidad de trabajar fuera del hogar de ambos padres, han modificado las condiciones de socialización y el control social de los hijos. Los niños permanecen solos durante muchas horas del día, o cuidados por figuras sustitutas o simplemente acompañados por pantallas. El proceso de socialización primaria que la familia como institución llevaba adelante se ha transformado. Los padres cada día más ausentes de los hogares buscan compensar la falta de tiempo con la falta de límites. El poco tiempo que comparten con sus hijos debe ser “amigable y divertido”, libre de las confrontaciones propias de la educación y la crianza.

Los niños tiranos crecen creyendo que tienen todos los derechos y ninguna obligación. Su solo deseo es satisfecho con tan solo expresarlo con cierto ímpetu e insistencia. Pequeños tiranos que ejercen el control, sin adultos dispuestos al ejercicio de la función parental de limitar sus deseos. Hay niños pero ya no hay adultos.

Los niños crecen y llegan a la adolescencia sin límites internos, sin ley internalizada, sin censura interna. Las figuras parentales ya no cumplen con sus funciones educativas y socializadoras. No educan en el respeto a la autoridad, ni hacia ellos como padres ni hacia el maestro, ni hacia la ley. No educan en valores ni en la empatía, ni el control de impulsos ni tampoco en capacidad de tolerancia a la frustración. ¿Cómo afrontarán estos niños las adversidades en su juventud cuando no hay construido recursos internos para hacerlo? No sabrán responder sino reaccionar y lo harán desde la ira y los comportamientos violentos.

Además de no existir límites internos, la situación se agrava al no existir tampoco límites institucionales. El Estado y sus instituciones están ausentes y sospechadas. Entonces, solo puede primar socialmente la venganza negativa (hago al otro lo que me hicieron o más). Este es el quiebre absoluto del lazo social, la muerte del pacto de convivencia. La incapacidad de tolerar toda diferencia habilita la instancia de la violencia y así la naturalizamos como algo más de lo lícito. Vamos construyendo una cultura amoral donde lo bueno y lo malo no logran diferenciarse con claridad y donde todo se vuelve lícito. Los actos ilícitos no tienen consecuencias. La violencia se vuelve un valor en alza y la violencia se vuelve un síntoma de la disfunción social.

La implementación de políticas de ordenamiento social, el fortalecimiento de las familias, el trabajo profundo en la educación, son los caminos de salida de la violencia como síntoma de la degradación del tejido social.

Una juventud masificada, con familias ausentes que no cumplen con sus funciones parentales, una educación deficiente, con sus expectativas frustradas en cuanto al desarrollo de un proyecto de vida y que crece en el desamparo de límites, de autoridad y de ley, no puede más que caer de rodillas en el vacío existencial.

Sin lugar a dudas, el camino de regreso a una sociedad edificada sobre valores, o lo construimos entre todos con responsabilidad y compromiso o nos resignamos tibiamente al imperio de la barbarie.

*Licenciada en Ciencias para la Familia, Consultora Psicológica

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