UNA HISTORIA DE LA DEFENSA DE LAS «DOS VIDAS» QUE NACIO AL CALOR DEL HOGAR Y DE LAS ADOPCIONES DE «HERMANOS»

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*Foto: de izquierda a derecha: Ramón, Lucía, Graciela (mi madre), yo y Franklin (mi padre)

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Por Mariano Obarrio

Muchos colegas me preguntan por qué defiendo «las dos vidas». ¿Por qué creo en la vida del niño por nacer y por qué me involucré en ese conflicto que no da réditos en el periodismo? Mi amor por la vida nació tal vez por una deuda de gratitud con mis padres, esos que nos predican lecciones de vida con el ejemplo. Ellos me enseñaron a honrar la vida de «todos» y «todas». Y me enseñaron que el primer derecho humano, que es el derecho a la vida, a nacer, no está condicionado por el hecho de si el sujeto de ese derecho es «deseado» y «no deseado». Porque esa es una discriminación que sólo han practicado en la historia las peores dictaduras totalitarias.

Mi hogar vio pasar muchos hermanitos temporarios, sin lazos sanguíneos, pero que llegaron a mi casa como hijos no deseados y partieron al poco tiempo hacia el hogar de una familia que les diera amor de por vida. Se transformaron en hijos deseados. Y muy deseados. Por eso aprendimos en mi casa que todo niño tiene un destino de amor y de felicidad. Y que todo bebé tiene un futuro precioso que nadie le debe arrancar.

Esa fue mi universidad de las «dos vidas». Pero voy a explicarlo más claro: mis padres, Graciela y Franklin, trabajaban, totalmente ad honorem, en el sistema de adopción de niños, con casos de distintas edades. Mi madre era voluntaria y ama de casa, completamente dedicada a nosotros. Y todavía sigue dedicándose por completo. La foto que ilustra esta nota los muestra junto a mis hermanos Ramón, mayor, y Lucía, la menor.

Mi padre, todavía a los 85 años es hoy abogado civil, comercial y de familia. Ambos, compañeros de ruta de toda la vida, integraban el Equipo San José Asistencial y de Adopción, que llegó a ser una de las instituciones más importantes y prestigiosas en el sistema de adopción de niños del país. Mi casa era en ciertas ocasiones un hogar de tránsito.

Eso quiere decir que por mi casa pasaban bebes, niños y algunos adolescentes con problemas familiares complejos. Que luego eran derivados hacia otros lugares de tránsito o hacia sus familias adoptivas definitivas. Mi hogar así se transformaba en un eslabón de esa cadena de afectos y compromisos que moldeaban el futuro de esos niños. Y yo lo miraba como un niño, que era, con esa inocente curiosidad.

Fragmento de nota en Canal 7 en 2019

Por lo general venían bebes, de muy corta edad, recién nacidos, y nuestros padres nos enseñaban a cuidarlos como si fueran nuestros hermanos para siempre, pero sabiendo que cuando el juez lo dispusiera ellos partirían hacia su nuevo hogar, o hacia un nuevo lugar de tránsito. Para nosotros, era algo normal, cotidiano, pero ahora que lo pienso bien era toda una lección. Nos encariñábamos con bebes, nos reíamos y jugábamos con ellos. Eran como hermanos que pasaban por la casa…

Mi madre todavía conserva el contacto con algunos de esos adolescentes de entonces, que hoy tienen sus propios hijos. Teníamos casi la misma edad por entonces y se integraban como hermanos a la familia.

En casi todos los casos, sabíamos que se trataba de bebes de madres que no habían querido o no habían podido criarlos por motivos muy diversos. Y a mí, niño al fin, me generaba una pena enorme en el corazón saber que había niños que podían carecer de lo que a nosotros nos sobraba: un hogar. Pero me ponía contento, al mismo tiempo, saber que encontraban familia.

Mi hermana Lucía, por lo visto, también recibió el mismo mensaje. Ella hoy es una psicopedagoga que fuera de sus ocupaciones profesionales se dedica como voluntaria a contener a mujeres con embarazos vulnerables en una de las tantas organizaciones de ayuda. Mi hermano Ramón es un ingeniero que sigue de cerca todos estos movimientos culturales y no puede dejar de ir a una sola de las marchas por «las dos vidas». El mensaje llegó…

Promediando el gobierno de Raúl Alfonsín, el Equipo San José convocó al primer Congreso Argentino de Adopción y mi padre presidió la organización y realización del encuentro. Se desarrolló en 1986 durante tres días en el Centro Cultural San Martín y asistieron 1600 profesionales de todas las disciplinas de todo el país. Por entonces regía una ley de adopción que facilitaba las adopciones. Cuando se derogó y se promulgó la actual ley se terminó prácticamente con la adopción legal. Como en tantas cosas, en materia de adopción, la Argentina retrocedió.

En el acto inaugural de aquel Congreso participó y pronunció unas palabras el doctor Conrado Hugo Storani, que era ministro de Salud y Acción Social de Alfonsin. La adopción era considerada entonces una herramienta fundamental de la «salud pública» y era «acción social» en tanto que se cuidaba a la madre en un parto seguro y se recibía y se emplazaba en una familia a un niño o niña nacidos de esa madre de cualquier condición social que por la razón que fuera no lo podía criar.

El Equipo además también le daba asistencia social a las mujeres con embarazos vulnerables y les ofrecía todos los medios para que pudiera tomar una decisión con la mayor información y en libertad. Y así muchas madres decidían quedarse con su hijo y criarlo, y el equipo las asistía todo lo que fuera necesario y posible. Pero nunca la eliminación del niño podía ser una opción a la crianza o a la entrega en adopción.

Esa gran obra de adopción, que ahora valoro en toda su dimensión, era llevada a la práctica por grandes hombres y mujeres, asistentes sociales y grandes empresarios de renombre nacional, que lo hacían en el absoluto anonimato. Sin recibir nada a cambio, excepto la satisfacción de ayudar. Tenían reuniones en mi casa, de las cuales nosotros no comprendíamos en el detalle porque nos ocupábamos de mirar la televisión mientras ellos discutían en el comedor de «las cosas de grandes».

Lo único que entendíamos era que ayudaban a niños… no deseados. Y eso nos bastaba para entenderlo todo. No podíamos concebir que para esos niños pudiera existir un destino de abandono, y menos de muerte. Para nosotros, eran el gran símbolo de la vida, del amor y de la entrega. Y nuestros padres, nuestros héroes. Por eso, nunca podre dejar de defender «las dos vidas»: por nuestros padres, por los padres que no pudieron…, y por nuestros hermanos transitorios, que seguramente hoy viven para contarlo. Y por los que vendrán. Por todos ellos, cuidamos las dos vidas.

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